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La Cueva de La Pileta

Por Manuel Becerra Parra
(fragmento del libro "Valle del Guadiaro, Guía del Excursionista", Editorial La Serranía, 2005)

Enclavada en el término municipal de Benaoján, es una cavidad que alberga bellas formaciones pétreas, así como un tesoro de incalculable valor, el mayor conjunto de arte rupestre paleolítico de todo el Mediterráneo así como la más numerosa representación de arte esquemático postpaleolítico en cueva de Europa.

Llamada antiguamente Sima de los Murciélagos, Cueva de la Reina Mora y Cueva de los Letreros, debe su nombre actual a Hugo Obermaier, quien la llamó así por una pequeña pila construida hace siglos en el Cerro de la Pileta y en la que solía beber cada mañana en su camino hacia la cueva.

La Cueva de la Pileta tiene una longitud próxima a los 2.000 m de longitud, compartimentándose en tres sectores principales: la Galería Principal, las Galerías Nuevas y la Galería de las Grajas.

Descubierta en 1905 por José Bullón Lobato, años más tarde, en 1912, fue estudiada por el Abate Breuil bajo el patrocinio del Príncipe Alberto I de Mónaco. Los resultados serían publicados por el Instituto de Paleontología Humana de París en 1915 en la magnífica e inigualable monografía “La Pileta à Benaoján”. Con esta publicación se dio a conocer al mundo que fuera de la zona Franco-Cantábrica había una gran estación de arte rupestre prehistórico.

Años más tarde, en marzo de 1924, Tomás Bullón, hijo del descubridor, localiza la puerta actual. El 25 de abril era declarada Monumento Nacional por la importancia del conjunto artístico que albergaban sus paredes.

En 1926 se colocó una verja en la entrada de la cueva con el fin de preservar su importante patrimonio arqueológico. El 14 de abril de 1933, Tomás Bullón descubre las “Galería Nuevas”. Dos años más tarde, en 1935, éste, junto a algunos benaojanos, desciende por primera vez al fondo de la Gran Sima.

Pasan los años y no es hasta comienzos de 1992 cuando se produce otro hallazgo importante en la gruta. Miembros del Grupo Espeleológico Rondeño (GEAR) en compañía de los hermanos José, José Antonio y Eloy Bullón descubren una nueva galería en la Gran Sima. De esta forma se concluyen las exploraciones hasta la fecha.

Hoy en día se encuentra en el mismo estado en que se encontraba hace 100 años. Esto es debido a la silenciosa pero ardua labor de la familia Bullón, que durante cuatro generaciones ha cuidado la Cueva de la Pileta como si fuera su propia casa. Valgan estas líneas como reconocimiento a su dedicación.

Durante el Paleolítico Superior, entre el 30.000 y el 10.000 antes del presente, la Cueva de la Pileta se convierte además de en lugar de hábitat, en punto de reunión y santuario de numerosos grupos de cazadores-recolectores procedentes de la Bahía de Algeciras y Banda Atlántica de la actual provincia de Cádiz, lugares donde pasaban el invierno dedicándose al marisqueo, la pesca y la caza de grandes mamíferos. En la primavera-verano, estos grupos se dirigían desde sus lugares de invernada a la Serranía de Ronda remontando los valles del Guadiaro y el Guadalete para practicar la caza. Estas bandas en su desplazamiento anual coincidirían en la Cueva de la Pileta para dejar sus pinturas rituales en el interior de la cueva y llevar una intensa vida social.

Como ya hemos visto, uno de los motivos que atraía a las bandas de cazadores-recolectores a la Cueva de la Pileta era el dejar plasmada su ideología mediante pinturas rupestres en las paredes de su Santuario. Estas representaciones pictóricas, cuyas manifestaciones más antiguas datan de hace unos 30.000 años, muestran animales como cabras monteses, toros, caballos, cérvidos, carnívoros como un lobo y un felino, un rinoceronte y peces; antropomorfos, manos y signos abstractos como las llamadas “tortugas”. Pintadas en amarillo, rojo y negro, estas pinturas constituyen sin lugar a dudas, uno de los conjuntos artísticos paleolíticos más importantes del mundo y hacen de la Cueva de la Pileta la catedral de este arte en la zona meridional de la Península Ibérica.

Al terminar la glaciación, la cueva debió seguir siendo frecuentada por los hombres epipaleolíticos aunque, a falta de una excavación científica de la cueva, no conocemos materiales de esta época.

Con la llegada de la cerámica y la agricultura, ya en el Neolítico, la cavidad es utilizada como lugar de hábitat y necrópolis, siendo numerosos los restos hallados entre los que destacan una gran variedad de cerámicas decoradas, útiles de piedra pulimentada y sílex, huesos trabajados, adornos de piedras y conchas marinas. Las pinturas dejan de ser naturalistas y se convierten en esquemáticas, de tal forma que salvo algunas figuras humanas y animales muy esquematizadas, predominan los signos abstractos. Estos signos, representados en su totalidad en negro, presentan una gran heterogeneidad, existiendo hasta doce tipos distintos. Todos estos signos, que suponen un total de 3.000 motivos documentados, se despliegan a lo largo de más de 300 metros de galerías, resultando especialmente abundantes en las zonas del Salón del Pez y las Grajas. Esta diversidad de signos, así como su elevado número y sobre todo el que se encuentre en zonas profundas de la cueva, hacen que la Pileta sea considerada como la cueva con arte rupestre esquemático postpaleolítico más importante de Europa, y quizás del mundo. Es tal la importancia de este tipo de arte en la Pileta, que a este tipo de representaciones pictóricas, casi exclusivas de esta cavidad, se le denomina pintura esquemática negra de la Pileta.

