Datos facilitados por el
párroco de Cartajima en 1932, don Francisco Sánchez Osuna y
cedidos para la revista El Genal por el Ayuntamiento de
Cartajima
Publicado en el número 7 de la revista El Genal en diciembre de
2000
Un
Cura Antonio María
del Río Badillo, era natural de Casarabonela. Fueron sus padres don Diego del Río y
doña Juana Bellido. Estudió la
carrera eclesiástica y fue párroco de Cartajima desde 1851
a 1855 en que falleció, ignorándose si antes había
ocupado otros cargos.
Con relación
a este sacerdote se refiere en el citado pueblo de Cartajima el siguiente
hecho:
«Habiendo
sorprendido a unos vecinos escandalizando en recinto sagrado llegó
a tal grado su indignación que, subido al púlpito, pronunció,
más que una oración basada en la caridad y el perdón,
una verdadera catilinaria en la que pidió al Cielo castigo, no para
los culpables, sino para el pueblo entero, y si era necesaria su vida para
aplacar la cólera divina también la ofrecía al castigo.
No tardó el cielo en desoír la imprecación de tan
celoso sacerdote y a los pocos días, ya vencido el mes de julio
de 1855, se declaró en la villa de Cartajima una terrible epidemia
(el cólera morbo) que diezmó a la población. El cura
Ríos, como hasta nuestros días se le llamó, aterrado
por castigo tan terrible se ofreció en holocausto para que terminase
tan horrorosa y, efectivamente, el día 2 de agosto de 1855 dejaba
de existir víctima de la terrible enfermedad. Antes rogó
que su cuerpo fuese sepultado en los umbrales del cementerio para que pasase
siempre por encima de sus restos mortales todo el que penetrase en el sagrado
recinto. Su enterramiento está anotado en la lápida de mármol
negro que da motivo a un pequeño y sencillo monumento que se alza
en la entrada de la necrópolis. Contaba 47 años de edad en
la fecha de su fallecimiento».
La
Morisca La rica morisca
del pueblo de Cartajima, célebre por sus inmensas riquezas, que
por no abandonarlas ni desprenderse de sus bienes, convirtiéndose
aparentemente al cristianismo, se quedó a vivir después de
la expulsión en su casa, espaciosa vivienda que se alzaba junto
a la cueva de Benahassín, a poca distancia del pueblo.
Era dicha mujer
poco dada a ejercer la caridad, pues consentía que se le pudriesen
los frutos y carnes en cecina que almacenaba en los desvanes, antes de
darlos a sus convecinos necesitados, y tan tacaña, que se cumplía
en ella el refrán: «La carne en el techo y el hambre en el
pecho», porque apenas si se alimentaba. Cuando tenía necesidad
de alumbrarse, utilizaba los rayos de la luna, o la luz que desprendía
una piña ardiendo, por no gastar aceite que en gran cantidad guardaba
en onzas y tinajas. Siempre que a su puerta se acercaba algún pobre
en demanda de limosna era despedido de mala forma y cuando se veía
obligada a pagar los diezmos y censos lo hacía siempre de muy mala
gana y a regañadientes.
Pero dice otro
adage que «ahorra el mezquino y no sabe para quien» y es verdad,
pues cada vez que la mujer dejaba de asistir a la santa misa, los días
de precepto, le era impuesta una fuerte multa, y como quiere que fueran
muchas las que tuvo que pagar, porque faltaba con harta frecuencia, o cuando
acudía siempre llegaba tarde, iba perdiendo poco apoco el inmenso
caudal que poseía.
No hay pueblo grande
ni chico que no sepa la copla con que la morisca se disculpaba ante el
P. Beneficiado de la parroquia, a quien de enojos y llorando suplicaba
le relevase del castigo, ya que ella apenas oía el tañido
de la campana, corría presurosamente al templo, adonde siempre llegaba
después de la comunión. Hecho que aquí atribuían
a castigo del cielo por falta de amor al prójimo de la mujer, quien,
según opinión unánime de los del lugar, jamás
adjuró de la religión mahometana que practicaba ocultamente.
La copla dice así:
«Tu tocar
Yo correr
Yo llegar
Tu beber».