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Al pueblo de Benalauría,
laborioso en la
tierra e imaginativo en la industria.
Guardián del paisaje
y su pasado y abierto al devenir.
Alegre, bullanguero
y participativo cuando se le requiere.
Sobrio, estoico y callado cuando se le pide.
INTRODUCCIÓN
Cuando
decidimos, allá en los comienzos de la década de los 90 del
pasado siglo, que nuestro pueblo debía celebrar esta fiesta bajo
las directrices y el texto de un libreto propio, nuestra primera
preocupación fue rastrear en la historia de estas serranías un
hecho que tuviera relación con las tormentosas relaciones entre
los musulmanes y cristianos, que, desde 1492, habían ocupado el
último reino musulmán de la península.
En este contexto, muy pronto pudimos comprobar como abundaban
los desencuentros ya desde los primeros tiempos de las
capitulaciones, hasta llegar al enfrentamiento abierto y la
guerra sin cuartel en la revuelta de 1501, en Sierra Bermeja, y
más tarde, durante la rebelión de los moriscos de 1569.
En
ambos dramas nuestra tierra se vio afectada, aunque en mucha
mayor medida en el segundo, cuando la gravedad de los hechos y
la posterior represión dejaron prácticamente despoblado gran
parte de este valle y del sur de la Serranía. Pero la ferocidad
de aquella guerra sin cuartel, con sus secuelas de asesinatos y
crueldades, y la terrible respuesta del poder constituido, no
estaban demasiado acordes con un propósito festivo: ¿cómo montar
un festejo partiendo de hechos tan dramáticos? Buscábamos algo
menos trágico, algún acontecimiento que no revistiera tal
cohorte de maldades como las que se desarrollaron en la guerra
morisca.
Desde el principio, nos pareció que, si bien no tan
plausiblemente cercana a este pueblo, la gran revuelta de los
mudéjares en Sierra Bermeja servía mucho mejor a nuestros
propósitos: queríamos recrear un hecho histórico que sirviera de
pretexto a nuestra fiesta, sí, pero con un final no tan infeliz
como el de 1570.
¿Por qué esta idea de recrear lo puramente histórico sin acudir
a la necesaria tragedia?, ¿por qué este afán de mirar hacia otro
lado cuando los hechos fueron los que fueron, sin que podamos
hoy cambiar, ni siquiera entender del todo, el curso de los
acontecimientos?. Pensábamos que nuestra fiesta no debía hurgar
en pasados rencores, y pues íbamos a rememorar nuestra historia,
mejor convenía hacerlo buscando la cercanía a los hechos, con el
mayor rigor posible, pero intentando, sin pretender juzgar
situaciones que no podemos entender bajo nuestra actual óptica,
dejar en el aire un mensaje de piedad hacia el vencido, no de
represión desmedida, de respeto por su cultura, no de burla, de
comprensión hacia unos lugareños ajenos a todas luces a un
destino que no habían buscado, un destino que los encadenaba a
pertenecer a un rincón de un estado, ahora cristiano-occidental,
por el azar de la geopolítica y del implacable devenir de los
tiempos históricos (devenir que, por otra parte, tuvo un signo
contrario ocho siglos antes).
Nada mejor, pues, que esta revuelta de Sierra Bermeja donde, sin
lugar a dudas, esta parte del Valle del Genal se vio envuelta,
como el resto de las qurà de la Sierra. De los incidentes
previos las fuentes hablan continuamente de este valle (véanse
en el capítulo primero de este libro): agravios y despojos en
1495 en Gaucín, Algatocín, Benamaya, Benarrabá, impuestos
extemporáneos que provocaron incluso la muerte del recaudador
López de Haro en Benadalid, en 1487, conversiones de helches y
musulmanes en 1500, con la transformación de mezquitas en
iglesias en Igualeja, Parauta, Balastar, Póspitra, Pujerra,
Atajate y Júzcar, nuevos impuestos en 1501 y revueltas en
Benalauría y Benadalid, etc...
