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Al pueblo de Benalauría,
laborioso en la
tierra e imaginativo en la industria.
Guardián del paisaje
y su pasado y abierto al devenir.
Alegre, bullanguero
y participativo cuando se le requiere.
Sobrio, estoico y callado cuando se le pide.
INTRODUCCIÓN
Cuando
decidimos, allá en los comienzos de la década de los 90 del
pasado siglo, que nuestro pueblo debía celebrar esta fiesta bajo
las directrices y el texto de un libreto propio, nuestra primera
preocupación fue rastrear en la historia de estas serranías un
hecho que tuviera relación con las tormentosas relaciones entre
los musulmanes y cristianos, que, desde 1492, habían ocupado el
último reino musulmán de la península.
En este contexto, muy pronto pudimos comprobar como abundaban
los desencuentros ya desde los primeros tiempos de las
capitulaciones, hasta llegar al enfrentamiento abierto y la
guerra sin cuartel en la revuelta de 1501, en Sierra Bermeja, y
más tarde, durante la rebelión de los moriscos de 1569.
En
ambos dramas nuestra tierra se vio afectada, aunque en mucha
mayor medida en el segundo, cuando la gravedad de los hechos y
la posterior represión dejaron prácticamente despoblado gran
parte de este valle y del sur de la Serranía. Pero la ferocidad
de aquella guerra sin cuartel, con sus secuelas de asesinatos y
crueldades, y la terrible respuesta del poder constituido, no
estaban demasiado acordes con un propósito festivo: ¿cómo montar
un festejo partiendo de hechos tan dramáticos? Buscábamos algo
menos trágico, algún acontecimiento que no revistiera tal
cohorte de maldades como las que se desarrollaron en la guerra
morisca.
Desde el principio, nos pareció que, si bien no tan
plausiblemente cercana a este pueblo, la gran revuelta de los
mudéjares en Sierra Bermeja servía mucho mejor a nuestros
propósitos: queríamos recrear un hecho histórico que sirviera de
pretexto a nuestra fiesta, sí, pero con un final no tan infeliz
como el de 1570.
¿Por qué esta idea de recrear lo puramente histórico sin acudir
a la necesaria tragedia?, ¿por qué este afán de mirar hacia otro
lado cuando los hechos fueron los que fueron, sin que podamos
hoy cambiar, ni siquiera entender del todo, el curso de los
acontecimientos?. Pensábamos que nuestra fiesta no debía hurgar
en pasados rencores, y pues íbamos a rememorar nuestra historia,
mejor convenía hacerlo buscando la cercanía a los hechos, con el
mayor rigor posible, pero intentando, sin pretender juzgar
situaciones que no podemos entender bajo nuestra actual óptica,
dejar en el aire un mensaje de piedad hacia el vencido, no de
represión desmedida, de respeto por su cultura, no de burla, de
comprensión hacia unos lugareños ajenos a todas luces a un
destino que no habían buscado, un destino que los encadenaba a
pertenecer a un rincón de un estado, ahora cristiano-occidental,
por el azar de la geopolítica y del implacable devenir de los
tiempos históricos (devenir que, por otra parte, tuvo un signo
contrario ocho siglos antes).
Nada mejor, pues, que esta revuelta de Sierra Bermeja donde, sin
lugar a dudas, esta parte del Valle del Genal se vio envuelta,
como el resto de las qurà de la Sierra. De los incidentes
previos las fuentes hablan continuamente de este valle (véanse
en el capítulo primero de este libro): agravios y despojos en
1495 en Gaucín, Algatocín, Benamaya, Benarrabá, impuestos
extemporáneos que provocaron incluso la muerte del recaudador
López de Haro en Benadalid, en 1487, conversiones de helches y
musulmanes en 1500, con la transformación de mezquitas en
iglesias en Igualeja, Parauta, Balastar, Póspitra, Pujerra,
Atajate y Júzcar, nuevos impuestos en 1501 y revueltas en
Benalauría y Benadalid, etc...
Tampoco fueron escasos las agresiones de los moros a pueblos y
propiedades cristianas, o recién conversos, como los ataques al
señorío de Feria (Benadalid-Benalauría) por parte de los moros
de Villaluenga, según hace constar el secretario real don
Francisco de Madrid. O ese espíritu de Yihad del que nos
hablaba el Profesor López de Coca, cuando cita las venganzas
contra los bautizados de Atajate o Igualeja, el asesinato de un
moro de Setenil por parte de los de Cartajima, y los expolios en
las propiedades y ganados tomados como botín de guerra. Así
mismo, no era infrecuente el secuestro de personas, como
denuncia el vecino de Faraján Hamete Abencaçin, de bautizado
Juan Tello, que no puede impedir que su hija Isabel sea llevada
por la fuerza al Daidín (LÓPEZ DE COCA, 1994).
Ahora bien; no podemos pensar que, como se sugiere en el texto
que va a continuación, Benalauría estuviese poblada por
cristianos, pues sabemos que constituía, junto con Benadalid,
Benamauya y Benahamuz, una alcaria del señorío de Feria, es
decir una aldea poblada por moros, digamos mejor mudéjares,
sujetos a capitulación, y bajo la jurisdicción de su señor.
Pocos pobladores castellanos vivirían entonces en estos pueblos
a no ser el alcaide de la fortaleza de Benadalid, y algún que
otro encargado o funcionario del conde, algún misionero,
escribano o posadero (SIERRA DE CÓZAR, 1987).
Pero es indudable que estas aldeas fueron afectadas en gran
medida por la revuelta. El dato más fehaciente nos lo
proporciona el registro de población, pues sabemos que
Benalauría contaba con unos 50 vecinos, 220 habitantes, antes de
la guerra (ACIÉN ALMANSA, 1979), y en 1501, sólo se contabilizan
28 vecinos, es decir, el pueblo pierde casi la mitad de su
población. El Valle del Genal por su parte, excluido en Señorío
de Casares, disminuye igualmente en más de 1/5 de sus
habitantes. (LADERO QUESADA, 1993)
Por tanto, la base histórica, la justificación del argumento y
de la acción quedan perfectamente delimitados, aunque tengamos
que incluir al elemento cristiano en el pueblo para poder armar
dicho argumento. En realidad, y queremos insistir en ello,
nuestra obrita no es más que una recreación sobre una realidad
fehacientemente histórica, una especie de símil, de resumen si
se quiere, de aquellos enfrentamientos que ensangrentaron al
Reino de Granada varias veces durante aquel siglo. Nada, pues,
mejor a nuestros propósitos que la revuelta de Sierra Bermeja
donde, como hemos visto en los capítulos anteriores, no existió
represión violenta sobre los refugiados del Calaluz, y sí unas
nuevas capitulaciones que impuso el Rey Católico.
Nuestra obra termina, precisamente así, con la requisitoria de
un oidor de la Chancillería de Ciudad Real, enviado regio, y las
palabras del caudillo mudéjar, un campesino que deja, entre
lágrimas, la tierra de los suyos y que da libertad a su gente
para que, o bien se acojan a los nuevos tratados si se
convierten, conservando sus propiedades, o bien marchen, siendo
musulmanes, allende.
SOBRE LA VESTIMENTA Y EL APARATO ESCÉNICO
Este es, sin duda,
un festejo callejero donde todos pueden participar, sean o no
naturales de esta población. No obstante, aconsejamos
encarecidamente huir de vestimentas en exceso retóricas, o
exóticas, que no son precisamente las que aquí necesitamos.
Antes bien, preferimos la sencillez en los vestidos y tocados,
sin lujos ni adornos excesivos, ni elementos anacrónicos.
Piénsese en que estas serranías no daban para mucho, así que sus
hijos no eran precisamente potentados, sino sencillos labriegos
y pastores.
Si embargo, esta sobriedad no ha de estar reñida con el
colorido, sobre todo en los trajes de las mujeres, siempre más
atractivos y hermosos, y cuyo concurso en esta fiesta resulta
del todo imprescindible. Nosotros recomendamos adquirir la
típica vestimenta popular del vecino Marruecos, tan fácil de
encontrar o imitar, o también disfraces propios, hechos por un
sastre, cuyos diseños estamos dispuestos a mostrar gustosamente,
y que imiten, más o menos, los que proponemos desde la
organización para los moros que tienen los papeles más
importantes, y que se basan en los que debieron llevar algunos
notables nazaríes: calzones anchos, como los zaragüeyes, camisa
también ancha y larga, ceñida a la cintura, capa o jaique
blanco, abierto, con capucha y borla. El tocado, con turbante
blanco, o mejor, con un casco rodeado por éste. Pueden llevar
una espada tipo nazarí, sin afilar y despuntada, aunque sin
lujos.
