Asociación de Moros y
Cristianos de Benalauría
Fotografías de Eugenio Márquez
Publicado en el número 4 de la revista El Genal en agosto de
2000
El pueblo de Benalauría,
en pleno Valle del Genal, se dispone como cada año a celebrar su
fiesta mayor, con la representación de «Los Moros y Cristianos».
Estamos literalmente, en los comienzos
del siglo XVI. Los mudéjares (moros que se quedan bajo capitulación
tras la conquista del Reino de Granada) se alzan en armas contra los abusos,
usurpaciones de tierras y conversiones forzosas. En la Serranía
de Ronda uno de los focos más virulentos se sitúa en Sierra
Bermeja, donde el Fehri de Benestépar consigue sorprender y exterminar
a un contingente de milicias cristianas al mando de Don Alonso de Aguilar.
Son las doce de la mañana.
En Benalauría, y esto ya es parte de la ficción, el pueblo
se apresta a defenderse al mando de su alcalde y su milicia. No obstante,
un contingente de moros sublevados consigue tomar parte de las defensas
de la villa, la iglesia y, finalmente, la imagen de Santo Domingo de Guzmán,
el Santo Patrón, por el que pedirán un fuerte rescate. Este
acto constituye el primer acto de este teatro callejero, originalísima
algarada en la que participa casi toda la población: los moros llevarán
en sus caballerías a propios y extraños a depositar su óbolo
ante la imagen cautiva del Santo.
A las ocho de la tarde continúa
la representación. Los cristianos consiguen apresar a los dos hijos
del caid moro y ofrecen el canje de ambos por la imagen y el templo.
Aceptada esta condición,
el moro se ve obligado, ante la inminente llegada de refuerzos cristianos,
a romper su palabra. Es la hora de la lucha sin cuartel que acaba con una
total victoria del alcalde cristiano. Entonces llega un oidor de la Real
Chancillería que, en nombre de los Reyes Católicos, ofrece
el perdón a los sublevados, pero les obliga a optar entre el exilio
y pérdida de los bienes raíces o la conversión. El
caudillo moro deja en libertad a su gente para que decida lo que más
convenga a cada cual, pero él mismo, antes de abandonar su tierra,
realiza un hermoso canto al valle en el que vivieron sus mayores. Con esta
especie de alegía termina la fiesta.
Para los amantes de lo popular,
de la autenticidad de las fiestas arraigadas en lo más hondo de
los pueblos, es esta una ocasión pintiparada para conocer una original
forma de recordar y reconstruir la propia historia. Pero que nadie busque
aquí un festejo de moros al uso y del lujo levantino; antes bien,
es este un teatro al aire libre, con parlamentos y acción que transcurre
en las calles y plazas del pueblo, con la gente ataviada con suma sencillez
y sobriedad: como debió ocurrir realmente en aquellas fechas.