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Ilma. Sra. Alcaldesa y Corporación Municipal de
Benalauría, Junta de Festejos de 2005, Señoras y Señores: este
encabezamiento, a la manera tradicional española, se hace para
introducir un Pregón que no pretende ser políticamente correcto,
y que por ello quiere evitar la cursilería linguística al uso
para desgracia del idioma que se forjó, hace ya mil años, al
abrigo de San Millán de la Cogolla, cabe el País de los Vascos.
Sépase que este Pregón se ha escrito para las Fiestas de Santo
Domingo de Guzmán, aquél Santo Mingo medieval, Defensor de la Fe
y perseguidor de albigenses, y va dirigido a todas las personas
presentes y a los vecinos de Benalauría, sin distinción de raza,
religión o sexo, o género, como se dice ahora, de forma un tanto
pedante. En especial, va dedicado a la generación que ahora anda
por los 50 y más de los 60, que soportó en su niñez y juventud
los rigores de la Autoridad y contempla ahora atónita, en la
madurez, como es la Autoridad la que está sometida a todo tipo
de rigores. Y sin más preámbulos, va a comenzar el Pregón de
Fiestas que la Junta de Festejos de 2005 me ha ofrecido
gentilmente escribir y leer, galanura que les agradezco, ya que
afortunadamente existen hoy muchas personas capacitadas para
este menester.
En honor de Santo Domingo de Guzmán, Patrón de
Benalauría
HISTORIA DE UNA PALMERA
Primera parte: los albores
Durante los últimos 50 años, la vida del pueblo de Benalauría ha
transcurrido en íntima relación con la Palmera situada
enfrente, regada por el caudal que alimenta la fuentecilla que
tesoneramente hace sonar su agua en los silencios de la
madrugada veraniega. La Palmera se puso cuando era Regidor de
esta Villa Pedro Alvarez, gran plantador de árboles que con el
tiempo han adquirido predicamento, esplendor y envergadura, como
atestigua la propia palmera, multitud de naranjos y algún aliso
ribereño del Genal, escogido por cierto como componente del
catálogo de árboles de Andalucía. Era entonces Benalauría un
pueblo cervantino, con su Cura permanente, su Bachiller
Maestroescuela y su Maestro Barbero, que asentaba sus reales
en la plazoleta, donde rapaba barbas, sacaba muelas y arreglaba
todo tipo de calzado, amén de prodigar sabias consejas a quien
las había de menester. También había un Ayuntamiento donde no
había dinero ni para pagar al Secretario Don Diego Torés, ni al
Oficial, Joselito el Aserraor, de prodigiosa caligrafía,
admirador de lo teutón y gran adorador de Baco. Un Alguacil de
gorra de plato, gafas de concha, pantalón de rayadillo, cinturón
militar y camisa azul mahón cuidaba los asuntos municipales y
ordenaba a los zagales en las procesiones. En esa época, los
niños y las niñas estudiaban en las humildes escuelas sitas en
el edificio neoclásico que configura una de las fachadas de la
Plaza mandado edificar, junto con la Iglesia, por los
Gobernantes ilustrados, algunos de ellos masones de pro, que
disfrutó España durante un corto período del siglo XVIII. A
mediados de los años 50 se procedió también a la remodelación de
la Plaza, entonces terriza, donde habían tenido tradicionalmente
lugar unos festejos taurinos paupérrimos, dignos de ser grabados
por el mejor Berlanga, y felizmente sustituidos por la Fiesta de
Moros y Cristianos que vamos a disfrutar el próximo Domingo, y
donde afortunadamente no muere nadie, ni siquiera un pobre
animal asustado e indefenso. Esta Fiesta, como todo el mundo
sabe, se empezó a celebrar en Benalauría hacia mediados de siglo
en un ambiente de orquestinas de boleros y pasodobles,
puestecillos de turrón de tela, peligrosas volaoras,
hojalateros, saltimbanquis, titiriteros y sacamuelas de todo
tipo, que venían a ganarse un mísero sustento. Por aquél
entonces, multitud de niños alborotaban las empedradas calles
jugando a “varra”, “meclén”, “la billarda”, el “aro” o la
“guerra” y las niñas jugaban al corro en la Plaza, bajo la
atenta mirada de la Maestra Doña Carmen, como escribía el
Maestro del pueblo
“A la rueda rueda,
del corro en la Plaza,
ingenuos romances
la infantil grey canta”
Al principio chiquita, la Palmera parecía que no
iba a resistir los rigurosos y lluviosos inviernos que, para
consuelo de añorantes, volverán sin duda con los ciclos
climáticos de la Naturaleza. Pero, como el propio pueblo,
sobrevivió en aquella España autárquica y famélica y que iba muy
pronto a cambiar como consecuencia de la instauración de
políticas económicas más modernas y acordes con los tiempos.
