Cipriano Galindo Andrades,
Valdepeñas, 1 de mayo de 2000
Publicado en el número 2 de la revista El Genal en junio de
2000
A
470 kilómetros de mi pueblo, estoy leyendo el primer número
de «EL GENAL». Lo compré a una simpática señorita
en una cuesta de Igualeja, el Sábado de gloria, presenciando «La
Pasión en Vivo». Como me ha entusiasmado este estupendo proyecto,
me he animado a escribir un artículo, un poco, por colaborar con
la idea que como repito me parece de lo más original y edificante
y un mucho por desahogar la nostalgia que siento por mi pueblo y por mi
gente.
A
veces, me siento como aquel que ha traicionado a quien le ha cuidado, le
ha vestido, le ha dado de comer, le ha enseñado todo lo que sabe,
y este remordimiento me llena de pesar y de tristeza.
Tal
vez no podía hacer otra cosa, tan sólo, marcharme del pueblo,
buscar un puesto de trabajo que me asegurase el salario, en busca de servicios
médicos más cercanos y rápidos, en busca de colegios
y universidad para mis hijos; pero, ¡qué triste me siento
por tener que abandonar mi FARAJÁN para encontrar todo esto! ¡Qué
triste me siento al ver que cada año que vuelvo me lo encuentro
más solo, y que está quedando para retiro de jubilados y
refugio de fines de semana y vacaciones.
Llegan
a mi memoria como las calles se llenaban con gritos y risas de los niños,
los días en que la fiestas eran un bullir de personas ilusionadas
que con su mejores prendas compradas días antes en Ronda, celebraban
los «Patrones» con alegría y unión, los días
en que la plaza se abarrotaba de mujeres porque había llegado un
«barato». Sólo recuerdos.
Este
es el precio que debo pagar por haber nacido en este idílico paraje,
rodeado de montañas, con carreteras estrechas, cubierto de jaras
y encinas. Créanme, para mí, es un precio muy alto el tener
que vivir fuera de mi casa, porque FARAJÁN es mi casa.
Desde
Valdepeñas, donde escribo, puedo asegurar que a pesar de sus 30.000
habitantes, me encuentro más solo y perdido que el maestro que escribió
el artículo del primer número en esta revista. Aquí,
querido maestro, tampoco «vivo», sólo «sobrevivo»,
esperando esas vacaciones que me dejen ver el Romeral, el Jardón,
el Castillejo, la Sierra de Libar, los Castañales. Usted tiene a
su favor que se deleita con el espectáculo de los castaños
en otoño, con las flores de las jaras en primavera y con el canto
de los gorriones. Usted tiene en un pueblo que no es el suyo algo que yo
envidio de un pueblo que es el mío. Como reza el viejo dicho «a
cada uno le tira su tierra».
Voy
a procurar que mis hijos no pierdan la costumbre de volver a FARAJÁN,
el pueblo de su padre y sus abuelos, aunque sea en vacaciones y que cuando
alguien le pregunte: