Eso es lo que parece significar en árabe el nombre de Faraján, que es el pueblo que sigue en nuestra ruta después de Alpandeire; entre ambos hay poco más de 3 km. El término comienza poco después de salir de Alpandeire, pero tomemos como referencia un cortijo que queda a la izquierda de la carretera, se trata del Cortijo de los Bullones, que está ya en tierras de Faraján. Tiene esta casa de campo interés porque es una de las pocas que siguen habitadas y conserva los rasgos de la más pura tradición serrana, un buen empedrado ante la fachada principal, que mira a levante, una era en la que picotean las gallinas, los muros blancos de cal, pero sin enlucido, pequeños vanos y puertas de madera. Y, al mismo tiempo, un rasgo de total modernidad, en el tejado han instalado una placa solar.
Sobre todas esas tierras pobladas de encinas destaca un monte cubierto, en parte, de pinos, que se llama El Romeral, sobre el que Vázquez Otero dice haber visto vestigios de edificación prehistórica. Este monte tenía una utilidad horaria para los habitantes de los pueblos ubicados a su Poniente, cuando las sombras al atardecer alcanzaban su cima, era la hora de recoger los ganados que se habían sacado a pastar en los rastrojos.
Pero entremos en harina: el término municipal de Faraján es el resultado de la unión de las tierras de tres poblaciones moriscas, dos en la margen derecha del Genal, Balástar y Faraján, y una en la margen izquierda, Chúcar. Ésta última debió de ser la más importante de entre ellas a principios del siglo XVI porque allí se instaló la parroquia y cabeza de dezmería de la que dependían las otras dos más Júzcar, en calidad de anejas.
Balástar se encontraba en la cañada que forma el arroyo homónimo, que encontramos antes de llegar a Faraján, donde había y hay una zona de huertos, muy cerca de la villa actual, como a tiro de fusil, según palabras de Cabrillana. De sus edificios, si algo queda, se confunde con los majanos y paredes de bancales que se han ido construyendo más tarde.
Chúcar, en cambio, está a unos 2 km al sur de Faraján, en una empinada ladera actualmente poblada de monte. Muy cerca de su emplazamiento, unos 300 m a poniente se encuentra el cortijo de Chúcar, que conserva el viejo nombre. Para llegar con vehículo hasta allí hay que tomar la pista forestal que conduce hasta Jubrique, pasar el río y ascender por la otra ladera hasta llegar al carril que, desprendiéndose del de Jubrique por la izquierda, da acceso a esa finca privada. A parte de la documentación, que confirma la existencia de las ruinas de una vieja iglesia, un anciano ganadero que apacentaba sus ganados junto al camino, todavía muy cerca de Faraján, nos indicó con su garrota el punto exacto donde se encontraban sus cimientos, que él mismo había visto muchas veces cuando, de joven, araba en aquellas tierras. Si algún curioso quisiera llegar hasta allí con vehículo, habría de conseguir permiso del dueño de la finca.
Hay una vieja leyenda, recogida ya por Vicente Espinel en su Vida del Escudero Marcos de Obregón, según la cual un morisco, que ocupaba su vida guardando cabras, era el único conocedor de un nacimiento de agua que surtía del preciado líquido a ambas aldeas. El nacimiento estaba en una cueva desde la cual se podía desviar el agua hacia uno u otro pueblo. Cuando se enemistaba con Chúcar daba más agua a Balástar y viceversa. Y, al parecer, en los últimos momentos, antes de que las circunstancias de la historia lo forzaran a salir de su patria para siempre, estaba enfadado con Balástar y dejó el agua desviada hacia Chúcar definitivamente.
Esa leyenda fue modificada en parte por Vázquez Otero, que opta por identificar ambos pueblos con Júzcar y Alpandeire. No sabemos con qué intención lo hizo, porque de lo que sí estamos seguros es de que conocía la existencia de los despoblados de Chúcar y Balástar. Es posible que la versión de Vázquez Otero sea más verosímil, dado que, en efecto, Júzcar es rico en agua, mientras que Alpandeire tradicionalmente ha tenido problemas con sus escasos manantiales. Además entre ambas poblaciones hay sólo algunas montañas, bajo las que puede haber alguna gruta que reúna esas condiciones. En cambio, entre Chúcar y Balástar no hay una altura, sino el propio valle por donde discurre el Genal. Además, Vicente Espinel no se muestra muy seguro con los nombres de esos lugares serranos. Este es el texto:
Y contareles a vuesas mercedes lo que me contó en Ronda un caballero de muy gentil entendimiento, que se llama Juan de Luzón, muy experimentado en letras humanas y divinas.