Durante el Calcolítico la Cueva de la Pileta continúa siendo usada como hábitat, necrópolis y santuario. La cerámica ya es más lisa y tosca, sin decoración, de formas esféricas, semiesféricas y grandes orzas con capacidad de hasta 50 litros, apareciendo también algunos vasos de tipo campaniforme.

En la Edad de Bronce continúa la cerámica tosca con la misma tipología que en el Calcolítico y vasijas de variadas formas, apareciendo vasos argáricos. También pertenece a esta época la pieza cerámica más importante hallada en la cueva, es la llamada Venus de Benaoján. Es un amuleto o ídolo de barro cocido encontrado por Tomás Bullón en 1934 cerca de la Sala de los Murciélagos. También aparecen objetos de bronce como hachas. A este periodo parece corresponder los cuatro esqueletos hallados en 1933 en las Galerías Bajas. De igual modo las últimas pinturas esquemáticas de la Pileta deben de pertenecer a este periodo.

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Historia de La Pileta

Por Manuel Becerra Parra
Publicado en el número 31 de la revista La Serranía


1. EL DESCUBRIMIENTO DE PILETA Y LAS PRIMERAS INVESTIGACIONES

 

El conocimiento sobre la Prehistoria de Benaoján comienza en 1905 cuando José Bullón Lobato, natural de Alpandeire y residente en el cercano Rancho Harillo, descubre la Cueva de la Pileta.

 

          José Bullón observaba cada atardecer como gran número de murciélagos salían de la por entonces llamada Sima de los Murciélagos y un día decidió descender la sima para buscar murcielaguina con la que abonar sus tierras. Una vez en la boca de la sima, ató una cuerda y descendió 30 m hasta una estrecha galería en rampa muy pendiente que se prolongaba más de 60 m de profundidad, pasando por salas de regulares dimensiones  y a veces por estrechos pasillos cuyo transitar era difícil. Durante su recorrido por este sector de la cueva, llamado posteriormente Galería de las Grajas, fue viendo restos de cerámica y ennegrecimientos en las rocas y suelo a causa de los fuegos hechos durante la Prehistoria para iluminación, y finalmente, algunas pinturas que observó con extrañeza.

 

            Partiendo del primer salón, donde encontró los primeros restos humanos, subió hasta una balconada (hoy Balcón de Tomás) situada en frente del ventanal por el que había penetrado. Una vez salvada esta rampa, siguió adentrándose cada vez más profundo a través de la Nave Central. A su paso, iba quedando absorto al observar las amplias galerías y salas, que con la luz tenue de acetileno de que disponía, le parecían a veces interminables. Pero más sorprendentes fueron para él las pinturas rupestres que en forma de signos esquemáticos, como si representasen letreros, pudo ver por distintos lugares de la cavidad, por lo que la llamó “Cueva de los Letreros”. También encontró vasijas y restos de cerámica en abundancia y dispersos por las salas, sobre todo en la primera parte, en los alrededores del lago y algunos restos, ya más escasos, hasta la Sala del Pez; cuya aneja Gran Sima con su impresionante abismo le causó respeto.

 

            Pero sus descubrimientos no acabaron en la Sala del Pez, también exploró las Galerías Laterales hasta la Sala de los Niveles, situada a 60 metros de profundidad a través de peligrosos descensos. En esta zona también observó la existencia de pinturas.[1]

 

            Pasarían algunos años hasta que en 1909 entrara en escena un nuevo personaje, el coronel británico Willougby Verner. Este militar había participado en la expedición de ayuda a Khartum (Sudán) y fue gravemente herido en la Guerra de los Boers (Sudáfrica), por lo que tuvo que abandonar la carrera militar. Gran aficionado a la ornitología fijó su residencia en la ciudad de Algeciras, en una finca llamada “El Águila “.

 

            Acostumbrado a veranear en la Estación de Jimera de Líbar, por aquellos tiempos importante núcleo turístico para la colonia británica residente en Gibraltar, desde donde recorría la Serranía de Ronda en busca de huevos de aves. Durante una de sus incursiones por la Sierra de Benaoján, en las cercanías del Rancho Harillo, coincidió con José Bullón, quién le manifestó que las grajas hacían nidos en la Sima de los Murciélagos, confidenciándoles así la existencia de la cueva e informándole que en sus paredes se observaban pinturas y que por el suelo había vasijas de barro. Ante esto el coronel británico mostró su interés en visitar la cueva.[2]

 

            Tres veces visitó la Cueva el coronel Verner entre la primavera de 1909 y el otoño de 1910. En las dos primeras sin apenas medios y ayudado en todo momento por José Bullón, a causa de su ineptitud resultado de la guerra que le obligaba a caminar con bastón, se limitó a realizar un rápido recorrido por las salas más cercanas a la entrada. Recogió durante éstas algunos huesos humanos y de animales que envió al doctor Arthur Keith, del Real Colegio de Cirujanos de Londres. 

 

El doctor Keith contestó a Verner con un informe previo en el que decía entre otras cosas: “los fragmentos de restos humanos son muy interesantes. El extremo superior del fémur derecho no pertenece, desde luego, a ninguna raza moderna, sino a un tipo humano del Paleolítico. La tibia es así mismo muy primitiva”. “También hay algunos huesos de mamíferos. La mayor parte de ellos corresponden a un animal similar al antílope, pero no a una especie moderna. El doctor Andrews, del Museo Británico, y yo, no hemos logrado hallar un tipo zoológico parecido”.