Tampoco fueron escasos las agresiones de los moros a pueblos y
propiedades cristianas, o recién conversos, como los ataques al
señorío de Feria (Benadalid-Benalauría) por parte de los moros
de Villaluenga, según hace constar el secretario real don
Francisco de Madrid. O ese espíritu de Yihad del que nos
hablaba el Profesor López de Coca, cuando cita las venganzas
contra los bautizados de Atajate o Igualeja, el asesinato de un
moro de Setenil por parte de los de Cartajima, y los expolios en
las propiedades y ganados tomados como botín de guerra. Así
mismo, no era infrecuente el secuestro de personas, como
denuncia el vecino de Faraján Hamete Abencaçin, de bautizado
Juan Tello, que no puede impedir que su hija Isabel sea llevada
por la fuerza al Daidín (LÓPEZ DE COCA, 1994).
Ahora bien; no podemos pensar que, como se sugiere en el texto
que va a continuación, Benalauría estuviese poblada por
cristianos, pues sabemos que constituía, junto con Benadalid,
Benamauya y Benahamuz, una alcaria del señorío de Feria, es
decir una aldea poblada por moros, digamos mejor mudéjares,
sujetos a capitulación, y bajo la jurisdicción de su señor.
Pocos pobladores castellanos vivirían entonces en estos pueblos
a no ser el alcaide de la fortaleza de Benadalid, y algún que
otro encargado o funcionario del conde, algún misionero,
escribano o posadero (SIERRA DE CÓZAR, 1987).
Pero es indudable que estas aldeas fueron afectadas en gran
medida por la revuelta. El dato más fehaciente nos lo
proporciona el registro de población, pues sabemos que
Benalauría contaba con unos 50 vecinos, 220 habitantes, antes de
la guerra (ACIÉN ALMANSA, 1979), y en 1501, sólo se contabilizan
28 vecinos, es decir, el pueblo pierde casi la mitad de su
población. El Valle del Genal por su parte, excluido en Señorío
de Casares, disminuye igualmente en más de 1/5 de sus
habitantes. (LADERO QUESADA, 1993)
Por tanto, la base histórica, la justificación del argumento y
de la acción quedan perfectamente delimitados, aunque tengamos
que incluir al elemento cristiano en el pueblo para poder armar
dicho argumento. En realidad, y queremos insistir en ello,
nuestra obrita no es más que una recreación sobre una realidad
fehacientemente histórica, una especie de símil, de resumen si
se quiere, de aquellos enfrentamientos que ensangrentaron al
Reino de Granada varias veces durante aquel siglo. Nada, pues,
mejor a nuestros propósitos que la revuelta de Sierra Bermeja
donde, como hemos visto en los capítulos anteriores, no existió
represión violenta sobre los refugiados del Calaluz, y sí unas
nuevas capitulaciones que impuso el Rey Católico.
Nuestra obra termina, precisamente así, con la requisitoria de
un oidor de la Chancillería de Ciudad Real, enviado regio, y las
palabras del caudillo mudéjar, un campesino que deja, entre
lágrimas, la tierra de los suyos y que da libertad a su gente
para que, o bien se acojan a los nuevos tratados si se
convierten, conservando sus propiedades, o bien marchen, siendo
musulmanes, allende.
SOBRE LA VESTIMENTA Y EL APARATO ESCÉNICO
Este es, sin duda,
un festejo callejero donde todos pueden participar, sean o no
naturales de esta población. No obstante, aconsejamos
encarecidamente huir de vestimentas en exceso retóricas, o
exóticas, que no son precisamente las que aquí necesitamos.
Antes bien, preferimos la sencillez en los vestidos y tocados,
sin lujos ni adornos excesivos, ni elementos anacrónicos.
Piénsese en que estas serranías no daban para mucho, así que sus
hijos no eran precisamente potentados, sino sencillos labriegos
y pastores.
Si embargo, esta sobriedad no ha de estar reñida con el
colorido, sobre todo en los trajes de las mujeres, siempre más
atractivos y hermosos, y cuyo concurso en esta fiesta resulta
del todo imprescindible. Nosotros recomendamos adquirir la
típica vestimenta popular del vecino Marruecos, tan fácil de
encontrar o imitar, o también disfraces propios, hechos por un
sastre, cuyos diseños estamos dispuestos a mostrar gustosamente,
y que imiten, más o menos, los que proponemos desde la
organización para los moros que tienen los papeles más
importantes, y que se basan en los que debieron llevar algunos
notables nazaríes: calzones anchos, como los zaragüeyes, camisa
también ancha y larga, ceñida a la cintura, capa o jaique
blanco, abierto, con capucha y borla. El tocado, con turbante
blanco, o mejor, con un casco rodeado por éste. Pueden llevar
una espada tipo nazarí, sin afilar y despuntada, aunque sin
lujos.