“Hay dos pueblecillos en la Sierra de Ronda, entre otros muchos, uno llamado Balástar y el otro -si bien me acuerdo- Chúcar, entre los cuales andando un cabrero moro apacentando su ganado, apretándole la sed, y no hallando agua ni señal donde pudiera haberla, desapareciósele un perro, y a cabo de rato vino mojado todo y muy contento, coleándole al amo, y haciéndole muy grandes fiestas.
Espantado de aquello el cabrero, le dio muy bien de comer y lo ató, aguardando a que le tornase a aquejar la sed, diligentísima despertadora de la pereza. Atóle un cordelejo largo y dejóle ir; y siguiéndole el amo, fue saltando matas y peñas, rasgándose las manos y el rostro, y siguiole con todas estas dificultades, hasta unas grandes espesuras; se coló por la boca de una cueva, que por debajo de altos riscos estaba naturalmente hecha, con algunos resquicios, que le daban la luz que había menester.
En medio de la cueva nacía un clarísimo arroyo, que se dividía en dos partes: bebió el moro, e hinchó su zaque, y admirado de la novedad dio en una traza, a su parecer buena, que después le costó la vida; y fue, que atajó con unas piedras el un arroyo de aquellos, echando todo el agua por una parte, para ver al día siguiente dónde había ido a parar. Fuese a su ganado y averiguó al día siguiente que había faltado el agua en Chúcar. El moro, que sabía el secreto, fuese al pueblo diciendo que si se lo pagaban bien les daría su agua y otra tanta más, y contó el caso como había sucedido. El poco tiempo que les había faltado el agua los necesitó de manera que le dieron doscientos ducados por que les diese su agua y la del otro pueblo. En recibiendo su dinero, fue a la cueva y soltó el agua por aquella parte.
Viéndose con su agua tan crecida, conociendo la inconstancia y codicia del cabrero, antes que los de Balastar le corrompiesen con esperanza de mayor interés, acordaron darle garrote, quedándose con el agua toda, y el moro sin vida, sin que hasta hoy se haya sabido en qué parte está el secreto”.
Por todo ello, de ser cierta la leyenda, a lo sumo habría que suponer que la desviación del caudal subterráneo tuviera lugar entre Balástar y Júzcar, cuyos manantiales están en las laderas opuestas de una misma zona montañosa. Además sólo tiene duda el informador de Espinel en lo referente al nombre de Chúcar, y en absoluto del de Balástar. Hoy en día Júzcar tiene agua abundante y las tierras de Balástar bastante menos.
Lo cierto es que ambas aldeas, Chúcar y Balástar, hoy perdidas, estuvieron pobladas con seguridad hasta finales del siglo XVI.
Faraján es un pueblo blanco y limpio, con una calle principal que comienza en la parte oriental de su caserío y se adentra hasta el centro vital, la plaza de la Iglesia Parroquial de San Sebastián. En esa plaza se celebran las fiestas patronales, que antaño se hacían en enero, haciéndolas coincidir con el día de San Sebastián. Actualmente se celebran en verano para que puedan acudir los emigrantes. De la calle principal, ancha y luminosa, y de la plaza parten el resto de calles menores. Abundan en todas ellas las casas con ventanas y balcones repletos de flores.
Las riquezas de Faraján fundamentalmente son dos en la actualidad: destaca sobre todo la gran cantidad de montes de encinas y chaparros donde engordar cerdos de extraordinaria calidad, y en segundo lugar su producción de castañas. Antaño fueron muy abundantes las viñas, que, junto con las de Atajate y Benadalid, son las que más han perdurado, aunque ahora ya son escasísimas. Hay también algunas zonas de huerta de muy alta producción en las vegas que bordean el río Genal.
Los amantes de los baños en aguas de río pueden cumplir su deseo en Faraján, cogiendo el carril que va a Jubrique, que cruza el Genal junto a un viejo molino. A escasos metros de él hay una represa y un chiringuito donde se pueden pasar ratos deliciosos. El agua es clara y abundante.
En este pueblo son muy frecuentes apellidos como Andrades, Cañestro, Delgado, Galindo, Ruiz y Téllez, pero no son los únicos.