Los cristianos han de ser, igualmente, campesinos, con calzones
hasta el tobillo, algo ajustados, alpargatas de esparto, camisa
blanca de algodón, ancha y con cuello de tirilla o abierto y con
cordones también blancos, y un chaleco largo, sin mangas ni
solapas ni botones, sino con ojales y cordón, ajustado a la
cintura. Los colores han de ser pastel, con tendencia a los
tonos ocres, terrosos, oliváceos, tostados. Llevarán como armas,
espadas, horcas, bielgos, rastrillas, de madera y con las puntas
romas, para evitar accidentes. Las mujeres cristianas deben
vestir con vestidos largos, talle ajustado y faldas con ciertos
vuelos, con la manga ancha y sin excesivo escote. Llevarán un
tocado de la época. Los colores, pastel, muy planos, y no deben
portar collares o joyas, pues son, igualmente, campesinas.
El alcalde puede ir de negro, aunque con camisa blanca, similar
a la descrita antes. Debe llevar un gorro tipo renacimiento, que
se puede diseñar fácilmente a partir de los cuadros de época. El
capitán de la milicia, como un campesino más, aunque con espada
y botas, que serán también atributos del alcalde.
El oidor llevará calzón ajustado, camisola blanca, chaleco rojo
y capa corta negra. Su tocado es un típico rulo renacentista,
con caída y vuelta. Llevará botas altas y espada.
El paje del oidor irá vestido como los maceros de los Reyes
Católicos, cuya vestimenta persiste en las ceremonias solemnes
de algunas corporaciones, y en las Cortes del Reino de España.
Otros elementos son el pendón del pueblo, que no es sino una
adaptación del escudo de los Reyes Católicos, los gallardetes y
banderolas que se colocan en balcones y calles, y la enseña
mora, verde y con elementos negros. No es aconsejable utilizar
otros decorados que, dada la escasez de medios, no serían más
que añadidos de mal gusto a un entorno urbano muy hermoso, que
se basta por sí mismo para envolver adecuadamente la acción.
Las luchas se acompañarán de traca, colocada y prendida por los
artificieros que el Ayuntamiento y la Asociación de Moros y
Cristianos determinen, estando prohibido expresamente cualquier
otro tipo de manipulación no autorizada, y el uso de cohetería.
DRAMATIS
PERSONAE:
Alcalde,
don Francisco de Antequera.
Capitán,
don Pedro de Ayala.
Q’aid mudéjar,
Ahmad Ibn Muhammad al-Xamais.
Embajador mudéjar,
Abd-Allah Ibn Quzmán al-Wazir.
Oidor de la Real
Chancillería de Ciudad Real,
don José de Toledo.
Esposa del Q’aid,
Aixa bint Yussuf al Xanarí.
Niños mudéjares,
Yussuf y Umar Ibn Ahmad
Mujer I,
Dª Catalina de la Fresneda.
Mujer II,
Dª Ana García.
Mu’ecín,
Abú Yaqub al Kurtixí.
Cabrero,
Antonio el de la Cancha.
Cronista,
Dª Rosario de la Loma.
Soldado de la
milicia ciudadana,
don Diego Martín.
Soldados,
mudéjares, caballeros, pueblo de Benalauría.
ACTO I
EL
CAUTIVERIO
"Cabalgan en
corceles como raudales de un torrente,
y los pendones de sus pardas lanzas semejan el claro azul de las
aguas".
Ibn Jafaya
(El alcalde, unos soldados de la
milicia y los vecinos en la plaza)
CRONISTA:
Gentes de Benalauría,
prestadme buena atención,
os contaré una noticia,
no hace mucho que ocurrió,
cuando cristianos llegaron
de donde se pone el sol
a conquistar estas sierras
desde Ronda hasta el Peñón,
porque antes fueron suyas
hasta que un rey las perdió
a manos del moro Muza
que de África llegó
con muchos hombres bravíos
de los árabes la flor,
ocupando toda España
desde Tarifa a León.
Entonces, muchos cristianos
ofrecieron rendición.
Pero algunos resistieron
con denodado valor
en las montañas de Asturias,
de Navarra
y Aragón.
Ocho siglos contemplaron
una contienda feroz
que reconquistó las tierras
que antes España perdió
y que acaba con la guerra
de Granada. Rendición
obtiene Isabel la Grande
de Boaddil. El alfoz
de Granada y de Almería
a nuevas manos pasó,
la Alpujarra, la Axarquía,
Málaga y su alrededor,
y las montañas de Ronda
desde Jimena a Morón.
Mucha muerte y mucha lágrima
y una gran desolación
costó esta última etapa.
Pero a capitulación
se someten muchos moros
con pactada protección.
Los reyes les concedieron
seguir con la religión
que les legaron sus padres.
Cultivan sus campos. Son
súbditos de la Corona,
bajo la jurisdicción
de escribanos licenciados
que cobran recaudación,
pues son moros de realengo,
o dependen de un Señor
como ocurre en Villaluenga,
en Gaucín y alrededor,
Benadalid, Benamaya,
Jemáez y Benajamón,
sin faltar Benalauría
y sus tierras de labor.
Cuando esta tierra era un bosque
desnudo de población,
estos moros repoblaron
y labraron con tesón
estos campos tan difíciles
luchando de sol a sol,
allanando los bancales
regados con el sudor
de sus abuelos y padres.
Las arboledas en flor
y los huertos primorosos
escuchaban el rumor
del agua de las acequias,
los golpes del azadón,
las muelas de los molinos
y el arado labrador.
Pero, perdida la guerra,
pierden también la razón,
pues los nuevos pobladores
ignoran la solución
que habían impuesto los reyes.
Y así, tierras de labor,
muchas huertas, los castaños,
y molinos de tracción
hidráulica se entregaron
cuando la repoblación
a las gentes
castellanas,
que ocupaban la región.
Las desgracias que vinieron
después, no las digo yo.
Poned el oído atento,
escuchad con atención
la historia de vuestro pueblo
que ahora se pone en acción.
ALCALDE:
Vecinos, os he reunido
en esta notable plaza
porque sucesos muy graves
hoy nos cercan y amenazan.
Hemos llegado a esta tierra
desde regiones lejanas
escuchando confiados
de los Reyes la llamada.
Vinimos a repoblar
estas abruptas montañas
de arboledas silenciosas
y muy generosas aguas.
Pero al llegar, nos dijeron
que algunos moros quedaban
bajo capitulación
de la gente castellana;
que las tierras que tuvieren,
aperos, ganado y casas
nadie puede osar quitarles
bajo la triste amenaza
de expulsión y de castigo.
Refugiados en aljamas
se encierran en sus mezquitas
y rezan, como en Arabia,
a su Dios Allah, el Grande,
según noticia pactada
y sellada entre las partes
que les ofrece la gracia
de usar de la religión
y las leyes de su raza.
Llegamos pues a estos montes
con muchísima esperanza
y encontramos que las tierras
mejores están labradas.
Que no quedan manantiales
pues dueños son de sus aguas;
que las huertas y bancales,
los apriscos y las casas
son todas de dueño moro;
que a los cristianos alcanzan
tan sólo las duras piedras
y cumbres de las montañas.
Pero si estamos aquí
y pagamos alcabalas,
si somos cristianos viejos
y en el Reino de Granada
la autoridad de los Reyes
no es mora, sino cristiana,
si nos dieron garantías
de alcanzar en esta plaza
buenas tierras que produzcan
el fruto, el vino y la hogaza
¿Quién podrá quitarnos luego
lo que es nuestro en la demanda?
Por lo tanto hemos cogido
muchísimas aranzadas
de pastos para ganado
y de huertas bien labradas.
No es injusto lo que hacemos,
que es de gentes muy honradas.
Recuperamos lo nuestro,
lo que hace siglos España
perdió en terrible conflicto
con el invasor de Arabia.
Y, ahora, vecinos del pueblo
estad alerta, que es fama
que una partida de moros
muy numerosa prepara
resistencia y dura guerra
por todas estas montañas.
Y están formando partidas
de gente muy bien armada.
Genalguacil y Jubrique
ya saben de sus hazañas
y a Benadalid le queman
no menos de treinta casas,
Alpandeire y Faraján
conocen ya su amenaza
lo mismo que Algatocín,
con sus gentes asustadas
desde que en Sierra Bermeja
fue muerto en una emboscada
Don Alonso de Aguilar
con toda su fiel mesnada.
Pero es mejor que escuchéis
estas noticias tan malas
del jefe de la milicia
que regresa de la guardia.
(Regresan el capitán y el
soldado)
CAPITÁN:
Señor alcalde y Concejo,
vecinos, la guerra santa
han reemprendido los moros
sin detenerse ante nada.
Desde la Sierra Bermeja,
entre Pujerra y Monarda,
avanzan sin resistencia
saqueando cuantas casas,
tierras, bosques o cortijos
se interponen en su marcha.
Ya han cruzado el río Genal
con caballos y con armas,
amenazándonos ya
sus primeras avanzadas.