Los cristianos han de ser, igualmente, campesinos, con calzones
hasta el tobillo, algo ajustados, alpargatas de esparto, camisa
blanca de algodón, ancha y con cuello de tirilla o abierto y con
cordones también blancos, y un chaleco largo, sin mangas ni
solapas ni botones, sino con ojales y cordón, ajustado a la
cintura. Los colores han de ser pastel, con tendencia a los
tonos ocres, terrosos, oliváceos, tostados. Llevarán como armas,
espadas, horcas, bielgos, rastrillas, de madera y con las puntas
romas, para evitar accidentes. Las mujeres cristianas deben
vestir con vestidos largos, talle ajustado y faldas con ciertos
vuelos, con la manga ancha y sin excesivo escote. Llevarán un
tocado de la época. Los colores, pastel, muy planos, y no deben
portar collares o joyas, pues son, igualmente, campesinas.
El alcalde puede ir de negro, aunque con camisa blanca, similar
a la descrita antes. Debe llevar un gorro tipo renacimiento, que
se puede diseñar fácilmente a partir de los cuadros de época. El
capitán de la milicia, como un campesino más, aunque con espada
y botas, que serán también atributos del alcalde.
El oidor llevará calzón ajustado, camisola blanca, chaleco rojo
y capa corta negra. Su tocado es un típico rulo renacentista,
con caída y vuelta. Llevará botas altas y espada.
El paje del oidor irá vestido como los maceros de los Reyes
Católicos, cuya vestimenta persiste en las ceremonias solemnes
de algunas corporaciones, y en las Cortes del Reino de España.
Otros elementos son el pendón del pueblo, que no es sino una
adaptación del escudo de los Reyes Católicos, los gallardetes y
banderolas que se colocan en balcones y calles, y la enseña
mora, verde y con elementos negros. No es aconsejable utilizar
otros decorados que, dada la escasez de medios, no serían más
que añadidos de mal gusto a un entorno urbano muy hermoso, que
se basta por sí mismo para envolver adecuadamente la acción.
Las luchas se acompañarán de traca, colocada y prendida por los
artificieros que el Ayuntamiento y la Asociación de Moros y
Cristianos determinen, estando prohibido expresamente cualquier
otro tipo de manipulación no autorizada, y el uso de cohetería.
DRAMATIS
PERSONAE:
Alcalde,
don Francisco de Antequera.
Capitán,
don Pedro de Ayala.
Q’aid mudéjar,
Ahmad Ibn Muhammad al-Xamais.
Embajador mudéjar,
Abd-Allah Ibn Quzmán al-Wazir.
Oidor de la Real
Chancillería de Ciudad Real,
don José de Toledo.
Esposa del Q’aid,
Aixa bint Yussuf al Xanarí.
Niños mudéjares,
Yussuf y Umar Ibn Ahmad
Mujer I,
Dª Catalina de la Fresneda.
Mujer II,
Dª Ana García.
Mu’ecín,
Abú Yaqub al Kurtixí.
Cabrero,
Antonio el de la Cancha.
Cronista,
Dª Rosario de la Loma.
Soldado de la
milicia ciudadana,
don Diego Martín.
Soldados,
mudéjares, caballeros, pueblo de Benalauría.
ACTO I
EL
CAUTIVERIO
"Cabalgan en
corceles como raudales de un torrente,
y los pendones de sus pardas lanzas semejan el claro azul de las
aguas".
Ibn Jafaya
(El alcalde, unos soldados de la
milicia y los vecinos en la plaza)
CRONISTA:
Gentes de Benalauría,
prestadme buena atención,
os contaré una noticia,
no hace mucho que ocurrió,
cuando cristianos llegaron
de donde se pone el sol
a conquistar estas sierras
desde Ronda hasta el Peñón,
porque antes fueron suyas
hasta que un rey las perdió
a manos del moro Muza
que de África llegó
con muchos hombres bravíos
de los árabes la flor,
ocupando toda España
desde Tarifa a León.
