Isabel Sánchez Heras
Publicado en el número 23 de la revista La Serranía
“El peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes”
(De Senectute)
Un rostro viejo o con arrugas no le sirve a El Corte Inglés, a no ser que haga de la arruga un argumento de venta. El envejecimiento es parte del misterio de la vida del ser humano, pero no por ello, antes de someternos a la evidencia, tratamos de revelarnos ante ello.
En otras culturas, los viejos son considerados como un lugar cabal de referencia y un depósito de sabiduría teórica y moral. La medida de integración de los ancianos en la sociedad es mucho mayor que en la cultura occidental. Y en las zonas rurales aún más que en las urbanas.
En nuestra cultura impera lo rápido, los proyectos a corto plazo, lo juvenil, hasta llegar incluso a la agresividad. En el proceso biológico del envejecimiento sucede una serie de modificaciones fisiológicas, psicológicas y sociales. El saber integrar estas modificaciones dará como resultado la situación funcional del anciano para que apueste por vivir independientemente, reconociendo sus limitaciones.
Hay que saber que, a partir de los 65 años, las personas vamos presentando una pluralidad de patologías como resultado de los problemas de salud crónicos y la verdad es que el envejecimiento es un problema para cada persona, pero ¿no es también un problema social? Hay voces que acusan al envejecimiento de ser una de las causas de la insostenibilidad del Estado del Bienestar por ser personas dependientes que tienen que soportar las que son económicamente activas. Y estamos sufriendo un envejecimiento de nuestra sociedad debido a los distintos cambios en el modelo familiar. Es entonces cuando hay que plantearse la dimensión de la justicia social y en este caso la deuda que tenemos con nuestros mayores.
Si es dura la vejez, aún lo es más si no se llega a tener familiares cercanos. A toda esa etapa de disminución de las facultades hemos de añadir la soledad, la indefensión y en este caso la falta de afectividad.
Por medio de los Servicios Sociales Comunitarios de la Diputación Provincial de Málaga los ancianos de nuestra provincia que no tienen familiares directos y con recursos económicos no muy altos, gozan de una serie de servicios. Dentro de esos servicios están los talleres de ayuda a domicilio.
Durante un periodo de seis meses al año, una vez a la semana, los visita una persona para hacer talleres. Por medio de estos talleres, la persona trabajará con sus manos y ejercitará la mente.
Este pasado año, los talleres de ayuda a domicilio duraron desde junio a diciembre. En la Serranía de Ronda se ha trabajado con los pueblos de Benaoján, Montejaque, Cortes de la Frontera, Genalguacil, Jimera de Líbar, Algatocín, Benalauría, Alpandeire, Júzcar, Igualeja y Arriate.
La monitora de estos talleres durante este pasado curso he sido yo. Y la verdad, hasta que no me lo ofrecieron no había reparado nunca en los mayores de nuestros pueblos que vivían solos porque no tenían familiares. La experiencia ha sido una de las más interesantes que he vivido desde que estoy trabajando en los pueblos.
Imagino que igual que pensaba yo, habrá personas que piensen que trabajar con niños es mucho más agradable que trabajar con ancianos. Pero la verdad, es que los mayores enseñan muchísimo sobre la vida, la afectividad y los valores.
Llevo bastantes meses queriendo escribir sobre esto, pero era tanta la vivencia que se me hacía bastante difícil ordenar los acontecimientos y los sentimientos.
Cuando llegué a las casas de estas personas llegaba en una situación bastante difícil. Anteriormente habían tenido unos un monitor y otros una monitora (porque en otras ocasiones el trabajo se lo han repartido entre dos personas) muy cercanos, conscientes y trabajando un periodo bastante largo con ellos. Era lógico que les sorprendiera el cambio. Pero me acogieron, nadie me echó de su casa y me he sentido bastante querida por todos ellos.
Sólo me puse como objetivo en esta ocupación: el aprender. Puede resultar paradójico ser yo la monitora y ser yo misma la que vaya a aprender.
En modelado yo tengo muy poquita experiencia, por lo tanto podía incidir muy poquito en ello; elegí ese trabajo como el primero. A cada uno de mis alumnos les daba un trozo de arcilla para que la trabajaran; de este modo podía descubrir la capacidad creativa, la movilidad y la motivación que tenían.