Y están en el Castañar
desde esta madrugada,
fortificando su campo
para presentar batalla.
Un testimonio directo
nos trae mi fiel ordenanza
que, escondido y silencioso,
los sorprendió cuando hablaban.
SOLDADO:
Cuando el capitán ordena
que se retire la guardia
me dijo que, retrasado,
yo guardara las espaldas.
En esto oí unos rumores
que parecieron palabras
de moros. Quedéme quieto
y escondido entre las ramas
de un castaño muy frondoso
estas voces escuchaba:
Que quieren tomar el pueblo
y acampar en las murallas,
que no quieren la violencia
pero no admiten que nada
se interponga en su camino;
pretenden la entrada franca.
Yo, señor, he comprobado
cuanta gente viene armada,
de infantería y a caballo,
con arcabuces y espadas,
con numerosos pertrechos
y comida almacenada.
Y pude, señor, oír
que enviarán una embajada
para pactar un acuerdo
que les permita la entrada.
Miradlo ya, que se acerca
izando bandera blanca,
con un soberbio caballo
y con espuelas de plata,
espera ya vuestra venia
para decir sus palabras.
ALCALDE:
(Al capitán)
Traedme ese moro ahora.
CAPITÁN:
Así lo haré, si me aguardas.
(Vase con el soldado y traen al
embajador con los ojos vendados)
EMBAJADOR IBN QUZMÁN:
Que el grande Allah, sea contigo.
ALCALDE:
Y nos conceda su gracia.
IBN QUZMÁN:
Señor alcalde y vecinos,
malos tiempos nos aguardan.
Arrojados de estos campos
por la codicia cristiana
que ocupó nuestras haciendas,
estamos en las montañas
formando nutrida tropa
para tomar por las armas
lo que habéis arrebatado
sin respetar nuestra causa.
¿Por qué usurpáis lo que es
nuestro?
¿Por qué nos dejáis sin nada?
Mirad la sierra y los bosques
y la tierra cultivada,
observad las verdes huertas,
los bancales y majadas,
los pueblos y las aldeas
con sus calles y sus plazas
donde las fuentes alegran
las noches y las mañanas.
¿Quién los plantó, quién hizo
un milagro de la nada
cuando por estos parajes
iban lobos en manada
y nadie osaba adentrarse
en esta tierra olvidada?
Contemplad Benadalid
con su castillo de guardia
y su hermoso caserío.
Dominando la hondonada,
Gaucín se aferra a sus tajos,
agreste nido de
águilas.
Buscad en la bella Ronda
las más hermosas mañanas,
con tardes de fuego y plomo
sobre las sierras lejanas.
Asomaos al abismo
que la fuerza de las aguas
y los años horadaron
hasta el fondo de su entraña.
ALCALDE:
Todas esas maravillas
que tú pretendes y narras
fueron creadas por Dios,
y las vio gente cristiana
desde los tiempos de Roma,
antes que los de tu raza.
IBN QUZMÁN:
Sí, pero tanta
belleza
fue muy bien
acrecentada
por nuestra mano y
empeño,
déjame, alcalde,
explicarlas:
(Breve pausa. El alcalde
hace un gesto de asentimiento.)
Sevilla, soñando mares
y músicas delicadas;
sortilegio de palacios
y de torres coronadas
entre el silencio de patios
por donde se aquieta el agua.
Silencio entre las columnas
en noches de luna clara
cuando el aire tibio ofrece
perfiles de luz dorada.
Y en el llano, los vergeles
de Córdoba milenaria,
la ciudad de los amores
de Abd el-Rahman y de Zahra,
de la asombrosa mezquita,
que es una inmensa plegaria
hecha de piedra y de rezos
que en sus paredes se tallan,
y
en el mihrab, donde el oro
y el marfil tienen su casa.
Oíd el rumor de nieve
que está llorando en la Alhambra
y que la luna almacena
en las albercas. No es agua,
lo que brilla en los estanques,
que son de amores las lágrimas,
y son suras y
qasidas,
zéjeles y muwasahas.
Subid al Generalife,
oíd los chorros de plata
mezclados con los colores
y la serena fragancia
de los mirtos y arrayanes,
jazmines y galafrancias;
del aire, que trae un pañuelo
tejido con seda blanca
para enjugar desde el cielo
los suspiros de Granada.
Contemplad las aguas quietas
y la luz azul de Málaga,
hecha de mármol y espuma
que cae como una cascada
desde los verdes pinares
hasta la mar azulada.
Y qué decir de este pueblo
prendido entre las montañas
con ocultas lacerías...
Este desorden de casas
sugiere una arquitectura
caprichosa y derramada
que labra brillos y líneas
sobre las blancas fachadas.
En su bellísimo nombre
impresas van palabras
que le dio su fundador,
cuando en fechas muy lejanas
la llamó Banu-l-Hawria
como solar de su casta.
ALCALDE:
Estas bellas descripciones
nos seducen, nos agradan,
pero ¿qué pretendes, moro?,
habla ya de tus demandas.
IBN QUZMÁN:
Ya las digo, alcalde, a todos
los vecinos de esta plaza,
así que escuchadme ahora:
sin un resquicio, cercada
tenemos a vuestra villa;
nadie puede abandonarla,
ya todos los pasos tienen
la vigilancia montada.
La propuesta que os ofrezco
es de justicia; escuchadla:
Abrid las puertas del pueblo
y entregadnos vuestras armas,
cesad la defensa, pues,
y os prometemos fianza
de respetad vuestras vidas,
vuestros bienes, vuestras casas,
hasta que el Rey nos conceda
justicia a nuestras demandas.
Y aquí permaneceremos
que esta guerra será larga.
Responded de prisa, Alcalde,
responded sin añagazas,
ni trampas. Mi gente espera
vuestra respuesta. Anunciadla.
ALCALDE:
Nunca encontrarías aquí
respuesta más inmediata.
Este pueblo no se rinde
ante tus torpes bravatas.
Dile a tu caudillo, dile
que no cedemos la plaza
ni aunque todos los ejércitos
de los moros nos cercaran.
IBN QUZMÁN:
Ya he oído tu respuesta.
Correrá la sangre. Nada
evitará que mis hombres
os venzan en la batalla.
Que Allah te guarde cristiano.
ALCALDE:
Que Dios reparta su gracia.
(Se marcha el embajador,
vendados los ojos, con el capitán y el soldado)
ALCALDE:
No sé si estaréis conformes
amigos, ya me esperaba
un pacto tan deshonroso.
No cederemos. Me alcanza,
sin embargo, que esta lucha
será muy encarnizada.
CAPITÁN:
Señor alcalde, este pueblo
no se achica con palabras.
Lucharemos hasta el fin
aunque sea casa por casa,
y si nos vencen, serán
muy pocos en esta plaza
los que consigan entrar
sin probar antes mi espada.
ALCALDE:
Bien está lo que decís
pero no sirven palabras.
Hay demasiadas mujeres
y niños. Nos faltan armas.
Nos pueden cercar por hambre
y nos cortarán el agua.
(Llega el soldado, rápido y muy
azorado)
SOLDADO:
Señor alcalde, D. Pedro,
el moro se ha puesto en marcha.
Han ocupado el Fresnillo
y se acercan a las Parras...
ALCALDE:
Prestad el oído, atentos,
soldados tocad alarma.
Defendamos nuestro pueblo,
vecinos, tomad las armas.
(Se lucha en el Llano de la
Fuente. Mientras, cae el castillo. Los cristianos vuelven
abatidos).
ALCALDE:
Decid, capitán, al pueblo
como ha sido esta algarada.
¿Han conseguido los moros
tomar alguna ventaja?.
CAPITÁN:
No son buenas mis noticias,
alcalde, pues la muralla
ya está completa en sus manos.
Dominan las zonas altas
pero la villa resiste
y apenas si tengo bajas.
Ahora, señor, el peligro
se acerca a la Iglesia. Avanzan
hacia aquel lugar los moros
pues saben que si nos falta
nuestro patrono bendito
o aquel suelo se profana
perderemos la partida
sin remedio, ni esperanza.
ALCALDE:
Lo que anuncias, Capitán,
es muy grave. Sin tardanza
hemos de tomar medidas.
(De entre los vecinos)
MUJER I:
Señor alcalde, os suplico
me concedáis la palabra.
ALCALDE:
Mujer, explícate y habla.
MUJER I:
¿Cómo es posible que estemos
hablando sin hacer nada?
El peligro está en la Iglesia,
¡Sto. Domingo nos valga!
Propongo, señor, que ahora,
sin más demoras ni pausas,
nuestros soldados acudan
y que el padre cura vaya
a retirar el Santísimo,
y que la tropa nos traiga
la imagen de nuestro Santo
donde podamos guardarla.
MUJER
II:
Las llamas, señor
alcalde,
ya nos cercan y
amenazan.
