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Es
una constante entre los vecinos de Benaoján transmitir, de
generación en generación, la leyenda de una misteriosa cueva que,
iniciándose debajo de la plaza de la localidad, se adentra en el
vientre calizo de la ladera de la Sierra de Juan Diego para,
finalmente, conectar con los alrededores del Castillejo, antiguas
ruinas del castillo árabe, que constituía el baluarte militar de la
villa bajo la dominación musulmana.
El mito es una historia viva, extraordinariamente prolífica en
detalles, que se alimenta y perdura en la conciencia compartida de
sus vecinos.
Se dice, y se cree, que dicha cueva tuvo antaño un extraordinario
valor estratégico defensivo, permitiendo que la población de la
villa de Benaoján se refugiase en ella ante las vicisitudes de los
ataques de las tropas enemigas, pudiendo además socorrer el asedio
del castillo en caso de necesidad.
Otros se recrean en el fabuloso tesoro que dejaron escondidos en
ella los moros cuando fueron definitivamente expulsados en 1571 de
esta villa; éstos cerraron cautamente las entradas de acceso, al
mismo tiempo que silenciaron sus bocas para que ningún otro pudiera
encontrarlas, excepto ellos mismos el día que pudiesen retornar a su
pueblo.
Muchos han sido los que han buscado la cueva entre los enormes
fragmentos desprendidos del promontorio rocoso donde se irgue el
castillo; unos pocos afirman ser afortunados por su hallazgo, éstos
incluso describen el largo recorrido de sus galerías, los ruidos de
la gente en la plaza y otros sorprendentes detalles, pero sin duda
han sufrido el hechizo del olvido porque ya no recuerdan exactamente
su entrada.
No hace mucho me contaron que un vecino recurrió a una vidente que
le desveló que en las proximidades del castillo existe una gruta,
con una gran sala donde se encuentra un importante tesoro. Si ha
sido localizada no tenemos el gusto de compartir ni hallazgo, ni
tesoro.
Se cuenta por los viejos del lugar que aún recuerdan la plaza
empedrada, que en el suelo junto a los muros de la iglesia aparecían
unas manchas de agua y si escuchaban en el silencio de la noche oían
el transcurrir de las aguas subterráneas.
El mito seguirá existiendo mientras se desconozca el acceso a esta
cueva y la clave de su permanencia está en el secreto de aquellos
moros que nunca retornaron.
En mi caso particular, reconozco haber bebido durante mi infancia y
mi juventud el embriagador néctar de este mito; pero en la madurez,
mi formación científica y mi pasión por la historia local me empuja
a buscar el soporte real de esta leyenda.
En el resto de este artículo comentaré algunos detalles curiosos
relacionados con este tema que podrían dar unas pinceladas de
realidad a esta fantasía.
De todos es sabido
que la naturaleza litológica de la sierra de Benaoján permite un
paisaje kárstico donde proliferan las cuevas, simas y grutas; el
suelo y subsuelo está horadado por las copiosas lluvias con las que
somos favorecidos en esta zona. La presencia de un importante
acuífero justifica los numerosos manantiales y fuentes existentes y,
sin duda, han sido uno de los pilares de la presencia humana en
estos hábitats desde tiempos prehistóricos. Los vecinos de Benaoján
sentimos que el agua ha tallado nuestro carácter al mismo tiempo que
nuestras tierras, vivimos acostumbrados y marcados por esta realidad
cotidiana.
Desde hace casi un siglo, en la época en que surgía incipientemente
la industria chacinera, se conocían una serie de covachas dentro del
pueblo, algunas de ellas en el interior de las viviendas junto a
paredes rocosas y usadas como “chineros” o antiguas alacenas, cuya
temperatura permitía usarlas como neveras, con el beneficio de la
conservación de carnes y otros alimentos perecederos.
La localización y estudio de estas covachas nos ha facilitado
información de conductos que están conectados con galerías más
amplias de las que proceden las corrientes de aire frío y el ruido
de la circulación del agua (ref. 3, 4, 5 y 6 del mapa adjunto).
