Melchor Guzmán (Montejaque)
Publicado en el número 23 de la revista La Serranía
(viene del número anterior)
En un palacio, rodeado de criados se crió don Miguel, seguramente muy animado como el “pequeñín” de diez hermanos, y aunque no hay datos de los estudios que debió hacer, sí hay constancia de su cultura y refinamiento.
Sus dos hermanos mayores mueren en 1640, con 27 y 19 años, dejándolo a sus 13 años como heredero del mayorazgo, y, como decía al principio, joven, rico, soberbio, intrépido y aventurero, no es de extrañar que cometiese todas las “locuras” posibles, si bien es cierto que nadie llegó a acusarle con la dureza que lo hizo él mismo en su “testamento”, o en el “Discurso de la verdad”.
“Yo, don Miguel Mañara, ceniza y polvo, pecador desdichado, pues lo más de mis logrados días ofendí a la Majestad altísima de Dios, mi Padre, cuya criatura y esclavo vil me confieso. Servía a Babilonia y al demonio, su príncipe, con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios; cuyos pecados y maldades no tienen número y sólo la gran sabiduría de Dios puede numerarlos, y su infinita paciencia sufrirlos, y su infinita misericordia perdonarlos”.
“Y yo que escribo esto (con dolor de mi corazón y lágrimas en mis ojos confieso), más de treinta años dejé el monte santo de Jesucristo y serví loco y ciego a Babilonia y su vicios. Bebí el sucio cáliz de sus deleites e ingrato a mi señor a su enemiga, no hartándome de beber en los sucios charcos de sus abominaciones”.
Todo esto lo escribe don Miguel después de su gran conversión tras la muerte de su esposa. Podemos ver que cuando dice: “más de treinta años serví a Babilonia...”, considera que todo lo que no sea servir a Dios y a sus pobres exclusivamente, lo ve como pecaminoso, ya que se casó con 21 años y quedó viudo con 34. Uno de sus amigos “le oyó decir algunas veces cuán ciego había vivido con el amor y cariño que había tenido a Dª Jerónima”, decía que tanto amor la apartaba momentáneamente de Dios.
Don Miguel en Montejaque
Una de las pocas personas a las que he oído hablar de Mañara ha sido a Julia López Martel, Señorita Julia para Montejaque. A ella le gustaba recrearse cuando contaba los paseos que don Miguel daba con su esposa a las afueras del pueblo y el gran amor que se tenían mutuamente.
Hace años, se crea una peña cultural que llevaba su nombre, la cual no fue muy duradera, y ahora tenemos un hotel llamado “Palacete de Mañara”, y hasta le hemos dedicado una calle, pero al igual que nos pasa con otras (Manuel Ortega, Antonio López, etc.) nada sabemos de la vida de estos personajes destacadas en su momento. A pesar de todo esto, creo que la mayoría de los Montejaqueños se siguen haciendo la misma pregunta: ¿Quién era ese Mañara? ¿Qué hacía en
Montejaque?
Espero saber dar respuesta a estas preguntas, y que ahora que tanto turismo recibimos, sepamos contestar a la “dichosa” pregunta: ¿Quién era ese Mañara?
En aquellos años (1648-1661), ostentaban el título de señores de Montejaque y Benaoján don Diego Carrillo de Mendoza y doña Ana Ignacia Castrillo Fajardo, y como tales poseían en el pueblo varias casas y tierras.
No se posee documentación de cómo empieza la relación entre don Miguel y la hija de estos señores, todo apunta a que fue un matrimonio convenido entre las familias de ambos jóvenes para unir a dos ricos herederos de grandes fortunas. Se casan por poderes, sin haberse conocido, en la casa de la novia en Granada, el 31 de agosto de 1648. Después de trasladarse a Sevilla “...se velan y reciben de nuevo la bendición nupcial en la parroquia de San Bartolomé el lunes, 18 de enero del año siguiente”.
Tienen 21 y 18 años, respectivamente, cuando el matrimonio se establece en Sevilla, pero no pasaría mucho tiempo antes de que viniesen por primera vez a Montejaque. En los primeros meses de 1649 fueron muchísimas las familias que abandonaron Sevilla huyendo de una epidemia de peste, se habla de miles de muertos, ellos se refugian en “la casona solariega de grandes ventanas, zaguán empedrado y grandes salas” que doña Jerónima poseía en Montejaque y donde ella había venido en múltiples ocasiones.
A don Miguel, muy aficionado a la cacería y gran amante de los animales, debió gustarle el lugar y a partir de ese año se viene grandes temporadas a Montejaque, sobre todo llegando el verano, para huir de las altas temperaturas de Sevilla.
Para muchos, la conversión de don Miguel comenzó con el matrimonio, la dulzura de doña Jerónima le fue cautivando día a día, y su amor por ella fue tan grande, que más tarde, sentiría remordimiento al pensar que lo apartaba del Señor.
Salía a diario al campo a caballo y le gustaba probar cada jaca que le enseñaban, uno de estos días estuvo a punto de perderla vida al desbocársele un caballo y despeñarse.