Están los moros
quemando
cuanto a sus manos
alcanza,
las defensas,
parapetos,
los muros y
barricadas
de La Ladera y El
Pico,
del Parral y la
Carrasca.
Vociferan y dan
gritos,
maldicen mientras se
afanan
en dominar las
alturas
para controlar La
Plaza.
El peligro nos
acecha
ya desde la
madrugada
sin que nadie los
contenga
ni les cause alguna
baja.
Tendríais que ver
cuanto daño
y la sanguinaria
saña
con que estos
desalmados
destruyen nuestra
morada.
¿Qué haremos si
estos bellacos
nos vencen en la
batalla?
¿Quién llegará a
socorrernos
en estas sierras
lejanas?
El peligro nos
acecha,
la muerte ya nos
alcanza.
Señor Alcalde, la
lucha
es la única
esperanza.
CAPITÁN:
Bien dices mujer, partamos.
No hacen falta más palabras.
(Vanse a la Iglesia. Sto. Domingo,
a hombros de la tropa, y el Santísimo ya resguardado. Los
moros, emboscados justo delante del Llano de la Fuente, son
arengados por un muecín).
ABÚ YAQUB AL KURTIXÍ:
Hijos de Allah que
me oís,
bravos hombres de la
sierra
que lucháis en esta
hora
por vuestra vida y
hacienda.
Hombres recios de
Monarda,
mujeres de
Benestépar,
campesinos
esforzados
de Jubrique y
Benameda,
molineros y
hortelanos
que estáis labrando
las huertas,
pastores de los
rebaños
que pueblan Sierra
Bermeja,
alarifes,
alguaciles,
muecines,
zabacequias,
vestidos con
almalafas,
zaragüelles y
calcetas.
Oidme moros y
ved
que nuestra ocasión
se acerca:
que los cristianos
han ido
a por su Santo a la
iglesia,
y quieren traerlo
ahora
sin más dilación ni
espera.
Hagamos una
emboscada,
sorprendámosles
afuera,
ocultos en esa calle
con las armas bien
dispuestas,
con escudos
repujados,
con espadas y con
flechas,
con los cascos
relucientes,
con aljabas, con
espuelas,
los caballos
arriados
de bordados y de
trenzas,
y jalmas y
cordobanes,
y atambores y
banderas.
¡Tocad sonajas de
azófar,
añafiles y ajabebas,
que suenen las
chirimías
y el rabel y la
vihuela!
¡Adelante
musulmanes,
que el Grande Allah nos proteja!
(Seguidamente, los moros atacan
y raptan el Santo. Los cristianos vuelven abatidos a su base).
ALCALDE:
Recompongamos las fuerzas
cristianos. Que no decaigan
los ánimos en la lucha
por perder una batalla.
SOLDADO:
Señor, otra vez el moro
se acerca. Bandera blanca
de parlamentario trae.
ALCALDE:
Y alguna nueva desgracia.
Dile que pase enseguida.
(Se acerca el moro con el
soldado)
IBN QUZMÁN:
Señor alcalde cristiano;
tu resistencia en las armas
ha fracasado. Ventajas
substanciosas hoy tenemos,
no podrás contrarrestarlas.
Tu imagen en nuestras manos
y tu iglesia saqueada
por nuestras armas están.
Has perdido esta batalla
así que compensación
os pedimos inmediata:
Doscientos treinta ducados
y mil monedas de plata
habréis de pagar ahora
o vuestra imagen sagrada
y vuestra Iglesia serán
pasto del fuego y las llamas.
De plazo tenéis un día,
el plazo expira mañana.
(Vase)
MUJER I:
Es muy cierto lo que dice,
señor, que vi saqueada
la Iglesia que construimos
al repoblar esta plaza.
Ocupan el cementerio
se esconden en la Albarrada
y en lo alto de la torre
tienen su enseña clavada….
Y desde allí nos vigilan
y han dispuesto barricadas
en la Ladera y Fresnillo
cortando la calle Alta.
ALCALDE:
Abandonados estamos
a nuestra suerte. No hay nada
que podamos hacer hoy.
Estamos en desventaja.
Tendremos, pues, que pagar
y ceder a sus demandas.
Iremos ganando tiempo.
Curaremos las amargas
heridas de nuestra gente.
Sto. Domingo nos falta;
pero aún no ha terminado
esta partida. Mañana
será nuestro día. Os juro,
por mi honor y por mi alma,
que la imagen de Domingo
y la iglesia saqueada
volverán a nuestras manos.
Y si no es así que caiga
en esta lucha mi vida
miserable y desgraciada.
FIN DEL PRIMER ACTO
(Los moros llevan a todos los
espectadores a depositar limosna frente al Santo).
ACTO II
EL RESCATE
"Toda cosa, si la pierdes, tiene
su compensación, pero si pierdes a Dios, no hay cosa que lo
compense."
(De los comentarios místicos de
Xarh Ibn Abbad, de Ronda)
(Los moros tienen preso a Sto.
Domingo que, sobre sus andas, está frente al castillo. Los
cristianos, en la plaza, con los niños de Al Xamais y el
pastor).
CRONISTA:
Después de duras contiendas,
de luchas sin tregua, el miedo
se apoderó de las gentes.
Muchas cosas sucedieron
en la bella Serranía
cuando después del suceso
de la terrible matanza
de la Sierra, muchos pueblos
se encerraron tras sus puertas
con sus ganados adentro,
para resistir al moro
mientras llegaban refuerzos.
Y así muchas algaradas
y luchas se mantuvieron,
y murieron muchos hombres
y se hicieron muchos fuegos
y las lacras de la guerra
por todas partes se vieron.
Lo de aquí en Benalauría
puede servirnos de ejemplo,
con un pueblo saqueado,
con un Santo prisionero,
con la iglesia en manos moras
y mucha sangre en el suelo.
Desde que ayer consiguieron
los moros tomar el pueblo,
los cristianos se hacen fuertes
en esta plaza, en el centro,
reorganizando sus fuerzas
y esperando algún suceso.
Por una vez, la fortuna
favoreció sus intentos:
porque tras una batida,
en un callejón desierto,
capturan a dos chiquillos
y a un mendigo casi tuerto.
Los niños resultan ser
los hijos más predilectos
del caudillo de los moros
que tiene por nombre cierto
Ahmed Al
Xamais, valiente
musulmán de tierra adentro
que levantó contra España
a muchos insatisfechos.
Ahora, los cristianos pueden
exigir un documento
que trueque a los dos muchachos
por el Santo prisionero.
Pero mejor que a mí mismo
escuchad el buen proyecto
que el alcalde a los vecinos
propone en este momento.
(Alcalde, capitán, milicia, niños y
pastor)
ALCALDE:
Vecinos los de mi villa
y milicias del Concejo.
Un asunto nuevo viene
a recomponer los hechos.
Pues conocéis que los hijos
del moro son prisioneros
un remedio se me ocurre
eficaz, reconocedlo:
¿Por qué no pactar ahora
para llegar a un acuerdo
con todos esos bellacos
que profanan nuestro suelo?
La imagen que veneramos
está presa sin remedio;
si ofrecemos estos niños
a su padre sin más precio
ni demoras, nuestro Santo
nos devolverán. Espero
que Al Xamais pacte ahora
pues tiene gran desconsuelo
por la ausencia de sus hijos.
Este es mi planteamiento
pero si algunos tuvieren
algo que sea más certero,
sin cortedad ni vergüenza,
decidlo ya, proponedlo.
CAPITÁN:
Señor alcalde, no creo
que nadie rompa el silencio.
Por no derramar más sangre
bien está lo que pactemos,
que cederán los rebeldes
al oír tus argumentos.
Pero antes de partir
a pactar estos acuerdos
me gustaría, señor,
que este hombre tan grosero
sea examinado ahora mismo
pues no me gusta su aspecto.
ALCALDE:
¿De dónde eres, serrano?
ANTONIO:
Señor, de Atajate vengo.
ALCALDE:
¿Eres musulmán acaso?
ANTONIO:
No, señor, que no reniego
de la fe de mis mayores,
que me sé muy bien los rezos
de las misas y sermones.
ALCALDE:
¿Eres casado o soltero?
¿De que familia provienes?
ANTONIO:
Sin compromiso y soltero
estoy. Mis padres murieron
y ahora vivo con mi abuelo,
de los Téllez de Atajate
que de Castilla vinieron.
Estoy con él en la sierra
de pastor y de cabrero,
y allí vivía mi familia
con una burra y un perro
que guarda nuestro ganado
por esos riscos desiertos.
Y los moros los dejaban
habitar allí, no lejos
de Benaoján y Jimera,
pues aunque cristianos viejos
no sabemos de política,
ni al ganado que yo llevo
le importa mucho si el Rey
es cristiano o sarraceno.