 

El informe definitivo que a finales otoño de 1909 recibió Willougby Verner era ya más concreto. Según él, los fragmentos de fémur, húmero y tibia “corresponden al parecer a un solo individuo, muy probablemente a una mujer de tipo pigmeo, cuya estatura oscilaría entre unos cuatro pies dos pulgadas y cuatro pies seis pulgadas”.[3]

 

También encontró en aquellas primeras visitas a la cueva, fragmentos de cerámica, cuyo color y textura era “diferente de los tiestos moros y romanos que frecuentemente aparecen en las serranías andaluzas”.

 

En 1910, alentado por la importancia que los informes de los doctores Keith, Andrews y Wooward daban alas muestras remitidas, preparó su tercera expedición, esta vez acompañado por cuatro amigos británicos, expertos espeleólogos y provistos de un apropiado equipo de escalada. El resultado superó todas sus esperanzas, descubriéndose gran cantidad de nuevas pinturas, no solamente símbolos, sino también representaciones de animales en varios colores como toros, caballos, ciervos y cabras monteses mezclados con ejemplares de una extraña fauna y por último el dibujo, casi desconocido en el arte parietal, de un gigantesco pez pintado con trazo negro.[4]

 

Concluida su expedición, retornó a su finca “El Águila”, donde dándose cuenta de la importancia de sus hallazgos, se puso en contacto con los editores de la revista “Saturday Review” en un oportuno momento ya que la sociedad británica estaba muy interesada por los artículos y noticias que el “Ilustrated London News” publicaba sobre los descubrimientos de cuevas en el Sur de Francia. Así envió una serie de relatos amenos y desenfadados que fueron publicados entre los meses de septiembre y noviembre de 1911 bajo el sugestivo título: “Cartas desde la más agreste España. Una Cueva misteriosa”.

 

Orace Sandars, director del “Saturday Review” puso en conocimiento del prehistoriador francés Henry Breui, considerado como el padre de la prehistoria moderno, los artículos del coronel Verner. El Abate Breuil[5] envió una carta a Verner el 17 de noviembre de 1911 mostrándole su interés por visitar la cueva y rogándole que le acompañara a visitarla. El día 26 de ese mes  Verner le contestaría agradeciéndole su interés mostrado por la cavidad así como que esperaba que le visitara antes de mayo de 1912, fecha en la que tenía pensado volver a Inglaterra. Además, acompañando a la carta iban algunos croquis.

 

Pero la exploración no pudo llevarse a cabo en el mismo 1911, pues Breuil y sus colaboradores estaban retenidos en Puente Viesgo con el estudio de la recién descubierta Cueva de la Pasiega[6]. Sin embargo, la expedición se preparó minuciosamente para los meses de marzo y abril de 1912.

 

2. EL ABATE BREUIL Y SU VISITA A LA PILETA

 

Comisionados finalmente por el Instituto de Paleontología Humana de París y bajo el patrocinio del Príncipe Alberto I de Mónaco, el Abate Breuil llegó el 18 de marzo de 1912 a Algeciras acompañado por Hugo Obermair, Paul Wernet y Juan Cabré. Después de pasar varios día en Gibraltar, el coronel Verner los llevó a la Estación de Jimera, donde había obtenido de la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía un permiso para utilizar una pequeña casa. Allí instaló sus camas y organizó una sencilla cocina; aseguró así mismo, con algunos mulos, los medios para subir a la cueva.

 

El Abate Breuil narró así sus trabajos en la caverna benaojana:

 

“El primer día, el Coronel subió a la cueva con nosotros, lo que representaba unas dos horas de trayecto en mulos por senderos peligrosos. Visitamos la cueva, cuya entrada necesitaba dos escaleras de 20 m para bajar a pie de un pozo vertical, al que seguía descendiendo entre bloques entre bloques desprendidos. Volviendo al pie de la primera escalera, era necesario salvar otra pared vertical de 20 m de altura, infranqueable para nosotros, pero no para Bullón Lobato, cultivador de algunos campos colindantes donde había construido su Cortijo de Harillo en el que nos hospedó en algunas ocasiones, reviviendo para nosotros los días de su descubrimiento, y ayudándonos en la catalogación de las obras de arte de la cueva, el cual trepaba como un gato utilizando las menores rugosidades de la pared. Llegando arriba, nos lanzó el extremo de una cuerda que había atado a una columna estalagmítica; fijamos en ella la cabeza de nuestra segunda escalera y pudimos entrar a la entrada de la primera galería superior. Hacia su mitad y a la derecha necesitaba el uso de una escalera de más de 4 m. el Coronel Verner no había visitado esta galería, ni tampoco había visto, entre otros, un estrecho reducto enmascarado por una barrera de columnas que estaba abarrotado de excelentes figuras de animales negros”.

 

Es durante esta campaña de investigaciones cuando Hugo Obermaier bautiza a la cueva con su actual nombre, Cueva de la Pileta; cuyo nombre le viene de una pequeña pila construida hace siglos en el Cerro de la Pileta y en la que el profesor Obermaier solía beber cada mañana en su camino hacia la cueva.

 

El día 18 de abril concluían los trabajos en Pileta, tras 41 días en los que Breuil y Obermaier estudiaron minuciosamente las pinturas representadas en las paredes de la cavidad. Los resultados serían publicados  por el Instituto de Paleontología Humana de París en 1915 en la magnífica e inigualable monografía “La Pileta à Benaoján”; obra que fue financiada por el Principe Alberto I de Mónaco.

