Antonia Chicón (Pujerra)
Publicado en el número 24 de la revista La Serranía
La abuela cumplió 109 años el 3 de mayo. Ya en revistas anteriores, concretamente en los números 4 y 12, se habla de esta espléndida mujer y de sus vivencias.
Es por su longeva vida por lo que nunca acabamos de contar su historia, unida a la de este pueblo, así que aprovechamos los ratos de charla con nuestra encantadora “Mariquita”, retrocedemos en el tiempo y contamos lo más interesante de unos años en los que, abundando la precariedad, destaca lo más provechoso y humano de sus gentes.
Mariquita nos comenta: “Pujerra en los últimos cincuenta años ha cambiado mucho, sobretodo en los lujos y en el bienestar que hay hoy en día, pero tenemos que depender de otros pueblos para nuestras necesidades”.
Y es que lo que nos quiere hacer llegar a todos es que en aquella época tenían sus propios recursos, a pesar de que económica y tecnológicamente estaban mucho más atrasados que cualquier joven de hoy en día.
Nos sigue contando: “teníamos un molino de aceite y dos de harina, que funcionaban con el agua del río Genal, incluso algunos pueblos del Valle se surtían de ellos, un tejar donde se fabricaban tejas y ladrillos para su servicio y el de otros pueblos cercanos. El pan, cada familia se hacía el que necesitaba, lo amasaban en casa y después lo llevaban a cocer al horno, que había dos. Había un carpintero que fabricaba los muebles más necesarios de aquella época: artesas, paneras, cunas, pupitres para la escuela, mesas, sillas, etc. ¡En fin, lo más prioritario lo teníamos! A un hombre que trabajaba la hojalata, lo llamábamos “el latero”; se encargaba de arreglar los rotos de las calderas de la matanza, peroles, ollas; nos hacía todo tipo de utensilios para la cocina, incluyendo los candiles de petróleo con los que nos alumbrábamos, pues aquí no llegó la electricidad hasta el año cincuenta y ocho más o menos.
Este señor se fabricó una vasija de hojalata cubierta de madera; entre la hojalata y la madera metía unos bloques de hielo, que no recuerdo cómo conseguía y ¡hacía unos helados artesanos buenísimos! También teníamos nuestro zapatero, que tenía menos trabajo porque la mayoría fabricábamos nuestro propio calzado; con un trozo de goma formaba la suela; el empeine y el telón lo hacía con unas cuerdas de esparto o de pita. La pita es una planta que, machacándola, se le extrae del centro una especie de cerda muy resistente que se utiliza para hacer las cuerdas, con las que posteriormente se fabricaban los alpargates o zapatos, asientos de la silla, etc… Estas cuerdas eran tan útiles que los hombres en invierno aprovechaban los días de lluvia para hacerlas más o menos gruesas, dependiendo de su utilidad.
En el pueblo teníamos diez tiendas en las que se podía comprar de todo, desde una peseta de arroz hasta un retal de tela, para que una de nuestras dos costureras nos confeccionara una vestimenta. Había mucho ambiente y juventud; en algunas fiestas se formaban hasta tres bailes repletos de gente joven, ¡así a la fonda no le faltaban clientes, era mucho el movimiento por la gente de fuera que pasaba por aquí!”
Mariquita se casó con un cazorlequeño que se vino con otro vecino de La Iruela a trabajar a Pujerra; trabajaban transportando madera. Antes, como no había carreteras, las maderas de pinos, castaños o chopos se transportaban en bestias hasta el río; luego, con la corriente, eran empujadas río abajo hasta llegar al mar, desde donde las sacaban al mercado.
Así fue como, viviendo siempre en el Valle del Genal, conoció a su marido, que era de la provincia de Jaen, “¡casi en la otra punta de Andalucía!” Así que los dos jóvenes jiennenses se casaron en Pujerra, formando sus respectivas familias, y nunca volvieron a sus pueblos, ya que entonces no tenían medios para viajar tan lejos. Ella cuenta que su marido murió con ese sueño, el de llevarla a su tierra para que su gente viera con qué mujer tan guapa se había casado. La verdad sea dicha, Mariquita sigue siendo ¡guapa! con sus ciento nueve años.
Que Dios la conserve así de bien lo que le quede de vida.