Allí ordeñamos las cabras,
allí cuajamos los quesos
y transportamos la leche
y la piel de los borregos
a un converso potentado
de Ronda. Y así mi aspecto,
señor, despierta sospechas
por motivos de mi atuendo.
ALCALDE:
Entonces ¿Por qué con moros
llegaste hasta nuestro pueblo?
ANTONIO:
¡Que Dios los confunda, alcalde!
¡Que Dios los mande al infierno!
Estaba yo en esos montes,
en la majada del cerro,
cuando cayeron encima
como llovidos del cielo
cuarenta o cincuenta hombres
que me tiraron al suelo.
Me dieron de bastonazos,
me lastimaron el cuello;
mire, Vuecencia, este ojo:
morado me lo pusieron.
Se llevaron el ganado,
las provisiones y el perro,
me quitan la borriquilla
y muchísimos aperos
que teníamos en la choza.
Después me dejan en cueros
pues el vientre se me fue
con el sobresalto. Luego
me pusieron estas faldas,
un calzón y este pañuelo
y me dieron este pincho.
Por todos los vericuetos
los tuve yo que guiar
o me cortaban el cuello.
ALCALDE:
Ya que con él os venís,
zagales, ¿es verdad esto?
YUSSUF:
Sí, señor, que yo lo vi.
Todo lo dicho es muy cierto.
Es verdad que nuestra gente
en el monte lo cogieron
pues nos era necesario
para pasar estos puertos.
ALCALDE:
Y tú, muchacho, ¿qué dices?
UMAR:
Perdonadme mi silencio
generoso alcalde. Vivo
tan sólo del fiel recuerdo
de mi familia. Angustiado,
quisiera ver el momento
de regresar con mis padres.
YUSSUF:
Deja, hermano, los lamentos,
que tu linaje no puede
verter lágrimas, ni menos
demostrar tal cobardía.
UMAR:
Hermano, yo sólo pienso
en esta enorme tragedia
que acontece a nuestro pueblo,
sin más espera o salida
que este combate siniestro.
Y sé que nuestra aventura
acabará en un sangriento
desastre. ¡Que Allah nos valga!
YUSSUF:
La muerte yo la prefiero,
hermano, a la esclavitud.
ALCALDE:
Bravas palabras, mozuelo
muy dignas de tu linaje...
pero no dramaticemos.
Capitán, partid ahora,
llegad a su campamento
y decid al cabecilla
esta noticia: devuélvenos
nuestra antiquísima imagen
y a tus hijos te devuelvo.
Y tú, buen hombre, camina,
ve a reunirte con tu abuelo.
Vuelve ya con tus ganados.
ANTONIO:
No, Vuecencia, no me vuelvo,
que tengo cosas pendientes
con esa gente. Primero
recuperaré mi burra,
mis botas y mi sombrero,
las cabras y las ovejas
y encontrarme con mi perro.
Y buscar de entre esos hombres
al que me ha dejado tuerto
para morarle este ojo
y sacudirle en el cuello.
Y, más tarde, señoría
me volveré con mi abuelo
que estará muy intranquilo
sin saber mi paradero.
ALCALDE:
Id ahora, capitán.
CAPITÁN:
Enseguida estoy con ellos.
(Vase el soldado en sentido
contrario, a vigilar los movimientos del enemigo. El capitán al
campo moro con un soldado y bandera blanca. Entrega su espada.
Al ver a Sto. Domingo se dirige hacia él con esta oración:)
Santísimo Padre amado,
luz y antorcha que nos guía,
en esta horrible porfía
extrañas manos te han dado
prisión, cárcel y cuidado.
Huérfanos de tu mirada,
Señor, estamos sin nada
que nos ayude y acoja.
De tu gente la congoja
escucha en esta jornada:
Ya no me quedan palabras
que definan lo que siento
al ver tu imagen bendita
tan lejos de nuestro techo.
Desde el día en que llegamos
a estas sierras, tu consuelo
nunca lo echamos en falta
cultivando el duro suelo
con la sequía del verano,
con los fríos del invierno,
en las dulces primaveras
y en el otoño; certero
fue tu amable patrocinio
y tu santo privilegio.
Mi pueblo, Señor, padece
y se apresta al duro empeño
de defender hasta el límite,
sin importar a qué precio,
la hacienda, el pan y la lumbre,
los campos y los oteros,
ese valle de castaños,
los naranjos de los huertos
y los pardos encinares
que montan guardia en el Puerto.
En esta enorme tragedia
que destruye nuestros pueblos,
víctima eres, Domingo,
y cautivo sin remedio
de esta turba de fanáticos
que te tiene prisionero,
que ha profanado tu efigie,
que ha saqueado tu templo
y que te tiene rehén...
¿Qué sanguinario proyecto
tienen contigo esos moros?
¿Qué nueva treta, qué hechos
nos impondrán mientras buscan
arrebatarnos el pueblo?
¿Por qué Dios nos abandona
en este duro trayecto?
¿Es que acaso nos castiga
por intentar defendernos,
o es que tal vez, agraviados,
se han alzado por derecho
y luchan contra nosotros
por conservar este suelo?
(Breve pausa)
No sé, Señor, graves dudas
me atormentan. Ya no puedo
discernir con qué justicia
solicitamos lo nuestro,
que quizás sería más justo
llegar a un posible acuerdo
que permita a nuestras razas
convivir sin menosprecio.
Pero Tú, Señor Patrono,
permaneces prisionero
y mi gente se debate
entre la huida y el miedo.
Ya no se escucha el consuelo
del sonido de la fuente.
Le falta el agua a mi gente
y se nos pudre en el suelo
la generosa simiente.
Ni el viento sopla en el monte,
ni la lluvia bienhechora
sobre los pinares llora,
ni en el lejano horizonte
se anuncia la blanca aurora.
Ni la leve golondrina
posa en los rojos tejados
en la tarde que declina,
y la luna no ilumina
los valles y los collados.
Nuestra Iglesia saqueada
y tú, Señor, prisionero,
nuestra tropa derrotada
y nuestra villa cercada
por el moro traicionero...
¿He de cruzarme de brazos?
¿Habré de guardar silencio?
¿Tendré que permanecer
ante este desastre quieto?
¿Moriré viendo tu imagen
presa de ese sarraceno,
sujeta a burla y escarnio?
¿Soportar su menosprecio
de nuestras leyes y pactos,
de nuestra fe y nuestro templo
porque se sientan heridos
y demanden un arreglo?
¡No, si ha de ser por la fuerza!
¡Jamás lo permitiremos
mientras conserve mis fuerzas
y no me falte el aliento!
Pues lo que ellos solicitan
es un asunto del reino,
y al hacerlo con violencia
han perdido su derecho.
(Breve pausa)
Hora será, mi Señor,
que apruebes nuestro proyecto;
que ese mudéjar rebelde
pacte y, en nuestro provecho
o en el suyo, nos devuelva
la imagen que pretendemos.
Si no es así, las palabras
dejarán paso a los hechos,
y la batalla será
inevitable. (Breve pausa) Me
acerco,
mi Señor Santo Domingo,
a ese castillo soberbio
con tu bendición y ayuda
y los ánimos dispuestos,
a ver si es posible un pacto
con el q’aid agareno.
(Se acerca al
castillo)
Escuchadme, mahometanos,
los que ocupáis el castillo.
Llamad a vuestro caudillo,
que hablar quieren los cristianos.
IBN QUZMÁN:
(Desde el balcón)
¿Qué tan airado, qué gritas?
¿Qué con voz tan destemplada
ante tu imagen sagrada
nos hablas? ¿Qué solicitas?
¿Traes el rescate pactado?,
¿se ha rendido tu mesnada,
o es que acaso esta embajada
tiene otro significado?
CAPITÁN:
No hay tal rescate, que nuevas
razones y circunstancias
quiero explicar a tu jefe
cuando salga a la muralla.
AL-XAMAIS:
(Desde el balcón)
Delante de ti lo tienes.
Soldado, comienza y habla.
CAPITÁN:
Orgulloso sarraceno
que ocupas nuestra morada,
preso de tu cruel partida
Santo Domingo se halla.
Has ocupado la iglesia,
un rescate nos demandas,
te apoderas del castillo...
Pero echarás muy en falta
a tus dos hijos mayores
que ya no alegran tu casa.
Así que te ofrezco el canje
de nuestra imagen amada
por el menor de tus hijos,
y nuestra iglesia sagrada
por el mayor. De esta forma
pacífica y razonada
en paz quedamos, caudillo,
sin más luchas ni desgracias.
AL-XAMAIS:
Muy certero me has hablado
y con muy cuerdas palabras.
Tráeme a mis hijos ahora
y obtendrás lo que demandas.
Dile, pues, a tu Concejo
que Al Xamais en el alma
siente a sus hijos queridos
y que por ellos ya pacta.
CAPITÁN:
Muy bien, mudéjar, no puedo
escatimarte las gracias,
a pesar de que enemigos
seamos en esta causa.