Entonces, muchos cristianos
ofrecieron rendición.
Pero algunos resistieron
con denodado valor
en las montañas de Asturias,
de Navarra
y Aragón.
Ocho siglos contemplaron
una contienda feroz
que reconquistó las tierras
que antes España perdió
y que acaba con la guerra
de Granada. Rendición
obtiene Isabel la Grande
de Boaddil. El alfoz
de Granada y de Almería
a nuevas manos pasó,
la Alpujarra, la Axarquía,
Málaga y su alrededor,
y las montañas de Ronda
desde Jimena a Morón.
Mucha muerte y mucha lágrima
y una gran desolación
costó esta última etapa.
Pero a capitulación
se someten muchos moros
con pactada protección.
Los reyes les concedieron
seguir con la religión
que les legaron sus padres.
Cultivan sus campos. Son
súbditos de la Corona,
bajo la jurisdicción
de escribanos licenciados
que cobran recaudación,
pues son moros de realengo,
o dependen de un Señor
como ocurre en Villaluenga,
en Gaucín y alrededor,
Benadalid, Benamaya,
Jemáez y Benajamón,
sin faltar Benalauría
y sus tierras de labor.
Cuando esta tierra era un bosque
desnudo de población,
estos moros repoblaron
y labraron con tesón
estos campos tan difíciles
luchando de sol a sol,
allanando los bancales
regados con el sudor
de sus abuelos y padres.
Las arboledas en flor
y los huertos primorosos
escuchaban el rumor
del agua de las acequias,
los golpes del azadón,
las muelas de los molinos
y el arado labrador.
Pero, perdida la guerra,
pierden también la razón,
pues los nuevos pobladores
ignoran la solución
que habían impuesto los reyes.
Y así, tierras de labor,
muchas huertas, los castaños,
y molinos de tracción
hidráulica se entregaron
cuando la repoblación
a las gentes
castellanas,
que ocupaban la región.
Las desgracias que vinieron
después, no las digo yo.
Poned el oído atento,
escuchad con atención
la historia de vuestro pueblo
que ahora se pone en acción.
ALCALDE:
Vecinos, os he reunido
en esta notable plaza
porque sucesos muy graves
hoy nos cercan y amenazan.
Hemos llegado a esta tierra
desde regiones lejanas
escuchando confiados
de los Reyes la llamada.
Vinimos a repoblar
estas abruptas montañas
de arboledas silenciosas
y muy generosas aguas.
Pero al llegar, nos dijeron
que algunos moros quedaban
bajo capitulación
de la gente castellana;
que las tierras que tuvieren,
aperos, ganado y casas
nadie puede osar quitarles
bajo la triste amenaza
de expulsión y de castigo.
Refugiados en aljamas
se encierran en sus mezquitas
y rezan, como en Arabia,
a su Dios Allah, el Grande,
según noticia pactada
y sellada entre las partes
que les ofrece la gracia
de usar de la religión
y las leyes de su raza.
Llegamos pues a estos montes
con muchísima esperanza
y encontramos que las tierras
mejores están labradas.
Que no quedan manantiales
pues dueños son de sus aguas;
que las huertas y bancales,
los apriscos y las casas
son todas de dueño moro;
que a los cristianos alcanzan
tan sólo las duras piedras
y cumbres de las montañas.
Pero si estamos aquí
y pagamos alcabalas,
si somos cristianos viejos
y en el Reino de Granada
la autoridad de los Reyes
no es mora, sino cristiana,
si nos dieron garantías
de alcanzar en esta plaza
buenas tierras que produzcan
el fruto, el vino y la hogaza
¿Quién podrá quitarnos luego
lo que es nuestro en la demanda?
Por lo tanto hemos cogido
muchísimas aranzadas
de pastos para ganado
y de huertas bien labradas.
No es injusto lo que hacemos,
que es de gentes muy honradas.
Recuperamos lo nuestro,
lo que hace siglos España
perdió en terrible conflicto
con el invasor de Arabia.
