Francisco
Gómez Román (Gaucín)
Publicado en el número 1 de la revista El Genal en abril de
2000
Gaucín
es el único pueblo de la provincia de Málaga que desde antiguo
acostumbra a celebrar el final de la Semana Santa corriendo un toro ensogado
por las calles de la población. La esencia de la fiesta consiste
precisamente eso: soltar un toro bravo por las calles de la población
—con la relativa seguridad que dan una cuerda atada a los cuernos y unos
cuantos mozos que procuran dirigir, con más voluntad que eficacia,
al animal y hacer un quite en el momento preciso— y correr delante o detrás,
según se tercia, próximo al cornúpeta o a una sensata
distancia, conforme a los ánimos de cada cual, con la alegría
y la angustia que respectivamente producen el bullicio de los participantes
y las astas del morlaco o los pisotones del personal. El gozo excitado
de la primera línea lo cambian muchos por la seguridad de balcones
y terrazas, aunque no por ello mengüe en exceso la intensidad con
que lo viven. Naturalmente hay incidentes de todo tipo, jocosos casi siempre,
que aunque alguna vez hayan revestido cierta importancia, en buena hora
podamos contarlo, nunca han llegado a mayores.
De
la historia de la fiesta sólo sabemos que es muy antigua y de orígenes
ignorados. Los más viejos dicen haberla conocido siempre y aseguran
además que sus padres y abuelos contaban lo mismo, que la celebración
en forma similar a como ahora lo hacemos viene de lejos. Su relación
con el acontecimiento religioso de la Resurrección está corroborada
por el hecho de que antes se soltaba el toro en la puerta de la iglesia
en el momento en que salían los fieles de la misa de Resurrección.
Cuando la Misa de Resurrección se comenzó a hacer en la madrugada
del domingo, se cambió la hora y el lugar de la salida, que por
razones de amplitud se hace actualmente en La Carrera. Un paisano nuestro,
Miguel Vázquez, muy aficionado a las curiosidades del pueblo, anda
ahora investigando estas y otras historias.
Antaño
se encargaba de la preparación del festejo un grupo de entusiastas,
sin más estatuto que su propia afición, siendo su principal
cometido la recaudación de fondos a todos los vecinos para adquirir
el toro y disponer todos los detalles para que la fiesta resultara lucida.
Otro de los menesteres de estos comisionados, quizá el de mayor
entidad, era intentar convencer al Alcalde para que autorizara la celebración
del festejo, que legalmente estaba considerado como una grave alteración
del orden público. Al final siempre se alcanzaba un cierto consenso
y el Alcalde acababa no oponiéndose y mirando para otro lado. En
las fechas anteriores a la Semana Santa una de las comidillas generalizadas
era la duda y la inquietud sobre si habría o no habría toro
ese año. El Ayuntamiento se mantenía oficialmente al margen,
aunque hubo concejales que solapaban sus actividades consistoriales con
las propias de la organización del festejo, y algunos Alcaldes acostumbraban
a ausentarse de la localidad en ese día para hacer más patente
que no sabían nada del asunto, en un vano intento de salvar su responsabilidad
en unos hechos sobre cuya existencia era difícil alegar ignorancia.
Así
fueron las cosas hasta que en 1964 el reportaje televisivo del acontecimiento
desató las iras de un preboste castellano al que al parecer habían
prohibido una fiesta similar en su pueblo. La protesta de éste ante
el Ministerio de Gobernación tuvo como consecuencia el cese fulminante
del Alcalde, y recién estrenado Diputado Provincial, Don Salvador
García Corrales.
Después
ya nadie quiso meterse en belenes.
A
pesar de ello, siguió viva en el pueblo la llama de la afición
y muchos, con más vocación o con más ganas de pitorreo
y desahogo, solían a veces arrastrar, el día en que debía
celebrarse la fiesta, los cuernos de una res vacuna al grito castizo de
“¡que miró, que miró!”, de forma tan rápida
e inesperada que impedía la intervención de los agentes de
la autoridad.
La
llegada de la democracia y la recuperación de las libertades permitió
a muchos pueblos recobrar sus fiestas más características,
reprimidas en casos como el nuestro por el régimen anterior. Gaucín
quiso en consecuencia restaurar su Toro de Cuerda y en 1978 un grupo de
vecinos, encabezados por el recordado Andrés Castilla, al que desde
aquí envío un cariñoso brindis, nos desplazamos a
Málaga para intentar conseguir la autorización gubernativa.
Todavía, sin embargo, no estaba el horno para bollos y la respuesta
de la autoridad fue contundente: más de cincuenta Guardias Civiles
ocuparon el pueblo ante el presumible temor de que a pesar de la negativa
gubernamental fuera a celebrarse el festejo.
Hubo
que esperar a que las primeras elecciones municipales establecieran una
Corporación democrática para que, haciéndose responsable
solidaria del festejo, se celebrara éste en el año 1980,
después de dieciséis años de prohibición. A
partir de entonces, salvando siempre las naturales dificultades administrativas
y económicas, todo ha ido rodando con normalidad. Una normalidad
llena de obstáculos y ocupaciones que ha ido superando año
tras año el entusiasmo de la Corporación Municipal y el grupo
de vecinos que voluntariamente se integran en la Comisión del Toro
de Cuerda. Corresponde a ellos, presididos por el Alcalde, tomar medidas
que minimicen las consecuencias de previsibles percances. Ambulancias,
UCI móvil, cirujanos, directores de lidia, equipo de seguridad para
la cuerda, seguro de accidentes para los que no participan en el festejo,
Protección Civil y una serie de precauciones y disposiciones organizativas,
entre las que no es la menor recaudar, visitando todas las casas del pueblo,
los fondos precisos para hacer frente a unos gastos que ya resultan millonarios,
y que la generosidad de los vecinos y una acendrada defensa de sus tradiciones
superan con nota cada año.
Este
día Gaucín triplica con facilidad el número de sus
habitantes. No es ciertamente el mejor día para conocer los encantos
de uno de los pueblos más característicos y con mayores atractivos
de la Serranía de Ronda, pero es un día único para
participar en una experiencia singular. Un matrimonio amigo, enamorado
de esta tierra, viene cada Domingo de Resurrección desde tierras
levantinas a participar en una fiesta que hicieron suya hace ya un montón
de años, y otros conozco -nativos y adoptivos- que retornan fielmente
desde puntos aún más lejanos, convirtiendo al Toro de Cuerda
en el segundo motivo de reencuentro para los muchos que por diversas razones
están obligados a residir lejos de la tierra que quieren.