(Se acerca la
madre de los niños e interpela al capitán)
AIXA AL-XANARÍ:
Señor caballero
ilustre
que llegas a mi
morada
solicitando asamblea
para que callen las
armas.
Decidme si están mis
hijos
protegidos por la
gracia
de vuestro pueblo y
Concejo
y milicia ciudadana.
¿Están tranquilos de
ánimo?.
¿Comen, duermen y
descansan?.
¿Tienen heridas,
suspiran
de temor y de
añoranza?
Contesta, señor, si
puedes
a una mujer
angustiada,
a quien esta innoble
guerra
lo más querido
arrebata.
CAPITÁN:
Señora,
tranquilizaos,
que entre la gente
serrana
respetar a los
cautivos
es una norma
sagrada.
Nada temáis de mi
pueblo,
ni de mi noble
mesnada,
que vuestros hijos a
salvo
quedan en esta
batalla.
Os lo juro por mi
vida,
por mi honor y por
mi alma.
(Tras recuperar su espada, abandona
al moro y se acerca al campo cristiano)
Señor alcalde y Concejo
y vecinos de esta plaza.
Ya ese moro renegado
se pliega, renuncia y pacta
aceptando las propuestas
que aquí mismo se aprobaran.
ALCALDE:
Buena noticia nos traes.
Muchachos, sin mas tardanza
acudid con vuestro padre.
UMAR:
Nunca perdí la esperanza
de un arreglo generoso
que frenara la batalla,
pues la guerra a todos trae
una cruel desesperanza,
muerte, miserias y horribles
consecuencias y desgracias.
YUSSUF:
Señor alcalde, diremos
a nuestra gente que nada
hemos sufrido en prisión;
y os digo que aunque esta causa
ya la tenéis muy perdida
no olvidaré que la vida
con vosotros conservara.
Gracias, señor, por tu trato.
CAPITÁN:
Vamos, muchachos, en marcha.
(Acceden al real moro el capitán
con los niños. El caudillo y su esposa los reciben abajo).
Al Xamais, aquí tus hijos
sanos y salvos te traigo.
(Se acerca de nuevo la madre)
AIXA AL-XANARÍ:
Hijos queridos del
alma,
criaturas de mi
regazo,
sangre y carne de mi
cuerpo
y en esta entraña
engendrados.
Con mis temores de
madre
y el corazón
destrozado
la angustia de
vuestra pérdida
ensombrecía mi
ánimo.
Allah
Misericordioso
-su nombre sea
loado-
me ha concedido la
dádiva
de que estéis entre
mis brazos.
Pues el dolor de una
madre,
con sus hijos
alejados,
con ausencia de sus
risas,
sus palabras y sus
llantos,
es dolor
insoportable
que no puede ser
narrado.
Y ahora, al veros de
nuevo,
al producirse el
milagro
de que volváis con
nosotros
del cautiverio
cristiano,
mis ojos lloran de
gozo
y de mis labios un
canto
se desparrama en el
aire
como los trinos de
un pájaro.
Y a ti, caballero
ilustre,
noble, íntegro y
honrado,
darte quisiera las
gracias
sin merma y sin
menoscabo,
por traer hasta esta
casa
a mis hijos de la
mano.
Gracias, pues, buen
caballero,
ejemplo del buen
soldado.
CAPITÁN:
Cumplido de tus
palabras,
señora, me siento
honrado.
AL-XAMAIS:
Hijos, el miedo me tuvo
destruido y angustiado,
sin saber si estabais vivos,
perdidos o maltratados.
El grande Allah, cuyo nombre
sea por nosotros honrado,
me ha permitido lograr
veros de nuevo en mis brazos.
YUSSUF:
Padre, nunca tuve miedo
estando con los cristianos,
porque su honor y su ley
muy bien nos han cobijado.
UMAR:
Señor, estamos cumplidos
sin heridas y sin daño.
Benalauría y su gente
no nos hicieron agravio
y, como presos, nos dieron
vivienda, comida y trato.
CAPITÁN:
Ya has oído, sarraceno.
Ahora cerremos el pacto.
AL-XAMAIS:
Señor capitán cristiano,
quiero cambiar el acuerdo:
sólo la iglesia te
cedo,
pues tu imagen en
mis manos
ha de quedar sin
remedio.
CAPITÁN:
Pero exigimos el Santo...
AL-XAMAIS:
Es algo que mucho llanto
costó. No puedo ofrecerlo.
CAPITÁN:
Pues ¿qué pretendes de nuevo?
¿qué tramas con este acto?
AL-XAMAIS:
Me traes mis hijos queridos,
yo te devuelvo la casa
de tu Dios. Con esa tasa
debéis daros por cumplidos.
CAPITÁN:
Esto es engaño y traición.
Con tu palabra violada
manchas tu honor y tu espada
y ofendes tu religión.
AL-XAMAIS:
Tu no estás en situación
de exigir, cristiano, nada:
tu villa sigue cercada
sin posible salvación.
CAPITÁN:
Gran tristeza tus palabras
me producen mahometano
y comprendo que la guerra
será el final de tu engaño.
¿Cómo es posible que expongas
a tu pueblo al sanguinario
fin que os aguarda? ¿Dudas
que en un tiempo muy cercano
los ejércitos de España
acudirán con caballos,
con armas de artillería
e infantes bien pertrechados?
(Se dirige a los moros)
¿Qué haréis, entonces, rebeldes?
¿Podréis, tal vez, retiraros?
¿Os salvarán las astucias,
las mentiras y los pactos
de vuestro jefe y caudillo,
cuando lleguen los cristianos?
(De nuevo al mudéjar)
Piensa, moro, lo que aviso.
Reflexiona, ten cuidado,
que mi gente aún resiste
y, después, otros soldados
os vencerán sin remedio
y seréis ajusticiados.
AL-XAMAIS:
Quisiera que comprendieras
mis razones. Muy en vano
me hablas de represalias
y ejércitos sanguinarios
que matarán a mi gente.
¿Crees que nos hemos alzado
sin meditarlo siquiera?
¿Piensas que no he calculado
todas esas consecuencias?
Nosotros, señor, no estamos
en guerra por un
capricho
o
esperando algún milagro
que Allah Misericordioso
nos conceda. No, cristiano.
Pero mil veces la muerte
pedimos y deseamos
antes que ser una raza
o un pueblo de hombres esclavos.
Y si en algo te he mentido
te pido perdón, soldado,
pero debo aprovechar
la mentira y el engaño,
pues mis armas son escasas
y mi tiempo está acabando.
CAPITÁN:
¡Que Dios os proteja, moros,
que no habrá perdón, ni gracia!
AL-XAMAIS:
¡Que Allah nos conceda a todos
consuelo en esta desgracia!
(Vase el capitán en busca de
los suyos).
CAPITÁN:
Gentes de Benalauría.
Vecinos, noble Concejo.
Señor alcalde, los moros
nos han vencido de nuevo.
Mis manos traigo vacías.
Tratado con menosprecio
he sido por el mudéjar
para escarnio de mi pueblo.
Nos han traicionado, sólo
nos devolverán el templo
y se quedan con el Santo
como rehén, prisionero.
ALCALDE:
Roto vienes capitán,
noble y valiente soldado.
CAPITAN:
Alcalde, desecho vengo
y muy triste y derrotado
por no haber sido capaz
de convencer al tirano
sin que se derrame sangre.
Vecinos, he fracasado.
MUJER I:
Señor capitán, el pueblo
ya no tolera más pactos
ni más promesas, ni arreglos,
ni más argucias, ni engaños.
El pueblo lo que desea
es que, con gran arrebato,
nuestros hombres dejen ya
de esconderse en nuestro campo
y ataquen a la morisma
con las armas en la mano.
Y hacerlo ya, sin que tengan
que venir otros cristianos
a levantar el asedio
de estos moros insensatos.
Eso es lo que el pueblo pide,
alcalde; que esos paganos
abandonen nuestras calles,
que devuelvan nuestro Santo
y nuestra iglesia sagrada
con todos los aledaños
que circundan nuestra villa.
Dispuestos, señor, estamos
a pelear hasta el límite.
ALCALDE:
Muy bien, mujer, has hablado
con el sentir de la gente.
Estoy ya tan apurado
que es medida inteligente
desbaratar lo pactado.
No necesito más gestos;
he comprendido en el acto.
Nuestro honor y nuestra hombría
de nuevo han sido burlados
por ese astuto caudillo,
mentiroso, cruel y vano.
Los hechos ya me refieren
lo que yo temía. ¿Acaso
ese bandido tenaz
quiere seguir insultando
nuestro orgullo y nuestro honor
desbaratando los pactos
que él mismo con su palabra
acordara en el pasado?
¿Hasta dónde quiere herir
nuestra paciencia? Ya salgo
de dudas: la guerra cruel
nos pide sin más recato.