A doña Jerónima “...le gustaba orar así, lentamente y despaciosamente, en aquella iglesia de Montejaque donde residió a menudo en su niñez y cuyos recuerdos inocentes y gratos revivía ahora al lado de su esposo” “...El matrimonio, feliz y admirado, hacía vida sencilla entre los vecinos del pueblo. En los atardeceres solían ir a la ermita de las afueras para orar. Otras veces paseaban hasta la fuente Marchal, en el camino de Olvera y Algodonales, o hasta el Pilar de la Cañada, al pié de las Sierras de Líbar y el Hacho. Se detenían con los campesinos y oían sus cuitas para remediarlas con largueza. Don Miguel, cada vez más enamorado de la mujer, conmovíase al verla atender como hijos propios a los de las humildes madres del lugar, lo que le recordaba la bondad de su madre”.
Así, un año tras otro, llegando “las calores” a Sevilla, se desplazaban a Montejaque, pero no les iba a durar mucho aquella felicidad, a mediados de septiembre de 1661, cuando apenas llevaban 13 años casados, a doña Jerónima le entran unas fiebres que no había forma de bajarle. Todo trascurre muy deprisa, mandan a un físico (médico) a Sevilla, pero no hay tiempo “...rezar es lo único que pueden hacer, mandan por un Carmelita al desierto de las Nieves para ayudarla espiritualmente, pero la muerte ya se refleja en su cara, mira a su marido que, arrodillado junto a la cama, solloza desconsolado. Era media tarde del 17 de septiembre cuando, vencida por la muerte, doña Jerónima entrega su alma”.
Días más tarde entre familiares llegados de Granada y Sevilla, los hermanos Carmelitas del convento de las Nieves y todos los vecinos, era enterrada en la iglesia de Montejaque. Alguien dijo que con su muerte “todos los riscos de la Serranía se cubrieron de melancolía”.
El Nuevo Mañara
Hoy diríamos que quedó sumido en una profunda melancolía, o en una gran depresión, lo cierto es que tras la muerte de su esposa don Miguel quedó totalmente abatido, y de poco sirvió el consuelo espiritual de don Alonso García Garcés, párroco de Montejaque y natural de Benaoján, que compartía con él estos días de dolor.
Buscando la paz tanto interior como exterior, se retiró al convento de los Carmelitas en el Desierto de las Nieves (entre El Burgo y Yunquera), y permaneció con ellos por espacio de seis meses. Tras este período volvió a Sevilla y según cuenta era otro hombre, el don Miguel vanidoso, soberbio y altanero, había dado paso a un hombre nuevo, al don Miguel de la humildad y del amor por el prójimo, sobre todo por los pobres.
Durante meses, taciturno, vagó por Sevilla, sin que los que le habían conocido pudieran dar crédito al cambio que en él se había efectuado. Una pregunta que le atormentaba y no se le iba nunca de la cabeza: ¿Jesús, dónde estás?
Sería, otra vez en septiembre (su boda, la muerte de doña Jerónima), cuando encontraría la respuesta que tanto ansiaba. Paseaba por las dársenas del Guadalquivir, cuando se encontró con un hermano de Santa Caridad, hermandad que se dedicaba a enterrar a los ajusticiados, llevar pobres a los hospitales, recoger ahogados de las frecuentes riadas, y otras tareas similares. Al cabo de un rato don Miguel le estaba pidiendo que abogara por él ante los otros hermanos para poder ingresar en la Hermandad. Había encontrado la respuesta que tanto buscaba; ya sabía donde estaba Jesús.
Hubo un gran debate para admitir don Miguel en la Hermandad, un hombre con su fama de soberbia, una de las grandes fortunas de Sevilla, ¿qué vendría buscando?, al final fue aceptado, y es aquí donde comienza realmente la vida del “Venerable don Miguel de Mañara”.
De esta última etapa de su vida, sólo os diré que hasta su muerte, dieciséis años más tarde estuvo como Hermano Mayor de la Santa Caridad y que sus obras son dignas, realmente, de un Santo. El no hacer alusión a ellas es sólo por no crearos una imagen incompleta, pero os reitero la invitación del principio para que leáis alguna de sus biografías.
El martes 9 de mayo de 1679, recién cumplidos los 52 años, muere don Miguel, y sólo un año más tarde se inicia el proceso para su beatificación.
La mala fama de seductor
A pesar de su vida de juventud, sin embargo, ningún contemporáneo le acusa de nada, es a principios de siglo XIX, coincidiendo con un movimiento que trata de remover el proceso de beatificación que había quedado olvidado, cuando surgen las primeras leyendas en términos peyorativos del “Seductor Mañara”. España estaba en su punto más bajo desde hacía cuatrocientos años y en Europa estaba de moda hablar de la España negra, la España profunda, la de los toreros, la de las mujeres “con navajas en la liga” (Carmen), y ¡cómo iban a faltar las leyendas sobre los dos Juanes que asaltan conventos! Aquel intento de beatificación se convirtió en el argumento de muchas fantasías, llegándose a escribir una ópera, de bastante éxito por cierto, llamada “Don Juan de Mañara”.
A continuación os indico las obras que he encontrado sobre Don Miguel, por si alguien está interesado, Se pueden encontrar en el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla.
BIBLIOGRAFÍA
-Breve relación de la muerte, vida y virtudes del venerable caballero D. Miguel de Mañara. (P. Cárdenas)
-Muerte y amor (J. M.Granero)
-Miguel Mañara (L.Tassara Sangran)
-D. Miguel de Mañara, apóstol seglar y padre de marginados (C.E. Hermandad de la Santa Caridad)
-Michaelis Mañara. (Sacra Congregatio pro Causis Sanctorum)