 

 

3. LOS DESCUBRIMIENTOS DE TOMÁS BULLÓN Y LOS AÑOS DEL OLVIDO

 

Tomás Bullón García, natural de Benaoján e hijo del descubridor de Pileta, a quien su padre legó sus méritos del descubrimiento de la cueva y sus propiedades, dio lugar a grandes y consecutivas exploraciones de sumo interés y todo en general en cuanto a la cueva se refiere, tanto en sus obras de acondicionamiento hasta hacer posible su fácil acceso, como acompañar a los visitantes de forma amena, con amplios conocimientos afines.[7]

 

En marzo de 1924 durante una de sus muchas visitas a la cueva, Tomás Bullón descubre la puerta actual, la cual yacía cegada desde los tiempos de la última ocupación humana de la cavidad.

 

En ese mismo año, y más concretamente el 25 de abril, era declarada la Cueva de la Pileta Monumento Nacional por la importancia del conjunto artístico que albergaban sus paredes. Pero a pesar de esta declaración, la cueva pasa por unos años de olvido casi absoluto. Quizás, su situación geográfica, en medio de una abrupto paraje, sin más acceso desde Benaoján en aquella época que mediante un penoso  recorrido a pié o a lomos de caballerías por el camino de la Solana Baja, tampoco favorecía la visita de estudiosos o simples visitantes. Sólo algunas publicaciones esporádicas de la Sociedad Excursionista Malagueña en el periódico de la época “El Popular”, recuerdan la existencia de la cueva, con motivo de las visitas de algunos de sus más dinámicos y entusiastas socios.

 

En 1926 se colocó una verja en la entrada de la cueva con el fin de preservar su importante patrimonio arqueológico.

 

Así llegamos a 1933, cuando el 14 de abril Tomás Bullón junto a José Giménez del Pozo, vecino de Montejaque, y Antonio Jiménez, Juan Becerra Martín, Joaquín del Pino Guerra y Antonio Solís, vecinos de Ronda; descubren en la Sala de los Niveles una grieta que da acceso a una serie de nuevas galerías, conocidas desde entonces con el nombre de “Galería Nuevas”. El diario “La Razón”, de Ronda, describe en su edición del 22 de mayo de ese año así los hechos:

 

“... descendieron por una subgalería en la derecha hasta el fondo de la misma, calculándose su profundidad en 160 metros, desde el nivel de la puerta de la cueva, creyéndose dicho fondo como final de la misma, pero debido a un capricho audaz investigador, ascendieron hasta una altura de 5 metros don José Giménez del Pozo y don Joaquín del Pino Guerra, acompañados del colono que guarda la finca donde se encuentra enclavada la caverna, descubriendo asombrados un agujero de 30 centímetros de diámetro que daba acceso a una grieta perpendicular estrechísima de 20 metros de altura por 30 centímetros de ancho, desembocando en una galería grandiosamente fantástica hasta entonces ignorada, y en la cual se multiplican las naves estilo catedral, conteniendo un suelo riquísimo en figuras naturales caprichosamente dibujadas, partiendo de la misma innumerables subdivisiones de continuidad que hacen de ella ser la superior en grandeza y magnificencia; fue aumentando la sorpresa con el hallazgo de fósiles humanos en perfecto estado de petrificación, siendo de especial interés, un esqueleto completo revestido de estalagmita, conjeturándose la antigüedad de estos documentos arqueológicos, como mínimo en 3.000 años ...”.

 

De este hallazgo dio noticia la prensa de Málaga y Madrid. Al mismo tiempo Tomás Bullón ponía el descubrimiento en conocimiento del profesor Hugo Obermaier, por si creía oportuno su estudio; como también lo hizo don Juan Temboury, de Málaga.

 

Ante la magnitud del descubrimiento intervino don Fernando de los Ríos, entonces Ministro de Instrucción Pública, y el 19 de mayo el alcalde de Ronda reclamó a Tomás Bullón las entrega de la llave de la cueva, en virtud de órdenes recibidas de la Dirección General de Bellas artes por el Gobernador Civil de la Provincia, por las cuales se determinaba la clausura de la cueva hasta que fuera estudiada debidamente.

 

Un año más tarde, el 14 de junio de 1934, la Junta Superior de Excavaciones acordaba encomendar a José Pérez barradas el que realizara una visita de inspección a la Cueva de la Pileta y emitiera el oportuno informe. La visita se produjo entre los días 1 y 6 de septiembre en compañía de Manuel Maura y Salas y Tomás Bullón. A comienzos de 1936 se emitió el correspondiente informe bajo el título “Nuevos descubrimientos en la Cueva de la Pileta, Benaoján (Málaga).[8]

 

El 17 de mayo de ese año descubre las galerías que unen las Grajas con las Galerías Nuevas. Algún tiempo después exploró las galerías contiguas a esta parte, que, desde el fondo de estas, se extendía por las Galerías del S.E.U.

 

El 29 de septiembre de 1935 Tomás Bullón junto al industrial benaojano don Manuel Montes y los jóvenes de la villa Juan y Julio Carrasco, Miguel Humberto, Valentín Reyes, Macario Sánchez, Manuel Núñez y Miguel Carrasco; descienden por primera vez al fondo de la Gran Sima. Durante esta primera visita a este sector de la cavidad hallaron restos de un esqueleto humano y de dos animales.[9]

 

El 16 de marzo de 1937 se efectúa en segundo descenso a la Gran Sima.

 

4. LOS AÑOS SIGUIENTES A LA GUERRA CIVIL. LA INTERVENCIÓN DE SIMEÓN GIMÉNEZ REYNA

 

         Tras los trágicos  años de la Guerra Civil, en los que la cueva vivió en el más profundo de los olvidos, comienza a despertar un gran interés por Pileta abanderado principalmente por don Juan Temboury, Delegado provincial de Bellas Artes y director del Museo de la Alcazaba, y don Simeón Giménez Reyna, Comisario provincial de Excavaciones Arqueológicas.