Una guerra sin cuartel,
sin más final esperado
que la expulsión de esta gente
o nuestra muerte. Acabado
está ya el tiempo. Palabras
sobran ya. Los mahometanos
tendrán lo que se merecen,
la guerra, la muerte, el llanto,
escogidos por su jefe,
ese ladrón sanguinario.
(Se acerca el soldado. Tras él
aparecen unos caballeros cristianos,
que acompañan al conde de Cifuentes y al Oidor del Rey)
SOLDADO:
Señor alcalde, por fin
llegan con muchos caballos
e
infantes nuestros refuerzos.
El ejército cristiano
ha conquistado los puertos.
Los moros están copados.
ALCALDE:
Pues aquí se han de acabar
nuestras derrotas y agravios.
¡Levantad vuestras miradas!
¡Reconfortad vuestros ánimos!
¡Defended vuestras haciendas!
¡Recuperemos el Santo!
Que el miedo no nos sujete,
que nadie tenga reparos,
que nos jugamos la tierra,
nuestras fincas y ganados,
el agua de nuestras fuentes
y los arroyos cercanos.
Y yo como vuestro Alcalde
iré el primero. ¡Soldados
de la milicia, adelante!
¡Que nadie dé atrás un paso!
Es mejor morir luchando
que vivir acobardados.
¡Adelante la milicia!
¡Adelante ya, Cristianos!
(Se lucha en el castillo. Los
moros ceden la muralla y son derrotados. Llega entonces el Oidor
de la Chancillería de Granada, a caballo, junto con el conde de
Cifuentes y los caballeros de escolta, y acompañado por un paje.
Debe hablar sentado en una
silla o sillón antiguo,
en alto. Todos los extras a un lado; los representantes de ambos
bandos, junto al Oidor).
PAJE:
“Don Fernando et Dª Ysabel, por la graçia
de Dios, Rey et Reyna de Castilla, de Leon, de Aragon, de
Sicilia, de Granada, de Toledo, de Valençia, de Gallizia, de
Mallorcas, de Sevilla, de Granada, de Jahen, de Cerdeña, de
Cordova, de Corcega, de Murçia, de Los Algarbes, de Algesira, de
Gibraltar y de las Yslas de Canaria, Condes de Barcelona, e
Señores de Vizcaya e Molina, Duques de Athenas e de Neopatria,
Condes de Ruissellon e de Cerdania, Marqueses de Orystan e de
Goçiano...”
Y en nuestro nombre y comisión, se
provee a su Excelencia D. José de Toledo, Juez Auditor de la
Real Chancillería de Ciudad Real, regidor primero de la Villa de
Almagro, juez de moros en las causas que nos intervinimos en las
Alpujarras y en la Axarquía, venimos a ordenar y ordenamos:
OIDOR:
Vecinos los que me oís.
Cristianos viejos. Soldados
de la milicia y alcalde.
Moros que os habéis alzado.
Después de tanto conflicto
Isabel y don Fernando
han dispuesto que la paz
ponga fin a tanto daño.
Vencidos, moros, estáis
con gran pérdida y quebranto.
El castigo y la venganza,
la muerte, el exilio, el llanto,
son las torpes consecuencias
de vuestra locura. ¿Acaso
esperabais conseguir
derrotar a los cristianos?
¿Es que todas las demandas
peticiones y contratos,
tributos y libertades
de pronto se os ha negado?
Y en vez de ir a la Reina
por medio del escribano
a remediar vuestras cuitas,
a la sierra muy airados
os vais con muchos bagajes
y con armas pertrechados.
Es, pues, deseo de los Reyes
romper todo lo pactado,
aunque su misericordia
ha decidido que daño
no se cause a vuestras vidas;
quieren evitar un baño
de sangre en este conflicto
y acabar con tanto agravio.
Así que oíd la sentencia:
Todos los moros serranos
tendrán derecho a sus bienes
si se bautizan cristianos.
Si no, perderán sus casas,
sus aperos y ganados,
las tierras de pasto y monte,
los bancales y sembrados.
Además, en corto plazo
que no exceda de este año
deberán dejar el pueblo
y marchar como exiliados
a otras tierras y regiones
o allende el Mediterráneo.
Esta es la idea de los Reyes
y yo como su escribano
doy fe de su voluntad
y rubrico lo acordado.
AL-XAMAIS:
Señor, vuestra venia ahora
os pido que hablar pretendo.
OIDOR:
Hablar, moro, te concedo.
AL-XAMAIS:
Con infinita tristeza,
señor, os hemos oído.
Mi pueblo, roto y maltrecho,
llora humillado y vencido.
Agradeced en mi nombre
a nuestros Reyes que vivos
nos dejen. ¡Que generosos
con nuestras vidas han sido!
¡Y qué! ¿Qué nos queda ya
sino el amargo destino
que nos depara la suerte
de quedar como cautivos?
Y además, nuestros monarcas
escuchando los designios
de muy torpes consejeros
nos liberan del exilio
si abandonamos la fe
que Allah nos dio cuando niños.
Sería muy fácil dejar
nuestras creencias a un lado
y de un plumazo borrar
la fe que nos han legado
y cambio poder medrar.
Pero mi pueblo no
rinde
creencias por
propiedad,
y de la tierra
prescinde
por preservar su
verdad.
OIDOR:
Hermosas palabras. Llora
tu lengua con gallardía,
pero España en este día
es cristiana, que no mora.
AL-XAMAIS:
Oíd del Corán la razón:
Si Dios hubiera querido
a los hombres habría unido
en la misma religión.
OIDOR:
Yo tus razones entiendo
pero órdenes supremas
traigo para este combate.
Los Reyes no admiten treguas.
Marchad en paz si os conviene
o conservad vuestra tierra
siendo cristianos ahora.
Así termine esta guerra.
MUJER II:
Sr. Oidor, vuestra
venia
para hablar os
solicito.
OIDOR:
¿A qué familia o
linaje
respondéis, señora
mía?
MUJER II:
Mi nombre es Ana
García.
Hablad, mujer, si es
que os place.
MUJER II:
Señor Oidor, la
justicia,
el perdón y la
clemencia
que demuestran
nuestros Reyes
es digna de su
grandeza.
Estos moros que, con
daño,
vienen de Sierra
Bermeja
fueron los dueños
legítimos
de todas estas
aldeas.
Sólo Dios sabe qué
causa
o que extraña
coincidencia
los privó de sus
derechos
y los lanzó a la
revuelta.
El destino ha
permitido
que lo que a ellos
se mengua,
a nosotros
castellanos
se nos concede y
aumenta.
¿Ocho siglos no han
bastado
para que, con su
presencia,
los huertos y los
sembrados,
los cortijos y
arboledas
que ellos mismos
propiciaron
en sus manos
permanezcan?
Es, pues, natural,
Señor,
que agraviados y con
merma,
sin esperanza ni
norte
se marcharan a la
Sierra.
Así que yo solicito,
a pesar de la
sentencia,
que daño no se les
haga
ni en sus bienes ni
en su hacienda,
hasta que puedan
marcharse
allende la mar
serena,
y que las leyes se
cumplan
para los que
permanezcan,
y que la voz de los
Reyes
resuene por estas
tierras:
“Que nadie los
menosprecie,
que nadie les
cause mengua,
respeto por los
vencidos,
perdón, piedad y
clemencia.”
OIDOR:
Tus palabras, doña
Ana,
son las mismas de la
Reina.
Estad, pues,
moros seguros
que se mantendrá la
tregua.
AL-XAMAIS:
Español nació mi pueblo
aunque con otras creencias
y con la piel más oscura.
Nadie sabrá con qué pena
perdemos hoy el derecho
de vivir en nuestra tierra.
Y así, daré libertad
y que cada cual emprenda
el camino que le plazca
o la religión que quiera.
Decid, señor, de mi parte
a nuestros Reyes, que es buena
política perdonar
al vencido en la contienda.
Y aunque el exilio me impongan
a causa de esta condena,
decid, también, a los Reyes
que con memoria certera
siempre mis ojos verán
los puentes y las veredas,
los castañares sombríos
y las rosadas cenefas
que tejen en los arroyos
las flores de las adelfas;
y las oscuras encinas
y el agua de las albercas,
que regando los bancales
se cuaja en las finas perlas
del azahar y en las flores
de ciruelos y cerezas.
Y el agua de sombra verde
de nuestro río, cuyas piedras
a fuerza de tantas lunas
y tanto brillo de estrellas
pulen en sus caras mágicas
sueños de noches serenas.
Y veré los altos chopos,
viento verde en primavera
y amarillo en el otoño
cuando los fríos se acercan.
Y las bandadas de nubes
coronar Sierra Bermeja,
donde los pinos se mecen
preñados de viento y niebla,
con los blancos caseríos
posados en las laderas
como si fueran palomas
con las alas entreabiertas.