Así, el pueblo, densamente poblado e incapaz de ofrecer a sus
hijos digno sustento, se fue poco a poco despoblando al calor
que la cercana Costa y su turismo ofrecían a la mayoría de
lugareños, los menos osados, ya que los más hicieron “las
Alemanias”, marchando al país de los teutones que los acogió con
su miaja de racismo, pero que en cualquier caso les ofreció un
puesto de trabajo digno y una seguridad económica de la que
muchos disfrutan todavía. Aquellos emigrantes iban con sus
papeles en regla y podían mirar a la cara a sus patronos, porque
estaban contribuyendo a reconstruir una Europa devastada y no
pretendían morder aviesamente la mano que los alimentaba. Sirva
esto de aviso a navegantes. Todo ello, junto con la introducción
de una incipiente Seguridad Social y las primeras pensiones de
desempleo y jubilación constituyó un atisbo de revolución
económica, ya que no social o política, dado que estos pueblos
dejaron de depender de lo que daba el campo y de ansiar
boquiabiertos el contrabando que llegaba de Gibraltar de manos
de los recoveros. Y de esta forma, los habitantes del valle
comenzaron a aumentar su nivel de vida al tiempo que conservaban
su dignidad.
La Palmera iba creciendo y ya sobrepasaba el
cuerpo de un “quinto” de los que celebraban la fiesta de la
talla con alegres y ruidosas bromas, propias de la edad. Y los
mayores empezaban ya a buscar su tenue sombra en febrero, porque
ya se sabe que en febrero busca la sombra el perro y en marzo,
el perro y el amo. La agudeza y socarronería de aquellos
primeros asiduos a la Palmera para sí la hubiera querido D.
Francisco de Quevedo, y entre sus expresiones abundaban las
habituales del castellano viejo: el lugar, por vía
é..., corrió en pos é... o qué guapa está la
mozuela, que entonces se podía decir sin peligro de ser
detenido por acoso. Alguno de aquellos tertulianos
parecía sacado de un cuadro del Greco o de un Lugar de la Mancha
de cuyo nombre no quiso acordarse nuestro inmortal Cervantes, el
Manco de Lepanto, protagonista, hay que decirlo hoy bien
clarito, de la Mayor Ocasión que vieran los Siglos. Los
comentarios de aquellos mayores reflejaban también la estancia
del hijo e el nieto en la Costa, Barcelona, Bilbao o en una
ciudad muy rara que se llamaba Minchen, de los que llegaban
buenos dineros. Por desgracia, esta recuperación económica fue
acompañada por la destrucción de gran parte del patrimonio
étnico del Pueblo en aras de una supuesta modernización
arquitectónica a lo bauhaus, que significa casas con
aspecto de gran caja de cartón y sin tejado. Poco más o menos en
esa época, el rincón palmeril se afianzó como concitador
de corrillos gracias a un establecimiento cercano, el bar de
Almagro, que ya lo acompañaría siempre hasta la jubilación de su
popular patrón. Por cierto, que a la entrada de la carretera de
Ronda, sentaba sus reales Farruco en una Venta de
obligada parada y donde se permitía el lujo de no cobrar ni a
los americanos porque, como decía la canción
Para una vez que pasas por la
Venta
no te cobro la bebía
El lento crecimiento de la Palmera venía
acompañado por la inexorable sustitución de los viejecitos que
sesteaban antaño a su cobijo por otros, que seguían haciendo los
mismos o parecidos comentarios, siempre girando alrededor del
campo o de la falta de lluvia. Era la época de los discos
dedicados desde el recién instalado equipo de altavoces en la
Parroquia, a través de los cuales se facilitaron no poco las
relaciones entre mozos y mozas, entonces bastante dificultadas
por parte de la autoridad familiar, civil y militar. También
apareció la televisión, que sustituyó a las sesiones de cine
español emitidas por Salvador en cá Antonia la del Patio
a las que había que llevarse la silla propia. Algunos vieron en
Algatocín como España ganaba a Rusia el Campeonato de Europa de
fútbol con el gol de Marcelino y poco después pudimos ver, ya en
la Televisión del Teleclub municipal, hoy salón de Plenos, cómo
Massiel ganó a Serrat el Festival de Eurovisión. La juventud se
entretenía con las jiras campestres al Bailaero, la
Huerta Albalate o al Río Genal, con el que por cierto se era
más respetuoso que ahora. También había partidos de fútbol
contra los pueblos vecinos, con resultados a favor y en contra,
e incluso un célebre empate a dos, partido que se celebró en
esta Plaza con permiso de la Autoridad Municipal y bajo la
dirección de cierto colegiado muy casero que decía ignorar eso
de los corners y los penaltis por ser voces de
procedencia anglicana. Vino por entonces la Cátedra de la
Sección Femenina, que contribuyó a recuperar folklore y
tradiciones, como el fandango de Benalauría, aunque con la
escasa dotación presupuestaria de rigor en aquellos tiempos.