 

            En 1939 don Juan Temboury visita Pileta, recogiendo gran cantidad de cerámica así como diversos objetos entre los que destacaban dos hachas de bronce. Todos los materiales fueron enviados a la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas.[10]

 

            En octubre de 1940 visita la cueva el Director General de Turismo. Como consecuencia dicho organismo concede un crédito de 3.000 pesetas para acondicionamiento turístico de este Monumento Nacional.  Al año siguiente se libran otras 3.000 pesetas para dicho fin. Así mismo, por parte de la  Diputación de Málaga se mejora la carretera de acceso desde la de Ronda-Jerez hasta la Estación de Benaoján y tramita la compra de los primeros 4 kms a la Compañía Sevillana de Electricidad. El Ayuntamiento de Benaoján por su parte concede dos aportaciones por un total de 800 pesetas para construirse un camino desde el valle a la entrada de la cavidad, con escalinatas, descansillos y asientos para hacer la subida fácil y agradable.

 

            Las obras de acondicionamiento por parte de la Dirección General de Turismo, entre las que podemos destacar la instalación de una escalera de hierro y otra de obra en las “Termópilas”, una escalera de hierro de pasamanos y agarraderas pequeñas en diversos lugares en la Galería Lateral así, como dos balcones de hierro en la Gran Sima; son dirigidas por el doctor mangadas, médico de Benaoján, y don Simeón Giménez Reyna.

 

            Todas las medidas adoptadas, entre las que también se encontraban la publicación de diversos trabajos en la prensa local y nacional promovida por la Comisaría de Excavaciones, logran despertar de nuevo el interés por este monumento que llega a recibir en el año 1943 mil visitantes.

 

            En 1942 la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas libró un crédito de 15.000 pesetas para excavaciones en Pileta, trabajos que fueron realizados durante el verano de dicho año bajo la dirección del Comisario Simeón Giménez Reyna y atendidos con singular pericia por los señores Fletcher Valls y Maña Angulo, de la Universidad de Madrid, discípulos del profesor Martínez Santa-Olalla, a cuyos profundos conocimientos y desvelos se ha de agradecer el espléndido fruto obtenido en la excavaciones realizadas. Se llevaron estas a cabo en la Sala de los Murciélagos, junto a la actual entrada, donde se vació la mitad de la cámara en una superficie de unos 30 m2, llegándose a una profundidad de 8 m.

 

            También se excavó en los citados trabajos la primitiva entrada por la llamada Cueva de las Vacas, que aportaron nuevos e interesantes descubrimientos, aunque un tanto desconcertantes, ya que en un conjunto de restos humanos aparecieron fragmentos de cerámica árabe vidriada.[11]

 

            El 27 de marzo de 1943, don Simeón Giménez Reyna daba una conferencia sobre la Cueva de la Pileta en la tribuna de la Sociedad Malagueña  Ciencias.

 

            En 1944 un grupos de montañeros malagueños, dirigidos por el Teniente Blas Castro Sánchez y bajo la supervisión del Comisarios Provincial de Excavaciones, realizan un nuevo descenso a la Gran Sima acompañados por Tomás Bullón. Este nuevo descenso permitió completar el plano topográfico que en su día levantó el coronel Verner.

 

            Continúan los estudios en la cueva por parte de don Simeón Giménez Reyna que se ven culminados con la publicación en 1958 del libro “La Cueva de la Pileta (Monumento Nacional)”, obra financiada por la Caja de Ahorros Provincial de Málaga.

 

            Otros arqueólogos visitan la cueva, caso de Francisco Jordá o  Antonio Beltrán. Éste último en 1963 con motivo del VIII Congreso Nacional de Arqueología celebrado en Málaga.

 

5. LOS ÚLTIMOS AÑOS

 

            La celebración en 1971 del IV Campamento Nacional de Espeleología en Benaoján despierta nuevamente el interés por la Cueva de la Pileta. Esto atrae a numerosos arqueólogos. Podemos citar entre otros a Francisco José Fortea Pérez[12], Louis-René Nourgier o Lya Dams. Esta arqueóloga, de nacionalidad belga, con la autorización de Pablo Solo de Zaldívar, Delegado de Bellas Artes de Málaga, y de los hermanos Bullón, realiza durante 1977 un estudio del arte rupestre paleolítico de Pileta que daría como fruto en 1978 a la última monografía sobre el arte de esta cavidad hasta la fecha publicada[13], aunque hay que decir que ésta no es de tanta calidad como la del Abate Breuil y consortes. También estudió las pinturas esquemáticas de la Cueva de las Vacas y de las Galería de las Grajas[14].

            En noviembre de 1985, subvencionado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, con la colaboración del Ayuntamiento de Benaoján y con la autorización de los hermanos Bullón, José Luis Sanchidrían Torti lleva a cabo el último estudio que sobre el arte rupestre de la Cueva de la Pileta de ha practicado. Durante los trabajos se inventarian 463 puntos topográficos con arte rupestre y se hace un primer ensayo de clasificación de la secuencia artístico cronológica, desde nuestro punto de vista algo desacertada. Lamentablemente no se publica ninguna monografía y sólo aparecen algunos artículos en la Revista de Arqueología.[15]

 