Y, ahora, vecinos del pueblo
estad alerta, que es fama
que una partida de moros
muy numerosa prepara
resistencia y dura guerra
por todas estas montañas.
Y están formando partidas
de gente muy bien armada.
Genalguacil y Jubrique
ya saben de sus hazañas
y a Benadalid le queman
no menos de treinta casas,
Alpandeire y Faraján
conocen ya su amenaza
lo mismo que Algatocín,
con sus gentes asustadas
desde que en Sierra Bermeja
fue muerto en una emboscada
Don Alonso de Aguilar
con toda su fiel mesnada.
Pero es mejor que escuchéis
estas noticias tan malas
del jefe de la milicia
que regresa de la guardia.
(Regresan el capitán y el
soldado)
CAPITÁN:
Señor alcalde y Concejo,
vecinos, la guerra santa
han reemprendido los moros
sin detenerse ante nada.
Desde la Sierra Bermeja,
entre Pujerra y Monarda,
avanzan sin resistencia
saqueando cuantas casas,
tierras, bosques o cortijos
se interponen en su marcha.
Ya han cruzado el río Genal
con caballos y con armas,
amenazándonos ya
sus primeras avanzadas.
Y están en el Castañar
desde esta madrugada,
fortificando su campo
para presentar batalla.
Un testimonio directo
nos trae mi fiel ordenanza
que, escondido y silencioso,
los sorprendió cuando hablaban.
SOLDADO:
Cuando el capitán ordena
que se retire la guardia
me dijo que, retrasado,
yo guardara las espaldas.
En esto oí unos rumores
que parecieron palabras
de moros. Quedéme quieto
y escondido entre las ramas
de un castaño muy frondoso
estas voces escuchaba:
Que quieren tomar el pueblo
y acampar en las murallas,
que no quieren la violencia
pero no admiten que nada
se interponga en su camino;
pretenden la entrada franca.
Yo, señor, he comprobado
cuanta gente viene armada,
de infantería y a caballo,
con arcabuces y espadas,
con numerosos pertrechos
y comida almacenada.
Y pude, señor, oír
que enviarán una embajada
para pactar un acuerdo
que les permita la entrada.
Miradlo ya, que se acerca
izando bandera blanca,
con un soberbio caballo
y con espuelas de plata,
espera ya vuestra venia
para decir sus palabras.
ALCALDE:
(Al capitán)
Traedme ese moro ahora.
CAPITÁN:
Así lo haré, si me aguardas.
(Vase con el soldado y traen al
embajador con los ojos vendados)
EMBAJADOR IBN QUZMÁN:
Que el grande Allah, sea contigo.
ALCALDE:
Y nos conceda su gracia.
IBN QUZMÁN:
Señor alcalde y vecinos,
malos tiempos nos aguardan.
Arrojados de estos campos
por la codicia cristiana
que ocupó nuestras haciendas,
estamos en las montañas
formando nutrida tropa
para tomar por las armas
lo que habéis arrebatado
sin respetar nuestra causa.
¿Por qué usurpáis lo que es
nuestro?
¿Por qué nos dejáis sin nada?
Mirad la sierra y los bosques
y la tierra cultivada,
observad las verdes huertas,
los bancales y majadas,
los pueblos y las aldeas
con sus calles y sus plazas
donde las fuentes alegran
las noches y las mañanas.
¿Quién los plantó, quién hizo
un milagro de la nada
cuando por estos parajes
iban lobos en manada
y nadie osaba adentrarse
en esta tierra olvidada?
Contemplad Benadalid
con su castillo de guardia
y su hermoso caserío.
Dominando la hondonada,
Gaucín se aferra a sus tajos,
agreste nido de
águilas.
Buscad en la bella Ronda
las más hermosas mañanas,
con tardes de fuego y plomo
sobre las sierras lejanas.
Asomaos al abismo
que la fuerza de las aguas
y los años horadaron
hasta el fondo de su entraña.
ALCALDE:
Todas esas maravillas
que tú pretendes y narras
fueron creadas por Dios,
y las vio gente cristiana
desde los tiempos de Roma,
antes que los de tu raza.
