José Barragán
Gutiérrez (fotografías y texto)
Publicado en el número 5 de la revista El Genal en octubre de
2000
La palabra, ese vehículo
de expresión de ideas, sentimientos, pensamientos... comunicación
y mensaje entre las personas, dicen que nos limita mucho; yo diría
algo más y es que la palabra muere cuando no somos capaces de expresar
nuestras vivencias. No es el caso de hoy o por lo menos trataré
de que así no sea. Asistirás a una especie de diálogo
entre un hombre muy humano, dedicado toda su vida al trabajo, llamado Ramón
Ordóñez Molina y el que escribe estas líneas, José
Barragán Gutiérrez, Pepe el Maestro.
Uno de los trabajos más
difíciles, arriesgados y más humanos es el de la «Saca
de Corchas», consiste en quitarle esa capa externa de corcho al alcornoque
o «chaparro» como se le conoce a nivel popular. Esto ocurre
cada nueve años y dicha operación se realiza desde mediados
de Junio hasta finales de Agosto, en medio de una climatología adversa
de extremado calor, de treinta y cinco a cuarenta grados, incomodidades,
alto riesgo,... un trabajo que necesita muchos «suores», aunque
gratificante por los altos jornales que se cobran para el trabajador.
Estamos en Faraján (Málaga),
uno de los pueblos más pequeños de la provincia, pero grande
en esa riqueza vivencial de sus personas y gentes. Un pueblo poblado en
su casi totalidad de bosque mediterráneo compuesto de quejigos,
encinas y alcornoques de los cuales se extrae el corcho. Un pueblo en que
son muchos sus parajes poblados de chaparros de donde se extrae el corcho:
Chúcar, Castañalejo, Bodega, Solana, Los Perales, Chorruelo,
Quejigal, Junquín, Rural, Nogueras, Maja Bazana, Nueva Yor, el Bendito...
lugares en que cada nueve años se efectúa la operación
de la saca, lugares en que en estos parajes a treinta y seis grados, con
esas calimas propias, el canto monótono y rabioso de las chicharras...
se escucha de vez en cuando: ¡Aguaoooo!... ¡Un tapón!
- El tapón, claro está,
es una pequeña copa de aguardiente con agua fresca de un búcaro
para refrescar el cuerpo achicharrado al sol de esta Andalucía.
Las aplicaciones del corcho ya
las sabéis o lo imagináis: calzado, tapones de botella para
el vino bueno, garrafas, envases, y hoy en día con el avance de
la industria, tarjetas,carteras, vestidos antitérmicos... La calidad
del corcho de estos lugares es bastante buena. Hay una serie de clases,
creo que hasta catorce en las que el calibre, porosidad, color, el ser
compacto... condicionan el precio y calidad.
Este corcho tiene «buena
masa», me dice Ramón.
Claro que si en vez de sacarlo
cada nueve años se deja un año o dos mejora el calibre y
su compacticidad pero a partir de doce años pierde calidad, se hace
«maera».
-¡Bueno, Ramón! Vamos
al grano, al turrón, al «suo»...
-Verás, Pepe, lo primero
que se hace es echarle un vistazo al chaparro para ver si presenta alguna
dificultad, pues hay algunos que tienen una mala «leche», que
para qué te voy a decir. Después se empiezan a abrir los
escalones que precise el árbol hasta llegar a la «cruz»
y si hace falta hasta el final del recorte.
Mientras, otro corchero va cortando
las trabas de los escalones para que quede suelto el espaldar. Al mismo
tiempo va haciendo la bolilla, dejando el último escalón
«agarrao» para facilitar que el de arriba se baje.
Bueno así estamos desde
las siete de la mañana hasta las diez en que nos comemos la «sopa»
y el «bolo».
Verás, la sopa la hace
el cocinero a base de pan, caldo de la olla con tocino añejo y hueso.
Y al final se deja la mitad y se hace «el bolo» que consiste
en echarle a esa sopa que se ha dejado aceite, «sá»,
hierbabuena y se come con la cuchara agarrada con el puño y dando
un paso «alante» metiendo la cuchara en el bolo y después
un paso «atrás» para que el siguiente corchero haga
lo mismo.
-¿Ramón, por qué
se llama BOLO?
- Será porque se hace una
bola en la garganta y no pasa para abajo, digo yo.
El bolo hay que comerlo rápido
y ligero. Será para que no dé tiempo arrepentirse.
Bueno, después echamos
un cigarro y comenzamos de nuevo la misma faena hasta el próximo
cigarro que es cada dos horas y esperando que llegue las tres de la tarde
en que se para el trabajo y comemos la olla.
-¿Cómo era aquella
olla, Ramón?
- Era a base de garbanzos, papas,
tocino del tiempo, la carne no se le echaba, no se podía costear.
¡Garbanzos ahí! ¡Berza... ninguna! Da muchos temblares
en el trabajo. El tocino era medio añejo, pues fresco no lo había.
Lo buena que estaba la olla, y lo bien que se encontraba uno. Después
venía la siesta, dos hora de descanso en lo alto de una plancha
de corcho o de un montón de matas y helechos, cada uno donde pillaba.
Así hasta las cinco de la tarde en que se volvía a trabajar
hasta las siete en que había otro cigarro de media hora y
por último a las ocho un descanso pequeño casi en lo alto
del árbol y que se llamaba «colilla». A las nueve o
nueve y media volvíamos al «jato» a descansar, lavarnos,
refrescarnos y cenar. La cena era un gazpacho con agua fresca como he dicho
antes, con tomate, ajo, pimiento, «sa», vinagre, aceite y algún
migajón de pan que se tomaba en un lebrillo. Siempre estaba fresco
y te refrescaba. Algunos tomábamos un trozo de pan con tocino si
había sobrado de la olla. Había que quitarse el hambre a tortazos, Pepe. Después de cenar teníamos carta blanca para
tomarnos unos vasitos de vino blanco «amontillao» de las garrafas
que nos llevábamos. Algunos aprovechaban para escribirle a sus mujeres
o novias. Yo «masiao» con lo que fui a la escuela, leo perfectamente
lo que escribo, lo que escribe otro no lo entiendo.
-Bueno, Ramón, espero me
entiendas lo que he escrito y que tú me has narrado.
- Te invito a una cerveza, fanta...
-¡Vale, échala!
-Me acuerdo, Pepe, que en los
años cuarenta, fui un día a trabajar y me echaron una hogaza
de pan tierno de ese que hacía Patrocinio que daba la hora, y antes
de llegar a los «malacones» de la fuente de arriba me lo comí
a pedazos. ¡Qué hambre había entonces. Igualito que
ahora!
-Bueno, Ramón, otro día
continuaremos otra conversación, pues me tienes que contar muchas
cosas.