Poco a poco y semana tras semana, estas personas fueron realizando un montón de pequeños trabajitos manuales como una hucha en forma de cerdito de papel maché, un salvamantel con pinzas de la ropa, decoración de platos para la pared, alfileres de adorno con hilos y palillos de dientes, una cajita con palillos de polos, abanicos decorados, marcos de espejo con restos de cristales, hasta un nacimiento de papel... aprovechando unas veces mientras trabajaban para charlar o leerles algo que les pudiese interesar.
Descubrí que la realidad de la importancia de estos talleres radicaba en producir. Pero no de una manera material, sino con el sentido de la creación y la utilidad. Por su situación y por la merma de facultades, tenían una fuerte falta de autoestima. El trabajo, además de aportarles movilidad, podía hacerles trabajar su inconsciente y poder descubrir que aún son capaces de hacer cosas bellas. El entrar en la rutina de las visitas el mismo día y a la misma hora les ha ayudado a establecerse un horario y que estén pendientes de cuál es el día en que tienen el taller, de acicalarse para la visita.
Más bien, los talleres han sido, en esta ocasión, un pretexto. En un principio todos se quejaban de sus dolores y de su situación. Había que trabajarles mucho la ilusión. De hecho, otro de los medios que hemos utilizado ha sido el de salir en la Revista (hemos hecho artículos de varios de ellos), como una forma más de valorar sus vidas, el trabajo que han realizado para ganársela, valorar su dignidad como personas y sentirse un poco importantes o protagonistas.
Como lo más importante en estos casos es que viven solos, hacerles ver que son interesantes a alguien y sobre todo demostrarles que alguien les visita todas las semanas no por lástima, o por lo que le pagan, sino para intercambiar conocimientos y enriquecerse mutuamente, para ambos aprender y llevar a cabo un modesto acompañamiento. Porque para alguien son importantes, cuentan, son válidos.
Ser accesibles para poder ayudarles a aceptar esta etapa de sus vidas como algo irremediable, pero que igualmente puede ser bonito y se puede disfrutar de ello. En definitiva, utilizar el taller como excusa para trasmitirle valores de confianza, fortaleza y hacerles reconocer la importancia de su vida, aunque tengan muchos años.
Definitivamente, ha sido un tiempo muy fructífero, he podido aprender sobre sus guiones de vida, sobre los distintos modos de enfrentarse a la vejez, la soledad, la enfermedad o la muerte. El valor tan importante que tienen los vecinos en los pueblos cuando no existen familiares. Y lo bueno de sentirse acompañadas las personas.
En cambio, yo he pretendido ofrecerles mi buen humor, movimiento, poder conocer el exterior de sí mismo y de su pueblo, trabajar su autoestima, su sentido lastimoso de la realidad, mi persona. Porque por el trabajo también se realizan las personas. Nos pasamos la mayor parte de la vida trabajando; trabajar para ganar dinero es lo mismo que vivir sólo para trabajar.
La labor únicamente asistencial o docente, desde mi punto de vista, en este trabajo es algo muy pobre, porque si no, sólo serviría para ganar dinero el monitor y para hacer esforzarse a estas personas, cuando ya bastante se han esforzado en sus vidas.
La profesionalidad en este trabajo creo que radica en conocer a la persona con la que se trabaja, no en cumplir con lo que reglamentariamente se nos exige. El trabajo centrado en ella, en la persona y no en sus problemas.
Desde la experiencia que he vivido, aquí no sólo vale descubrir el problema y aplicar un recurso por el simple hecho de que son muchos votos los que hay en juego. Hay que saber. Saber hacer y Saber ser. Es decir saber conocimientos, saber técnica y habilidades y saber aplicarlas, pero sobre todo destaca el saber ser. El talante. Saber ser junto al otro, porque en el fondo lo que hace creer, lo que ayuda, lo que educa, es siempre la relación. No en esto, sino en cualquier dedicación o trabajo en el que intervienen las personas.
Como personas, profesionales o cuidadores, no podemos buscar justificante ante todo lo que se deja de hacer (excusa profesional) diciendo que de ese modo no voy a ayudar más (en el fondo para no implicarnos). Evadiendo lo que es por derecho social, justicia social.
Esa es otra parte de la realidad de nuestros pueblos, la población anciana que vive sola. Que también son importantes porque nosotros heredamos el mundo que ellos nos han legado. Y no quieren salir de sus pueblos, de su paisaje y del entorno de las personas con las que siempre han convivido.