Allí oiré los sonidos
que de niño yo aprendiera:
El Levante en los chaparros,
el agua entre las acequias,
el rumor de las azudas
del Genal en la tormenta,
y la lluvia salpicando
las ventanas y las tejas;
y las mañanas de pájaros,
y las noches encubiertas
de cristales silenciosos
y de relinchos de yeguas...
Y en mis sienes plateadas
se quedarán los sudores
que dieron vida y colores
a estas Sierras tan amadas:
la tierra de mis mayores.
FIN
(Se dispersan los moros. Los
cristianos con el pueblo, llevan al Santo a la Iglesia).
EPÍLOGO
Este trabajo se realizó por encargo
del pueblo de Benalauría, que decidió en pública asamblea
transformar una Fiesta de Moros y Cristianos que había entrado
en una decadencia imparable. A mí me cupo el honor de realizar
tal transformación, cuyo primer borrador fue leído por cuantos
quisieron, y aprobado después para ser puesto en escena.
Desde el principio me impuse la obligación de no realizar una
ruptura definitiva con el anterior libro, intentando respetar la
acción principal, aunque con las directrices históricas que
hemos citado en otro lugar, que me obligaban a modificar en la
práctica casi toda la trama, así como a la introducción, o
variación, de algunos personajes. Este nuevo libro es, por
tanto, deudor del que esta fiesta se nutría, pero no por ello
menos legítimo, y por tanto nos pertenece de pleno derecho.
He procurado la sencillez en el lenguaje, por la implicación
popular de este espectáculo, aun cuando acusen algunos diálogos
un estilo arcaizante, para acercar un tanto la obra a su siglo,
y se utilice la retórica en muchas de las descripciones: más que
un ejercicio de estilo, lo que se pretende es lograr la emoción
del espectador, que no se concibe un teatro popular que no sea
capaz de embargar el ánimo del que lo oye y lo contempla. Para
este logro, el romance, dentro de su solemnidad, nos concede un
ritmo y cadencia muy adecuados a la comprensión, si bien
aparecen otras estrofas menores que se han construido para
romper la monotonía. Igualmente, se reconocen en las
descripciones lugares nunca ajenos a las gentes de este pueblo,
terrazgos que a buen seguro debieron tener otros nombres
entonces, aunque no los topónimos derivados del árabe o el
beréber. De esta manera, intentábamos también acercar la obra a
la gente, pues hablándoles de lo que les es familiar se creaba
un vínculo de identificación, primero, y de colaboración más
tarde. Difícil ha sido, por tanto, encontrar ese pretendido
equilibrio entre la claridad expositiva y la dignidad literaria;
si se ha conseguido o no, es algo que a mí me está vedado
considerar.
En este nuevo libro se incluyen otros nuevos personajes y se han
modificado algunos aspectos de la acción, que la experiencia en
la puesta en escena durante estos últimos años nos ha
aconsejado: una nueva mujer cristiana, la madre de los niños
mudéjares, un muecín, el paje del oidor, y algunos figurantes a
caballo, que representan simbólicamente la llegada de las
milicias concejiles. También se han variado algunos nombres del
bando mudéjar, pues hemos querido conseguir un mayor rigor
filológico, menester en el que ha sido imprescindible la ayuda y
consejo del arabista Dr. Martínez Enamorado.
Igualmente, la exégesis histórica que desde el principio nos
hemos impuesto nos obliga a exponer algunas consideraciones. En
primer lugar, queremos huir de esa edulcorada profesión de fe
que cierta historiografía y literatura, con el laudo de alguna
clase política presa de un aldeanismo tan de moda, realizan en
torno a la visión simplista y tópica de un Al-Andalus tolerante,
culto y pacífico, enfrentado a una Castilla agresiva, bárbara e
inculta (tan inculta que había construido las catedrales de
Santiago y Jaca, de León y Sevilla). Desgraciadamente, los
conceptos de yihad y cruzada estaban demasiado próximos, ambas
partes los emplearon con frecuencia, y las aceifas o algazúas de
unos y las expediciones de otros nunca fueron ajenas a la
barbarie de la guerra. Basta, pues de maniqueísmos. Y así, lejos
de dejarnos llevar por esa autocomplaciente nostalgia de un
paraíso que nunca existió, ni siquiera para los propios
musulmanes antes y después de los Taifas, léase Almutamid de
Sevilla, cuando llegan las hordas almorávides de Ibn Tashufín, o
los posteriores atropellos que causaron los intolerantes
almohades, consideramos que la Historia está ya escrita, y que
su devenir implacable ha dictado sentencia: España (Al-Andalus
para el mundo musulmán), y Andalucía en particular, son hoy
parte indisociable de la cultura occidental de raíz
grecorromana.
Segundo, no podemos dejar de lado, nadie con un mínimo
conocimiento de la Historia lo haría, al resto de influencias
que llegaron hasta nuestra península: la decisiva, fundamental e
imperecedera aportación del cristianismo, la de los germanos, la
de los judíos, la riquísima, en el tiempo y en el espacio, que
nos legara el Islam, en lo que respecta al arte y al urbanismo,
a la poesía, a la ciencia, a la agricultura y artesanía, incluso
a nuestra lengua, la que nos llegó desde el resto de la
cristiandad por el Camino de Santiago, el primer punto de
encuentro religioso, socio-cultural y económico de los europeos,
y la que nos cedió, en aspectos no sólo etnográficos, el Nuevo
Mundo. Todo ello nos gestó como nación, como pueblo, y nos lanzó
hacia el exterior con unas energías que se derramaron por todo
el occidente, incluso llegando hasta el continente americano,
donde las huellas de esta amalgama, con luces y con sombras, son
bien notorias y cuyas aportaciones, como hemos dicho, tomamos de
allí y difundimos por Europa. A todo ello habría que añadir la
extraordinaria corriente inmigratoria que acude hoy a nuestro
país en busca del bienestar que se les niega en los suyos. Sean
bienvenidos, porque su trabajo y sus modos de vida nos van a
enriquecer a buen seguro.
Todas estas consideraciones no pueden ni deben oponerse a
nuestro propósito de buscar puntos de encuentro entre lo que la
fría descripción histórica de los hechos nos relata y el deseo
de entender la realidad de unos campesinos mudéjares a todas
luces inocentes y ajenos a lo que se les venía encima. Es
terrible pensar qué pasaría por sus mentes cuando se ven
obligados a dejar su tierra y la de sus antepasados, el paisaje,
bellísimo, que habían coadyuvado a formalizar. Este sí que pudo
ser un paraíso, aislado e ignorado, pero el único posible para
sus habitantes. Pero no insistiremos sobre los desencuentros, ni
buscaremos culpables, esa no es nuestra misión. Más bien
intentaremos, con nuestra fiesta, tender puentes para el
entendimiento entre los hombres, mostrar la penosa realidad de
la guerra, el terrible drama del exilio, hechos que, por
desgracia, no son extraños a nuestra época que asiste, entre la
consternación y el miedo, a una peligrosa escalada y repunte del
odio entre las etnias, creencias y civilizaciones.
Esta segunda edición quisiera dedicarla a todos los que han
hecho, a los que hacen, posible esta hermosa fiesta, desde los
actores y actrices más importantes hasta los secundarios,
pasando por todos los figurantes, que son el pueblo de
Benalauría, y los hombres y mujeres que ayudan en la sombra: los
que sacan sus caballerías, los que encienden las mechas de los
petardos, los que cuidan del sonido, los que cosen, los que
ensayan, los que apuntan, los que adornan la plaza, los que
realizan los tocados. Nada sería posible sin tanta ayuda, de
modo que la fiesta pertenece plenamente a este pueblo, como este
libreto, que cedo gustoso a la Asociación de Moros y Cristianos.
En el recuerdo quedan, igualmente, los que se prestaron en el
pasado a realizar y a vivir este festejo. Ellos nos enseñaron la
virtud de la diversión sana y alegre, compartida por todos,
abierta a todos, y nos legaron la responsabilidad de cuidar y
perpetuar este patrimonio para las generaciones que nos han de
seguir. Es en este apartado donde el trabajo de la Asociación de
Moros y Cristianos resulta del todo imprescindible, así como en
el cuidado permanente de todos y cada uno de los aspectos de la
celebración.
Quisiera dar las gracias a todos los Profesores que han
colaborado en la edición de este libro, cuyos nombres aparecen
oportunamente en cada uno de los artículos. También, al pueblo
de Benalauría y su Ayuntamiento por su confianza en mi persona
para llevar a cabo esta edición, y a los fotógrafos y dibujantes
que han prestado sus obras. Finalmente, al Centro de Ediciones
de la Diputación Provincial de Málaga, y a su editora Victoria
Rosado, por concedernos la oportunidad de plasmar y difundir
nuestros afanes en este hermoso libro.
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