IBN QUZMÁN:
Sí, pero tanta
belleza
fue muy bien
acrecentada
por nuestra mano y
empeño,
déjame, alcalde,
explicarlas:
(Breve pausa. El alcalde
hace un gesto de asentimiento.)
Sevilla, soñando mares
y músicas delicadas;
sortilegio de palacios
y de torres coronadas
entre el silencio de patios
por donde se aquieta el agua.
Silencio entre las columnas
en noches de luna clara
cuando el aire tibio ofrece
perfiles de luz dorada.
Y en el llano, los vergeles
de Córdoba milenaria,
la ciudad de los amores
de Abd el-Rahman y de Zahra,
de la asombrosa mezquita,
que es una inmensa plegaria
hecha de piedra y de rezos
que en sus paredes se tallan,
y
en el mihrab, donde el oro
y el marfil tienen su casa.
Oíd el rumor de nieve
que está llorando en la Alhambra
y que la luna almacena
en las albercas. No es agua,
lo que brilla en los estanques,
que son de amores las lágrimas,
y son suras y
qasidas,
zéjeles y muwasahas.
Subid al Generalife,
oíd los chorros de plata
mezclados con los colores
y la serena fragancia
de los mirtos y arrayanes,
jazmines y galafrancias;
del aire, que trae un pañuelo
tejido con seda blanca
para enjugar desde el cielo
los suspiros de Granada.
Contemplad las aguas quietas
y la luz azul de Málaga,
hecha de mármol y espuma
que cae como una cascada
desde los verdes pinares
hasta la mar azulada.
Y qué decir de este pueblo
prendido entre las montañas
con ocultas lacerías...
Este desorden de casas
sugiere una arquitectura
caprichosa y derramada
que labra brillos y líneas
sobre las blancas fachadas.
En su bellísimo nombre
impresas van palabras
que le dio su fundador,
cuando en fechas muy lejanas
la llamó Banu-l-Hawria
como solar de su casta.
ALCALDE:
Estas bellas descripciones
nos seducen, nos agradan,
pero ¿qué pretendes, moro?,
habla ya de tus demandas.
IBN QUZMÁN:
Ya las digo, alcalde, a todos
los vecinos de esta plaza,
así que escuchadme ahora:
sin un resquicio, cercada
tenemos a vuestra villa;
nadie puede abandonarla,
ya todos los pasos tienen
la vigilancia montada.
La propuesta que os ofrezco
es de justicia; escuchadla:
Abrid las puertas del pueblo
y entregadnos vuestras armas,
cesad la defensa, pues,
y os prometemos fianza
de respetad vuestras vidas,
vuestros bienes, vuestras casas,
hasta que el Rey nos conceda
justicia a nuestras demandas.
Y aquí permaneceremos
que esta guerra será larga.
Responded de prisa, Alcalde,
responded sin añagazas,
ni trampas. Mi gente espera
vuestra respuesta. Anunciadla.
ALCALDE:
Nunca encontrarías aquí
respuesta más inmediata.
Este pueblo no se rinde
ante tus torpes bravatas.
Dile a tu caudillo, dile
que no cedemos la plaza
ni aunque todos los ejércitos
de los moros nos cercaran.
IBN QUZMÁN:
Ya he oído tu respuesta.
Correrá la sangre. Nada
evitará que mis hombres
os venzan en la batalla.
Que Allah te guarde cristiano.
ALCALDE:
Que Dios reparta su gracia.
(Se marcha el embajador,
vendados los ojos, con el capitán y el soldado)
ALCALDE:
No sé si estaréis conformes
amigos, ya me esperaba
un pacto tan deshonroso.
No cederemos. Me alcanza,
sin embargo, que esta lucha
será muy encarnizada.
CAPITÁN:
Señor alcalde, este pueblo
no se achica con palabras.
Lucharemos hasta el fin
aunque sea casa por casa,
y si nos vencen, serán
muy pocos en esta plaza
los que consigan entrar
sin probar antes mi espada.
ALCALDE:
Bien está lo que decís
pero no sirven palabras.
Hay demasiadas mujeres
y niños. Nos faltan armas.
Nos pueden cercar por hambre
y nos cortarán el agua.
(Llega el soldado, rápido y muy
azorado)
SOLDADO:
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