Isabel Sánchez Heras -
Revista El Genal
Publicado en el número 3 de la revista El Genal en julio de
2000
No salimos a buscar a María
Gil, nos la encontramos.
El encuentro fue bastante llamativo:
ella estaba vestida de negro, sentada al fresco en la puerta de su casa
de Igualeja leyendo el periódico.
Puede no parecer extraño, pero
sí de algún modo paradójico. Además de tener
86 años lee sin gafas.
Nos acercamos y nos contó esto:
-María, ¿le gusta leer?
-Yo desde niña trabajaba
en el campo, pero fui también a la escuela y aprendí allí
a leer y a escribir, los ríos y los ferrocarriles, que todavía
me acuerdo. También aprendí a hacer labores y a bordar el
ajuar. Teníamos una maestra que era muy buena, Dña. Elvira.
Mi padre estaba suscrito al periódico La Nación y yo ya cogí
la costumbre de leer como él.
-¿Todos los días lee el
periódico?
-Casi todos los días. Cuando
mi hijo me lo trae de Ronda. También leo libros de la iglesia y
oraciones. El libro que más me gusta es el del «Tercer Milagro
de Fátima». Lo he leído muchas veces. En los periódicos
se entera una de muchas cosas, aunque hablan mucho de tragedia y política.
A mí no me gusta la tele. Sólo veo los partes y las telenovelas.
-Tiene que tener muy buenos recuerdos
de su padre, sería una persona culta...
-Mi padre se llamaba Cristóbal
Gil García y en 1925 fue a Madrid a ver a Alfonso XII. No recuerdo
por qué fue a hablar con él, pero trajo un pergamino. También
fue a ver a Primo de Rivera y de él trajo un libro. Todo eso en
la guerra se enterró igual que se enterró el Divino Pastor
de la iglesia. Una mujer lo lió en un colchón de sayo que
era en lo que antes nos acostábamos. Lo llevó hasta el campo
y lo lió también en un colchón y lo enterró.
Cuando acabó la guerra lo sacaron y estaba muy bien, igual.
-¿Su familia también era
muy grande, igual que casi todas las familias de antes?
-Mi madre tuvo doce hijos. Uno
de mis hermanos se murió en la guerra, y otra hermana se murió
de mocita. A otra hermana aunque vivió le comió la mano un
cochino. Estaba en la cuna con un trozo de pan en la mano y el cochino
entró y empezó a comerse el pan y la mano. Me casé
en el 1936 y a los pocos días fue cuando murió mi hermano
en la guerra. Yo he tenido diez hijos. Los tres primeros se me murieron
muy chicos. El primero de bronconeumonía, el segundo de disteria
y el tercero de pulmonía. Tengo cuatro hembras y tres varones. Viven
aquí, en el pueblo, en Igualeja. También en Ronda y en San
Pedro. Antes moría mucha gente también del “dolor del miserere”
que es lo que se llama ahora del apéndice. También tengo
ya diecisiete nietos y once bisnietos.
-¿Entonces es que lo de la médicos,
los hospitales y todo eso estaba muy mal?
-La gente se podía morir
hasta de parto. A dar a luz ayudaban algunas mujeres del pueblo, que sabían
algo, pero que no eran comadronas ni sabían nada de medicina. Si
había una complicación era difícil de solucionar.
-María, ¿usted salió
fuera del pueblo para trabajar?
-Nos íbamos en la primavera
a Cancelada, en Estepona, a coger grano. Ahora aquello está todo
lleno de restaurantes y chalets, pero aquello era todo campo. Estepona
era un pueblo más agricultor que marinero. También nos íbamos
a Morón a las aceitunas. Íbamos andando y tardábamos
dos días. Allí por las noches me hacía el ajuar. Los
hombres iban a Paterna a cegar.
-Cuéntenos recuerdos de su pueblo,
de las fiestas y cómo era la vida antes.
-Antes las fiestas todas se hacían
con un acordeón, lo que había era baile, algunas veces teatro
como el de “Rosa y los Cristobitas”. Yo del paso antiguo no recuerdo nada.
El último fue en 1920 y yo entonces tenía sólo seis
años. Las fiestas de la Plazuela y la Calleja sí que la recuerdo
de toda la vida. Antes con un merengue y una peseta se estaba feliz. Había
más alegría porque había más amistad. No había
dinero, ni tantos muebles, mucho trabajo pero nos divertíamos más.
Se celebraba hasta el día de los quintos. Claro que antes el pueblo
era más chico pero tenía más gente, había muchos
niños, pero se trabajaba más que ahora. En las casas el trabajo
era muy duro. Había que ir a lavar al río la ropa a mano,
y acarrear el agua para la casa. El primer coche que vino al pueblo fue
el del contratista de las obras de la carretera para Ronda, le llamábamos
al coche «la mica».
-¿Cómo ve ahora el pueblo?
-Ahora no hay mucho trabajo. Hubo
un cura en el pueblo, Don Diego Gamero, que vive en Ronda pero es de Cortes
de la Frontera, que si se llegan a hacer caso de él habría
más trabajo. Este cura hizo la fábrica de marroquinería
y hubiesen trabajado ahí. Él daba cursos, y vivía
aquí en el pueblo. También por él se formó
la fábrica de chacinas del pueblo. Lo que hay ahora son muchos
hombres de albañilería en la Costa.
-De la juventud de hoy en día,
¿qué piensa?
-No me gusta, se vive con ellos
con mucho miedo, hay mucho vicio, mucho peligro. La juventud no es alegre,
los niños saben de todo desde que son chicos, pero no saben ser
amigos. De todo lo que hay hoy en día lo mejor es los médicos,
hay muchas medicinas, hospitales y se muere menos gente joven de enfermedad.
-Ahora que ya está jubilada,
¿qué hace durante el día?
-Por las mañanas voy a
rezar el rosario yo sola a la iglesia. Leo, estoy con mis hijos y mis nietos
y estoy muy tranquila, aunque hay muchas cosas que no me gustan del
mundo de hoy.
Como vas todos los días
por los pueblos, te voy a cantar una copla:
«Cartajima está en un cerro,
Parauta está en una cañada,
Igualeja en una hoya,
y Pujerra en un zarzal»