José Barragán
Gutiérrez (Faraján)
Publicado en el número 6 de la revista El Genal en noviembre de
2000
Lo más
familiar, cómodo, barato... y al alcance de todos parece son los
sueños. ¡Soñar...hasta ahora, no cuesta nada!
Cierto día
soñé...que era muy probable que, en el caso de disponer la
posibilidad de soñar cada noche lo que quisiera, pasaría
los primeros días y meses dedicándome a satisfacer en mis
sueños los deseos más burdos, es decir: Soñaría
con el cuponazo, mis cuentas bancarias generosamente arropadas, fiestas,
hoteles, vacaciones, vestidos...
Soñaría
con palacios, banquetes, música, bailarinas... entregándome
a la estrategia del galanteo y al variado tipo de glamour amoroso con bellísimas
huríes en paisajes bañados por claro y limpio mar o río
e iluminado por el azul cielo y sol dorado.
Luego es posible
que me dedicara a mantener largas conversaciones con artistas, escritores,
sabios, pintores... y contemplar obras de arte, escuchar e interpretar
música, viajar a tierras lejanas y paises exóticos, volar
por el espacio cósmico, adentrarme en el núcleo del átomo
y observar la infinita danza de los electrones o el nacimiento de las estrellas.
En definitiva, salir del predominio del hábito de la monotonía.
También probaría
con el cine, fama, publicidad, televisión y prensa entregándome
a placebos, bromas, chistes, trucos y todo tipo de artilugios y procedimientos
sorprendentes destinados eso sí a eliminar el pertinaz egocentrismo
de que hacemos gala los seres humanos. Abandonarme al gozo supremo del
ritmo y no perderme en vaguedades; ritmo que me proporcionaría la
fortaleza necesaria para poder soportar los avatares de la vida con gran
entereza porque la interrupción de ese ritmo en nuestra existencia
es lo que nos proporciona la sensación de materia, sustancia, peos,
consistencia,... y que cuando nos abruman se tornan tan desagradables.
Y cómo no...
probaría con la ilusión del ¡poder! para vivir la personal
sensación de la superficialidad, la apariencia y hasta cierta falsedad,
mostrándome a veces solemne, grave, ostentoso e incluso sombrío
y otras con una manifiesta falta de sinceridad. Tendría que convivir
en ocasiones con ciertas mentiras que en dicho terreno suelen resultar
beneficiosas y en contexto son denominadas «artefactos políticos»
(trucos o engaños).
Y en esa vivencia
del poder, sin duda conocería y viviría la medición
de los actos de mi vida por el criterio de «aplausividad» sintiéndome
aparentemente orgulloso de reconocer ser humilde. ¡Claro que temo
este despliegue de solemnidad no fuera sino otro truco para ocultar el
autoengaño y la santa astucia!
Lo cierto es que
más tarde o temprano llegaría la noche en que desearía
aventuras más arriesgadas y tal vez soñara con escalar peligrosas
cumbres como el Everest, Aconcagua o Mont Blanc, rescatar a una princesa
(Rociíto) de las garras de un dragón (A. David) o mejor todavía
soñaría con algo cuyo desenlace me resultara impredecible.
Lo cierto es que
una vez que entrara en esa dinámica, mi deseo de riesgo no dejaría
de aumentar más y más, querría soñar vidas
enteras en el transcurso de una sola noche o soñar simplemente que
no estaba soñando, que nunca iba a despertar, o que me había
perdido en los corredores de mi mente, atrapado en una pesadilla tan y
tan angustiosa... que el HECHO DE DESPERTAR SERÍA
MEJOR QUE CUALQUIERA DE LOS POSIBLES SUEÑOS.
Desperté...
Llego a la conclusión
de que el sentido del humor sólo dimana del conocimiento de uno
mismo, del reconocimiento gozoso de nuestro propio absurdo y de la ironía
que suscitan nuestras propias pretensiones.
Esta tarde me asomo
a fumar un cigarrillo a la terraza de mi casa, balcón privilegiado
al Valle del Genal y contemplo un paisaje que hasta entonces no lo había
percibido: El Valle, montañas, sierras, los blancos pueblecitos
de Benarrabá, Algatocín, Benalauría, Benadalid, Atajate...
Tomo papel y boli y trato de escribir mis sensaciones de este atardecer:
«Ya se visten
de cobre los castaños y grises algodones el cielo en gélido
azul y dorado horizonte de blancas palomas apiñadas arriba (pueblecitos)
entre profundos valles y arbolados montes».
Comprendí
que el mejor de los sueños era despertar a mis sensaciones dando
rienda suelta a mi fantasía y tratar de plasmar mi creatividad,
en Gozar de la Vida. (Considero Creatividad esa identidad fundamental aprehendida
más que conceptualizada subyacente a todos los pequeños «egos»
y «yoes»).
Comprendí
que esas sensaciones que yo trataba de plasmar en el papel eran un pálido
reflejo del Universo que de alguna manera se albergaba en mi interior porque
coincidirás con nosotros, que para estar completamente seguro de
algo, hay que intentar alejarse del flujo de la vida puesto que «vivir
y ser» nos obliga a abandonar de continuo las situaciones conocidas
y establecidas.
A veces pienso con
cierta frecuencia, que olvidamos el modo adecuado de vivir y necesitamos
las leyes; hemos olvidado el ritmo armónico de nuestra vida y necesitamos
nuevos esquemas; hemos olvidado el modo adecuado de amar y necesitamos
el camino del esfuerzo...
Dirás que
he omitido hablar de que algún día también no tendría
más remedio que soñar con la muerte. Y contemplaría
mi cuerpo yerto, vehículo durante muchos años de expresión
de sensaciones, sentimientos, emociones... como algo inservible como barquilla
abandonada a la orilla del mar o encllada entre acantilados.
Pienso que la tragedia
que suele acompañar a nuestra mortalidad es el desconocimiento e
ignorancia de nuestra verdadera identidad. No sé qué hay
tras la muerte ni quién es Dios, el Cielo... y lo peor de todo ni
saben explicármelo. Sin embargo cualquier ser humano para sus adentros
piensa y cree firmemente que nuestra naturaleza, demás seres, Universo...
y en especial nuestra inteligencia y creatividad no es fruto del azar y
firme y claramente consideramos INADMISIBLE que nuestra Realidad Última
sea la agonía, la tragedia, la muerte, el infierno, la nada, la
inexistencia... LLega a mi memoria en estos momentos esa preciosa oportuna
cita del escritor estadounidense Ernest Hemingway: «El hombre no
ha sido creado para la derrota».
¡Dime si no!
¿Una canción merma su valor porque concluya? Tampoco una
vida pierde su gloria porque termine, ultime y se agote. Aunque me considere
un mal católico pienso que el hombre del Tercer Milenio no podrá
ignorar a Jesús, porque de una manera u otra todos somos inmolados
en la misma Cruz.
Finalmente en impulso
inmediato origen de la verdadera sabiduría, digo junto a/con Ediht Stein: «¿A dónde nos conduce Dios? No lo sabemos. Sólo
sabemos que nos conduce».