En
Benaoján, que ahora con los fríos invernales amanece
cada mañana aterido a los pies de la sierra de Juan
Diego, en la tierra de los mejores chorizos rondeños
y el bien oliente lomo de cerdo frito, andan con los
preparativos de un centenario que, por su
importancia, presumimos no ha de pasar desapercibido
en el resto de la provincia malagueña.
Una mañana, en 1905, José Bullón, andaba en el hoyo
de la Pileta, en donde tenía morada y agraz terreno,
preocupado por el enclenque desarrollo de sus
cultivos. «Había que estercolar las papas, y tampoco
le vendría mal a los cebollinos y a las habas, y
hasta la olivarera», puede que pensara. Ni corto ni
perezoso enfiló peñas arribas de una de las más
cercanas estribaciones de la sierra de Libar en
busca del escondrijo de una copiosa colonia de
murciélagos con los cuales se había distraído días
antes mientras observaba cómo se arremolinaban en
torno a un oscuro agujero de las peñas.
Pensando que la materia excrementicia de los
quirópteros le vendría de perlas no dudó en
adentrarse en la oquedad y resbalar con la ayuda de
una gruesa cuerda por sus piedras humedecidas no sin
cierto temor impuesto por lo tenebroso y desconocido
del escondite. Rumor de vuelo enloquecido de las
aves sorprendidas por el intruso en su refugio,
pasos vacilantes por un suelo jamás ollado por el
hombre, al menos con la apariencia del bueno de José
Bullón, lejanos gorgoteos de agua...
Y el silencio aplastante de las profundidades que
comenzó a hacer palpitar el corazón del atrevido
labriego más de la cuenta, quizá asustado por su
osadía. Continuó, sin embargo su incursión al
comprobar que el hueco se ensanchaba más y más y
cómo extrañas y altísimas columnas flanqueaban su
deambular, perplejo al verlas sostener un techo de
unas dimensiones que no acertaba calcular.
¿Qué gran templo era aquél sumido en tan espeso
silencio? ¿Quiénes habían revestido sus paredes de
las coloreadas figuras y extraños signos negros que
fueron apareciendo antes sus ojos asombrados? José
estaba acostumbrado a la realidad cotidiana del duro
trabajo en el terruño y a la supervivencia
arrancándole a este sus frutos. Su vida no atendía
sino a lo más perentorio, a subsistir con escasos
medios y echando mano a lo que la naturaleza le
ofrecía no sin la entrega de su esfuerzo y las
penalidades de trabajos primarios. Aquella otra
realidad que ahora se le abría ante la mirada se le
escapaba sin lograr aprehenderla.
Y es que el humilde labriego había hecho un
descubrimiento sensacional. Nada más y nada menos
que la morada y, a juzgar por los restos de cerámica
acumulados y las abundantes pinturas parietales de
carácter zoomorfo, el santuario del Homo Sapiens,
aquel que, millones de años atrás, abandonó la
existencia arborícola y echó a andar sirviéndose de
sus piernas. El mismo que, como el paleontólogo
Henry Breuil -instado por el mítico coronel W.
Verner (primer invitado por Bullón a bajar a la
cueva)- reconoció años después, fue el autor de un
arte, el del Paleolítico Superior, que vino a
revolucionar los estadios de la evolución de
nuestros antepasados más lejanos. El arte como
exponente del ansia de trascendencia del hombre
tratando de explicar los enigmas de la vida y los
misterios de la muerte y el más allá.
«Do not allow taht nothing or anibody damages de
Cave. They pintures are a treasure does not have
price». («No permitas que nada ni nadie dañe la
Pileta. Sus pinturas son un tesoro que no tienen
precio»). Las palabras del abate Breuil a Bullón, en
los albores del pasado siglo han servido de consigna
inapelable a los descendientes de éste. Tomás Bullón
y sus hijos y los hijos de éstos, en la cuarta
generación, han defendido a capa y espada la Pileta
(incluso a las tentativas de la administración
autonómica para expropiarla). Descubridores, guías y
conservadores, esta familia, cuyos miembros,
auténticos trogloditas de la era moderna, han pasado
más de la mitad de sus vidas en el interior de la
famosa espelunca, están ahora de enhorabuena.