                        Pasan los años y no es hasta comienzos de 1992 cuando se produce otro hallazgo importante en Benaoján, aunque en este caso más espeleológico que arqueológico. El 15 de febrero de ese año tres miembros del Grupo Espeleológico Rondeño (GEAR) hacen una subida en artificial a la cúpula de la Gran Sima. Un mes más tarde, el 7 de marzo, por indicación de los hermanos  José, José Antonio y Eloy Bullón miembros del citado grupo junto a estos descubren una nueva galería en la Gran Sima; el día 14 terminan su exploración. Así describen los hermanos Bullón el descubrimiento:

 

            “El jueves 12 de marzo de 1992, los hermanos Bullón, nietos del descubridor de la Pileta, hemos realizado una segunda exploración a la galería que parte de la vertical derecha de la Gran Sima; ésta explorada por primera vez el 29 de septiembre de 1935 y 16 de marzo de 1937 2º descenso a dicha sima por Tomás Bulló García. El nos comentó en varias ocasiones que, por este lugar de la rampa derecha, seguía algo más, y que por lo peligroso y por falta de material adecuado siempre fue dejando. Y que allí, en la pequeña repisa que conduce a este lugar, grabó la fecha de 1944, como se puede ver. Por eso la llamamos “Galería Bullón”.

 

            Esta información se les comentó a los chicos de nuestro grupo G.E.A.R. de Ronda. Con fecha de 7-3-92, decidieron bajar a este lugar que les indicamos.

 

            En nuestra exploración del 12 de marzo, hemos sacado fotos de sus formaciones espeleológicas y geológicas de todo el recorrido; como 100 m sus formaciones son de un estilo a la 2ª parte de la cueva. Pocos “gours” sin agua o con poca; bastante seca. No hay oxígeno como arriba, y se nota calor, ya que no se remueve el aire. En algunas partes del techo, existen cúpulas, como en la Sala del Pez, en Galerías Nuevas, etc. No existen restos o vestigios prehistóricos de ningún tipo. Allí es imposible su acceso”.

 

            Al año siguiente se hace su topografía concluyéndose de este modo la topografía de la Cueva de la Pileta.


 


[1] Bullón Jiménez, J.A. La Cueva de la Pileta, págs. 1-2.

[2] Ibídem, pág. 2.

[3] Ojeda Villarejo, F. “La Cueva de la Pileta”, Revista Jábega, pág. x.

[4] Ibídem, pág. x.

[5] Henry Breuil era un religioso.

[6] Breuil, H.; Obermaier, H.; Alcalde del Río, H. La pasiega à Puente Viesgo, Santander (Espagne). Imprim. Vve. A. Chêne. Mónaco, 1913.

[7] Bullón Jiménez, J.A. Op. cit., pág. 3.

[8] Pérez Barradas, J.; Maura y Salas, M. Nuevos descubrimientos en la Cueva de la Pileta (Benaoján, Málaga).

[9] Diario “El Popular”, 03/10/1935. La información fue facilitada por el corresponsal de dicho periódico en Benaoján, Jacinto Núñez Sánchez.

[10] Diario “La Vanguardia Española”, edición del 20/08/1939.

[11] Giménez Reyna, S. Memoria Arqueológica de la Provincia de Málaga hasta 1946. págs. 11-16.

[12] Fortea Pérez, F.J. “Arte Paleolítico del Mediterráneo Español”. Trabajos de Prehistoria, vol. 35, págs. 121-130. Madrid.

[13] Dams, L. y M. L´art paleolithique de la Caverne de la Pileta. Ed. Akademische Druck. Graz.

[14] Dams, L. y M. “Iconographie complémentaire de la Caverne de la Pileta et considérations sur la Cueva de las Vacas et le réseau de las Grajas (Málaga)”. Bulletin de la Société Préhistorique de lÁriége, tome XXXII, págs. 76-83. Dams, L. y M. “Figures inedites du réseau de las Grajas, Caverne de la Pileta (à Benaoján, pro. Málaga). Centenaire de lénseignement de la Préhistoire à Toulouse, Hommage au professeur L. R. Nourgier, págs. 189-200. Université de Toulouse le Mirail. Toulouse.

[15] Sanchidrian Torti, J. L. “La Cueva de la Pileta, hoy”. Revista de Arqueología nº 66, págs. 36-44. Madrid, 1986. Sanchidrian Torti, J-L.; M. Vivas, Mª E. “Arte rupestre post-paleolítico. Cueva de la Pileta”. Revista de Arqueología nº 117, págs. 10-18. Madrid, 1991.

 


Cueva de La Pileta

Recopilado por Manuel Aguilera www.cuevadelapileta.org
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1905. José Bullón Lobato descubre la cueva de La Pileta

José era un colono que cultivaba las tierras de un rondeño llamado Juan Ortega, un polje amesetado situado en el término de Benaoján conocido como el Hoyo de Harillo foto.

«...Y para abonar las tierras un día decidió buscar murcielaguinaGlosario: Murcielaguina: guano de murciélagos. foto en una sima próxima llamada la sima de Los Murciélagos foto (hoy «de Las Grajas»). Ató una cuerda en la entrada y descendió treinta metros hasta llegar al suelo de una galería en la que encontró vasijas de cerámica, restos humanos, extraños signos en las paredes y señales evidentes de fuego.

Al llegar al final volvió sobre sus pasos y exploró entonces un orificio en una zona alta que le condujo a la galería principal de la Cueva, impresionándose con su inmensidad. A la luz de la lámpara de acetileno, la Cueva le parecía interminable y su sorpresa iba en aumento a medida que se adentraba, pues aparecían animales pintados en las paredes y signos que le parecían letras. Vadeó sin dificultad una sala cubierta de agua en la que había muchos restos de cerámica y continuó explorando por una galería muy estrecha que le llevó hasta la sala terminal, donde finalizó su exploración sobrecogido por el abismo que allí se abre....» (Bullón, 1977).

