Se sale de Júzcar bordeando el barrio de la Ereta por la carretera local que conduce a Cartajima, a unos escasos 6 km. El nombre de este pueblo es netamente árabe, y se pronunciaría aproximadamente como Aljaria-t-al-jaima, que significa “La Alquería de la Aljaima”. En los primeros textos cristianos aparece como Xaritalxime. Es el pueblo situado a mayor altura en toda la comarca, superando los 840 m sobre el mar, en la cima de una colina que se encuentra en el punto límite entre los roquedos calizos de la Sierra del Oreganal y las pizarras que bordean la corriente del Genal. La zona rocosa al norte de la población es un complejo kárstico de enorme belleza y se conoce como “Los Riscos de Cartajima”, dignos de ser visitados con acompañamiento de paisanos que conozcan los mejores rincones y las cuevas más interesantes. Más al Norte aún destaca el monte Almola, sobre el que se recortan las mejores vistas de esta villa.
El término de Cartajima es resultado de la fusión de al menos tres de tiempos de la Reconquista Cristiana, Benahayón, Benajeriz y Cartajima, y posiblemente algunas tierras de otro pueblo desaparecido, que se llamaba Benahazín y actualmente pertenece al término de Parauta, aunque sea propiedad de naturales de Cartajima.
Benahayón estaba en ese valle poblado de castaños que se bordea al subir por la carretera desde Júzcar, y que queda a mano derecha, cuando empieza a verse a lo lejos la iglesia de Cartajima. De sus ruinas apenas hay vestigio, porque era muy pequeña población y sus piedras se han reutilizado para paredes de linde o se han ido haciendo majanos.
Benajeriz estaba entre Cartajima e Igualeja, próxima al río Genal, donde aún pervive su nombre un tanto alterado en el de un pago de fincas llamado Benajarín.
De todas estas poblaciones hay referencias documentales y datos sobre habitantes que pueden consultarse en el apartado de Historia de la comarca.
La historia de Cartajima, haciendo caso a las noticias que da Vázquez Otero, se remonta a varios siglos antes de nuestra era, si es que es cierto lo de los enterramientos de tiempos de los fenicios. Al parecer hay vestigios de unos baños romanos que confirmarían la continuidad de su poblamiento en la Edad Antigua. De lo que no hay duda es de que su actual ubicación y nombre es de tiempos de dominio islámico.
Una vez conquistada Ronda por los Reyes Católicos y rendidos los demás pueblos, Cartajima siguió habitada por abundante población morisca que sufrió persecución y procesos judiciales de parte del Santo Oficio a lo largo del siglo XVI, como queda recogido en el apartado de Historia de la comarca. Interesa aquí reproducir un documento que da cumplida cuenta de las actividades de la Inquisición y que hace referencia a una morisca cartajimeña procesada por no querer degollar una gallina.
90. María Flores, porque no queriendo degollar una gallina, ni permitir que otra mujer la degollase, andaba buscando hombre que lo hiciese. Misa y dos mil maravedís (+ Dio por defensa que por no tener cuchillo para la degollar, buscaba al carnicero que se la degollase; y así se entendió y por eso se penitençió, pues no constó bien de que lo hacía por no degollar ella); y primero que la sentençiase, envié el preso (cautivo) a Granada y de allá se me volvió para que la penitençiase yo.
AHN, Inquisición, leg 1953/2, núm. 72, fols. 1-14, caso 90. Año de 1560. Visita del señor inquisidor Martín de Coscojales.
Fue en Cartajima donde mayor número de procesados por la Inquisición hubo en aquella visita de Martín de Coscojales, todos ellos por prácticas que revelaban la pervivencia de costumbres musulmanas, como era la de que sólo podía degollar animales un varón retajado, es decir, circuncidado.
Su iglesia, construida a principios del siglo XVI sufrió diversas reformas y reparaciones a principios del siglo siguiente que, aun sin saber a ciencia cierta la causa de tan continuados deterioros, denotan como mínimo un escaso cuidado del símbolo de la cristiandad en este pueblo hasta la fecha de la definitiva expulsión de los moriscos. Concretamente en la Escribanía de Pedro Moreno del AHP constan dos obras efectuadas en 1604 y 1606 respectivamente, porque se reprodujeron los mismos desperfectos en tan corto lapso de tiempo.
Este pueblo vivió sus mejores días en las postrimerías del siglo XVIII y durante el siglo XIX, por dos razones principales: la actividad siderometalúrgica que producía balas de cañón que eran enviadas a Jimena de la Frontera, donde don José Gálvez tenía instalada su industria de cañones, y el cultivo de las viñas, que se mantuvo vigoroso hasta finales del siglo XIX, cuando la epidemia de filoxera acabó con las viñas de toda la comarca. Esa prosperidad económica del XVIII hizo que en este pueblo florecieran oficios más especializados. Consta que unas de las puertas en madera de castaño tallada de la iglesia de Gaucín fueron hechas en Cartajima por un maestro carpintero que debía gozar de mucha estima en la zona como para recibir encargos desde tan lejos. En el Censo de Floridablanca Cartajima presentaba peculiaridades que la hacían una de las poblaciones más prósperas de estos valles, contando con médico y notario, oficios desconocidos en casi todos los pueblos restantes, y con un número de habitantes cercano a los 1.500 que nunca ha sido superado.
Durante la Guerra de la Independencia, Cartajima, como los demás pueblos de la zona, plantó cara a los extranjeros y acudieron a liberar Ronda que había sido tomada por las tropas napoleónicas. A consecuencia de sus acciones bélicas, también Cartajima consiguió en 1814 la carta de villazgo, concedida por el rey Fernando VII.
Se tiene constancia de que durante todo el siglo XIX hubo un servicio de comunicación entre el valle del Genal y Cádiz, se trataba del conocido como Cosario de Cádiz, que viajaba hasta esa ciudad portuaria y regresaba con periodicidad que no se puede determinar. Pues bien, ese cosario partía de Cartajima, pasaba por Júzcar, Alpandeire, Atajate, Jimera de Líbar y Cortes de la Fra. antes de internarse en la provincia de Cádiz. Esta es una prueba más de la importancia de este pueblo en aquellos tiempos. Cuando se perdieron las viñas, muchos paisanos de todos estos pueblos decidieron emigrar a la República Argentina, donde siguen sus descendientes. Emigraban embarcando en el puerto de Cádiz y marchaban hasta allí aprovechando las idas y venidas del cosario, que seguramente apalabraba los pasajes con antelación.
El casco urbano de Cartajima es muy aglutinado y sus calles, casi todas, son estrechas y sinuosas, como corresponde a la tradición morisca, pero hay un detalle que llama mucho la atención: en ningún otro pueblo serrano, a excepción de Gaucín, hemos visto tantas casas con fachada de estilo dieciochesco. Mientras que en otros son una minoría, en este pueblo, al menos por la zona más alta y próxima a la iglesia, son lo normal. Y este dato se aviene muy bien con lo que acabamos de decir sobre su época de máxima prosperidad.
El más valioso edificio que hay en Cartajima es, evidentemente, la Iglesia Parroquial, que acusa en su estructura una dura historia. Debió tener dos naves en un primer momento, la principal y la del Evangelio, de la que sólo quedan dos tramos en la cabecera.
Predominan en Cartajima apellidos como Benítez, Carretero, Corbacho, del Río, Montesinos, etc.