Cien años contemplan la cueva de la Pileta y el buen
hacer de los Bullón y la efemérides no debería pasar
en vano en Benaoján ni en la provincia, ya que
estamos ante uno de sus monumentos de interés
cultural más evidente.
Tampoco debería dejarse pasar la ocasión, puestos a
recordar la predilección de los primeros
descendientes de los arborícolas por asentarse en
estos parajes, para incluir en la celebración el
descubrimiento de otra cueva, la del Gato, con la
que los benaojanos más castizos se identifican y por
la proximidad anteponen a cualquiera otra seña de
identidad local. Testigo al igual que la Pileta de
los primeros pueblos cazadores y nómadas que
pulularon por el hoy conocido como Campo de
Gibraltar -el Homo Erectus, que precedió al
Neardental- como acredita la mandíbula de este
humanoide aquí encontrada, el Gato añade el
atractivo de su entrada y el entorno único sobre el
que ésta se ubica.
La efigie del Gato, labrada con el cincel caprichoso
de la Naturaleza aúna a su alrededor esplendor
paisajístico, tintes paradisíacos propiciados por un
microclima sorprendente y envite al misterio y a la
aventura que sólo se debe emprender cuando se ésta
seguro de poseer el entrenamiento físico y los
conocimientos en espeleología necesarios para no
sufrir un serio percance en los recovecos de sus
laberínticas galerías. Un monumento natural como
pocos.
Siglos antes que la Pileta, el Gato ya es citada por
viajeros ingleses, entre ellos Richard Twiss, en
1772. Pascual Madoz, mediado el siglo XIX en su
Diccionario Geográfico dice de ella: «En
jurisdicción de Benaoján está la cueva del Gato, que
tiene cerca de 4 leguas de largo, principiando en
término de Montejaque; es de una altura desmesurada
y refieren algunos de los que la han visitado que a
la media legua de su dilatación se ve a la orilla de
un profundo charco, un grande edificio arruinado,
del que sólo se conserva la portada y algunos
lienzos de pared». ¿Realidad o imaginación? Como
siempre ocurre, la historia y la leyenda se nutren
entre sí abriendo interrogantes que perduran a
través de los tiempos.
Ligada al complejo Hundidero-Gato nos encontramos
con el Pantano de los Caballeros, una descomunal
como inútil obra realizada por la Compañía Sevillana
entre 1920 y 1930 en pleno auge de la dictadura de
Primo Rivera y la fiebre constructiva que propulsó.
Esto por una de las dos entrada; por la otra, con el
Charco Azul, aguas limpias y frías como cuchillos
que deleitan a excursionistas y a buscadores de
rincones idílicos. Se encuentran estos últimos con
uno de los muy pocos quedan en la provincia y que
colman todas las aspiraciones.
Entremedias, sinuosas galerías: la de los Gours, la
de la Ciénaga, y grandiosas salas como la de la
plaza de Toros y el tenebroso Cabo de las Tormentas.
Un mundo fantasmagórico, la mitad inundado, que
despierta el espíritu aventurero de muchos y que ha
propiciado más de una muerte entre los que osaron
quebrar su silencio de siglos. Las prospecciones
arqueológicas rindieron buenos frutos: utillaje del
Neolítico-Calcolítico, catalogados en el capítulo de
la Cultura de las Cuevas, bien arraigadas en el
término de Benaoján.
Los organizadores de los actos que en el 2005 van a
abundar con motivo del centenario del descubrimiento
de la Pileta no pueden soslayar la influencia que el
Gato siempre ha ejercido en sus habitantes. Más que
del año de la Pileta cabría hablar del año de las
cuevas.