La sima de Los Murciélagos era conocida por los lugareños, pero no había constancia de que se conociera su interior, no mencionándose su existencia en dos obras fundamentales para el conocimiento de las cuevas y simas de la provincia publicadas con anterioridad 1.

Tras su descubrimiento, José comenzó a llamar a la sima «cueva de Los Letreros». Él nunca había oido hablar de culturas prehistóricas y no sería hasta conocer años después a los investigadores que fueron a estudiar las pinturas, que supo de la importancia que tenía su hallazgo.

1909-10. W. Verner foto explora la Cueva

Retirado del servicio activo a causa de una herida en la Guerra de los Boers, que le obligaba a usar bastón, el coronel William Willoughby Cole Verner (Ulster, 1852 - Algeciras, 1922) actuó como muchos compañeros coloniales, es decir, abandonó Inglaterra para establecerse en un lugar de los que había conocido al servicio de la reina, Gibraltar. La Roca era el lugar adecuado para su máximo hobby, la ornitología, aunque meses después dejaba la colonia por motivos económicos para establecerse con su familia en una finca de Algeciras, el Águila.

Fue un día del mes de enero de 1907 mientras regresaba de una de sus expediciones ornitológicas, cuando oyó hablar a sus acemileros de «una cueva con escritos en las paredes»; aquello le interesaba y decidió visitarla en su próxima expedición. Diversas circunstancias le impidieron hacerlo hasta más de dos años después, impasse que aprovechó para ir recogiendo información de la Cueva. Sabía por ejemplo que el autor del descubrimiento había sido un labrador que buscaba guano de murciélago para abonar sus tierras. También sabía que en su interior había un abismo insalvable. En el capítulo de la información apócrifa situó Verner ciertos rumores relativos al descubrimiento de tesoros fabulosos en la Caverna.

Estas noticias circulaban por la comarca configurando la leyenda de la «cueva de La Reina Mora», «cueva de Los Murciélagos» o «cueva de los Letreros», nombres todos ellos con que se la conocía popularmente.

Durante la primavera de 1909 pudo ponerse, por fin, en camino. Le acompañaban sus fieles acemileros y varios miembros de la tripulación de un navío británico anclado en Gibraltar, «buenos montañeros dispuestos a cualquier aventura». El grupo emprendió la marcha en la estación que tiene el ferrocarril a su paso por Jimera de Líbar foto, adentrándose por la garganta del Guadiaro hasta que tuvieron que dejar los mulos en lo hondo y comenzar una ascensión que coronó en el Hoyo de Harillo, donde conoció a José 2.

José les mostró un orificio que «parecía una ventana en el flanco del peñascal, de unos ocho pies de alto por cinco de ancho» y acompañó a Verner y a sus hombres hasta la entrada de la Cueva, «que no es una verdadera entrada, sino más bien un orificio al borde del cual se apercibe una gran cavidad de profundidad desconocida».

Guiados por José y sirviéndose de una soga de cien pies fueron descendiendo uno a uno hasta que, una vez reunido el grupo, Verner emprendió el reconocimiento de aquel sector de la Caverna. Al frente se hallaba cerrado por un escarpe vertical que José aseguró podía escalar en las épocas en que la Cueva tenía menos humedad, pero estaban en primavera y era quimérico intentarlo. Ante ello, Verner tuvo que posponer su deseo de seguir adelante y dedicarse exclusivamente a explorar el fondo de la gran sala.

«Por fin tuvimos suerte con la misteriosa cueva, escribió el coronel, y fueron recompensados nuestros largos esfuerzos, tantas veces aplazados. A la luz de una pequeña linterna vimos en las paredes lisas series de signos o caracteres de curiosa forma; los unos, grabados con un instrumento cortante; los otros, dibujados con pigmentos negros. Tras años de fallidos intentos, estábamos en presencia de una mística escritura que ningún hombre ha podido leer».

Meses después, en otoño, Verner volvió a la Cueva pero no pudo penetrar más lejos que la primera vez, pues la halló intransitable por las lluvias caídas en la región durante aquella época. La suerte iba a ser más propicia la siguiente ocasión: otoño de 1910. Le acompañaban cuatro amigos británicos y contaba con un buen equipo de escalada, cuerdas, piolets, etcétera, con lámparas y luces de magnesio, amén de provisiones para varios días.

La exploración fue fructífera. Permitió que Verner cobrara noción de las dimensiones gigantescas de la Cueva y, como experto topógrafo que era, pudo en aquella ocasión levantar un plano preliminar de la misma. Pero lo más importante de todo fue que el coronel vio gran cantidad de nuevos dibujos trazados en las paredes, y éstos ya no eran extraños símbolos, sino magníficas representaciones de animales pintados en diferentes colores.

Septiembre y octubre de 1911. El Saturday Review publica «Cartas desde la más agreste España. Una cueva misteriosa», de W. Verner

El semanario londinense publicó en seis entregas un relato de W. Verner, acerca de sus aventuras en una caverna de la Andalucía meridional. El título de los artículos, Letters from Wilder Spain. A mysterious Cave, bastó para captar considerable número de lectores. Así la prosa del soldado colonial fue deshojada con fruición entre «porridges», huevos cocidos y aroma de té, en sucesivas mañanas dominicales. Las noticias que el Illustrated London News y otras publicaciones británicas suministraban acerca del descubrimiento de cuevas prehistóricas en el sur de Francia y en el norte de España quedaron eclipsadas por el relato ameno y desenfadado del coronel.