Por aquella época existía ya la fábrica de chacinas de la familia de
Curro Sánchez, localizada muy cerca de la plaza del pueblo. Según
cuentan los vecinos, en los días de matanza la sangre resurgía en la
Fuente del Zuque, situada 100 m más abajo en el barrio de El Ejido.
Hoy día, a pesar de la desaparecida industria, todavía siguen
contaminándose sus aguas por la red de alcantarillado, lo que ha
llevado a clausurar esta histórica fuente del siglo XV.
Un caso similar de contaminación la encontramos en la calle Fuente,
junto a la morisca Fuente Pintada. Ésta se encuentra a 180 m por
debajo del castillo y tiene sus resurgencias entre las peñas
próximas.
En ambos casos se refleja la vulnerabilidad del acuífero dada la
naturaleza altamente permeable del suelo, en la que jugarían un
notable papel las galerías subterráneas, si existieran (ref. 7, 8 y
9 del mapa adjunto).
En 1993, cuando se realizaban arreglos de saneamiento y
pavimentación en una calle cerca de la plaza, en la zona colindante
al mercado de abastos se perforó accidentalmente un agujero en las
rocas del suelo que sorprendió a los obreros. La estrecha brecha
abierta tragaba, con la insaciable sed de las profundidades, toda la
abundante agua del alcantarillado que se reparaba; desgraciadamente,
las prisas por acabar la incómoda obra obligó al alcalde a sellar la
misma tan rápido como le fue posible, sin permitir ninguna
indagación acerca de ella (ref.10 del mapa adjunto).
En 1994 durante la preparación de una verbena en beneficio de los
mayordomos de San Marcos, se adecuó para la ocasión un solar en la
calle Cantillo. Como improvisado servicio se construyó a modo de
letrina un agujero en el suelo que, afortunadamente para ellos,
conectaba con una fractura de la roca con posibilidades de tragar,
sin discriminación, todo lo que allí se arrojara. Acabada la fiesta
el agujero se cerró sin mayor trascendencia (ref. 11 del mapa
adjunto).
Recientemente, mi compañero de aficiones históricas, Manuel Becerra
Parra, me hizo llegar la copia de un manuscrito del siglo XVIII del
Archivo Municipal de Málaga; en un apartado del mismo se escribe:
“…hay ruinas de algunos edificios tan antiguos que no hai memoria,
como son sobre un tajo que llamam el Castillejo, distante del pueblo
como cuatro tiros de bala, donde se conoce parte de la muralla y en
algunos sitios torreones, y hai opinión que al pie de este tajo,
donde estaba este fuerte, hai la boca de una mina que comunicaba
este fuerte con otra torre que había en lo que hoy es plaza de la
villa, cuyas ruinas y simientos se han descubierto en dicha plaza al
abrir un pozo para almasen de agua, que surtiese la necesaria en una
obra que se hizo en la Iglesia no ha muchos años, ni tampoco los hay
en una calle a la entrada de ella y parte que mira al dicho
Castillejo, en una llubia se descubrió una sima que registrada, se
hallo ser la dicha mina que iba a la plaza…” (Diccionario Geográfico
Malacitano de Medina Conde, manuscrito nº 129). De esta primera
referencia escrita nos asombra que la creencia sea tan antigua y los
detalles de su localización en la plaza, tan precisos (ref. 1 y 2
del mapa adjunto).
En estos momentos nos encontramos con una obra de construcción de un
grupo de viviendas en la calle Cantillo, que ha sido paralizada por
la Delegación de Cultura al encontrarse en su solar una antigua
muralla con puerta en arco, cuya datación aún está sin realizar. El
descombro del solar muestra un suelo de material de relleno sobre
una base rocosa que ha colmatado el espacio existente sobre la calle
y los restos de muralla; tal vez sea un nueva oportunidad para
desvelar la existencia de la cueva de la Plaza de Benaoján (ref. 12
del mapa adjunto). Si algún día esto ocurre, nos encontraremos con
una magnifica noticia: un hallazgo arqueológico y espeleológico
relevante. Pero nuestra alegría tendrá que compartir la tristeza y
el pesar de haber matado al mito.
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