20-03 al 15-04 de 1912. El investigador Henri Breuil organiza una expedición a la Cueva

Los artículos de Verner los había leído por azar Henri Breuil, un jesuita francés que a sus treinta y cinco años se había convertido en una eminente autoridad de la cultura del Hombre de Cromañón. Extraordinariamente interesado, «... A pesar de que la localidad no se indicaba, la precisión de las observaciones y el nombre del autor, bien conocido por sus bellas búsquedas ornitológicas, no dejaban ninguna duda sobre el carácter real y la importancia excepcional del descubrimiento» 3 (Breuil et al, 1915), envió una carta (la dirección se la proporcionó el redactor del semanario) al «inventor de la cueva misteriosa» el 17 de noviembre, preguntándole si tenía algún inconveniente en guiarlo a la Cueva. Verner no deseaba otra cosa y a vuelta de correo comunicó a Breuil que estaba a su entera disposición: «...si hay algo más que en particular quiera buscar usted en las cuevas, hágamelo saber y yo haré lo mejor que sepa para cumplir sus instrucciones. Sinceramente suyo, W. V.».

La expedición la patrocinó el Instituto de Paleontología Humana de París, fundación auspiciada por el príncipe Alberto I de Mónaco foto. Participaron en la misma Henri Breuil foto, el también jesuita y prehistoriador Hugo Obermaier, Paul Wernet foto, discípulo de Obermaier, y Juan Cabré Aguiló foto; a cargo de la intendencia estuvo W. Verner, autor de la primera topografía (Ver Plano 1 Saber más.) de la Cueva.

Por aquellas fechas José Bullón había explorado casi toda la Cueva, incluso había labrado toscos escalones en las rampas más difíciles. Aun así a los investigadores les llevó cuarenta y un días autentificar y catalogar las representaciones rupestres de la Cavidad.

1915. El Instituto de Paleontología Humana de París publica una monografía titulada La Pileta á Benaojan Portada

La obra, agotada hace años, es un clásico de las investigaciones prehistóricas. En ella, se plasma el resultado de los estudios realizados por H. Breuil y H. Obermaier en La Pileta, centrados éstos principalmente en el arte parietal: se describen 59 puntos topográficos en los que aparece al menos un motivo gráfico, ayudándose para ello de los dibujos a mano alzada de Breuil, las fotografías de Obermaier y la topografía de Verner.

El hallazgo de peces pintados fue una de las novedades más relevantes del arte parietal de La Pileta, sin olvidar que su situación en el extremo sur de la Península amplió las fronteras del denominado Arte Franco-Cantábrico.

El título de la monografía recoge por primera vez el nombre con el que es conocida la Cueva, «de La Pileta» 4, nombre que eligió José Bullón cuando Obermaier le refirió que ya había en Andalucía una cueva llamada «cueva de los Letreros». José escogió el nombre para recordar una pequeña pileta de factura romana, ya desaparecida foto, en la que él y los investigadores solían detenerse a beber. Labrada en la roca, la pileta recogía las únicas gotas de agua que brotaban en los alrededores de la Cueva (Bullón, 1977).

29-09-35. Tomás desciende la Gran Sima

Tomás Bullón descendió en solitario al impresionante abismo foto, de unos 20 metros de diámetro, con una cuerda foto de cien metros que le proporcionó su amigo e ilustre malagueño Juan Temboury, alcanzando el fondo a la profundidad de - 72 de metros. El fondo es una gran sala con bellas y níveas concreciones, en la que destaca una mole estalagmítica de 10 metros de altura y 3 de diámetro, el «Arbol de Navidad». Tomás encontró un esqueleto humano fosilizado y petrificado al suelo, del que se recogieron fragmentos para su estudio en una segunda exploración (1944), realizada por un grupo de montañeros malagueños que dirigía el teniente Blas Castro Sánchez.

14-03-92. Descubrimiento de una galería virgen en la Gran Sima

Muchos años antes, Tomás Bullón ya había tenido la sospecha, al observar a los murciélagos entrar a gran velocidad por una grieta próxima al borde del abismo, de que la Gran Sima ocultaba una galería de dimensiones desconocidas. Intentó explorarla en 1944 sin conseguirlo, quedando el lugar en el olvido hasta que sus hijos, con la ayuda del grupo espeleológico G.E.A.R. de Ronda, volvieron a intentarlo en 1992 y confirmaron la existencia de una galería virgen muy estrecha de ± 250 m de longitud.

Notas: 1.- A principios del siglo XX se contaba ya con dos obras fundamentales para el conocimiento de las cavidades malagueñas: El Diccionario Geográfico (1845) de Pascual Madoz y Cavernas y Simas de España (1896), de Gabriel Puig y Larraz. 2.- En las cartas que luego escribiría W. Verner para el Saturday Review, no cita el nombre de José Bullón. 3.- Texto original: "...Bien que la localité nén fút pas indiquée, la précision des observations et le nom de l'auteur, bien conno déja par de belles recherches ornithologiques, ne laissaient aucun doute sur le caractere féel et l'importance exceptionnelle de la decouverte". 4.- En La Pileta á Benaojan, Breuil escribe que se decidió llamarla «de La Pileta» por ser el nombre del cerro en el que está la entrada de la Cueva.

Fuentes: Bullón Giménez, J. A., La Cueva de la Pileta, Rev. Ipek, 1977. Breuil, H., Obermaier, H. y Verner, W., La Pileta á Benaojan (Malaga, Espagne), 1915. Matoso, A., La Cueva de la Pileta. Descubrimiento y primeras investigaciones, 2000. Monreal Agustí, L., El coronel W. Verner: un pionero de la investigación prehistórica en España, Rev. Historia y Vida.

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