Segunda parte:
la madurez
Cuando la Palmera llegó a su mayoría de edad, más
o menos la mitad de años que tiene ahora, vio como en su puesta
de largo se desataba un vendaval que iba a transformar de forma
radical las formas de vida tradicionales. La transición pacífica
de la Dictadura a la Monarquía Parlamentaria, asombro de todos
los países y que ahora algunos parecen querer desmontar de forma
irresponsable, fue debida en gran parte a la generación de los
que estamos en la cincuentena. Primero se votó al Alcalde y
luego la Constitución y a los diputados de algo que llamaban
partidos políticos, que venían a banderas desplegadas y que
prometían el oro y el moro cuando llegaran a Madrid y se
constituyera el Parlamento. Este cambio, hay que decirlo, no fue
bien recibido por todo el mundo y más de un furibundo demócrata
local de ahora aborrecía entonces la libertad que el pueblo
español empezaba a conquistar. Y de la que como muestra hay una
célebre foto con dos jovenzuelos imberbes, puño en alto y
bandera blanquiverde en ristre, en el balcón del Ayuntamiento de
Benalauría, hecho entonces ilegal que la Autoridad Municipal
acogió con fingida y paternalista severidad.
La segunda parte de la historia de la Palmera ha
transcurrido con gran rapidez, al menos según la percepción del
que esto les lee. Con la Democracia se afianzó el Estado de
Bienestar, se acabó la emigración y España se convirtió en la
décima potencial industrial del mundo. Todo esto se ha visto
reflejado en este Pueblo, como en todas las partes de España,
por la prosperidad popularmente asociada al paso de la Radio a
la Televisión. Los receptores y las antenas poblaron las casas
de la vecindad, dejando un
desolado paisaje
de antenas y de cables...
que diría el poeta urbano, junto con neveras,
lavadoras, planchas y demás artilugios que dicen hacen felices a
las amas, y amos, de casa. El pueblo se llenó de tendidos
eléctricos y zanjas de saneamiento y el corral dio paso al
cuarto de baño, los animales domésticos tuvieron que abandonar
la casa familiar y disminuyó el número y la calidad de las
moscas. Como toda regla tiene su excepción, la retirada de los
animales del casco urbano tuvo dos excepciones, los perros y los
gatos. Esto de los perros, junto con la inveterada costumbre de
hablar en misa, es algo que no tiene remedio en Benalauría según
un dicho popular. Un alguacil parece ser que reñía hasta al
perro de Santo Domingo, “vete que me vas a buscar la ruina”,
le decía, aunque sin gran éxito. En cuanto a los gatos, para
ellos no ha existido el cambio, ya que siguen con su vida
regalona de siempre por esos tejados y corrales, atentos a
descuidos que permitan saciar su hambre a expensas casi siempre
de embutidos, con una extraña preferencia por los cierta cámara
de la Plazoleta. Alguno incluso toca serenatas nocturnas al
piano. También progresó la Sanidad, con la apertura por primera
vez de una Farmacia y la atención diaria de médico y enfermera.
Por lo que respecta a la Educación, se ha avanzado de forma
indudable en la dotación de medios materiales, pero la calidad y
dedicación de los Maestros no ha venido acompañada, por
desgracia, de leyes adecuadas que permitan la promoción social y
económica por medio de la escuela pública, antaño de altísimo
nivel intelectual y hogaño simple guardería de niños y
adolescentes. La Transición alcanzó también a la Feria de Santo
Domingo, donde se instaló un puesto de turrón a nivel europeo y
mejoró sensiblemente el servicio de bar de la Plaza-caseta, pero
desaparecieron las románticas orquestinas, la popular música
de pitos, para dar paso a modernas orquestas ricas en
decibelios. La Fiesta de Moros y Cristianos, rescatada de su
desaparición en los años 70 por el Cronista de Ronda D. Emilio
Pérez, sufrió también su transición, impulsada por el
inolvidable Juan García y apoyada por la asociación juvenil “Ben
Hurí”, germen de la actual Asociación de Moros y Cristianos. El
pueblo, reunido en asamblea, encargó a José Antonio Castillo la
elaboración de un nuevo y original libreto que refleja los
hechos que probablemente acaecieron por estos pagos hace ya 500
años y que es bueno recordar porque los Pueblos que olvidan su
Historia están condenados a repetirla.
No puedo acabar este Pregón sin abundar en la
parte más reciente de la vida de nuestra Palmera, con su
desfilar incesante de tertulianos, siempre pesimistas en cuanto
al campo o al tiempo meteorológico o relativista y para cuyo
parecer, como decía el poeta,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor
En poco más de una docena de años, la Palmera ha
visto como llegaba hasta un especialista podador. El alguacil de
la gorra de plato se vio reemplazado por dos municipales, que,
amén de escoltar a la Alcaldesa en las Fiestas, sirven lo
mismo para un roto que para un descosío, aunque lo suyo no
es la aguja, sino el cobre, la llave inglesa o el pilotaje de
los dupes, estrafalarios ruidosos y utilísimos vehículos
que avisan de la pujanza de la albañilería local. Ha visto
también como los enfermos y depauperados árboles de la Plaza
eran sustituidos por otros nuevos, briosos y elegantes,
reflejando un cambio aún más importante que todos los
anteriores: la llegada de una mentalidad nueva, liderada por
jóvenes (algunos ya no tanto) tachados al principio de utópicos,
tendente a conservar el estilo arquitectónico tradicional de
estos pueblos y a recuperar en lo posible lo perdido, a buscar
en el propio pueblo el medio de vida independiente del poder
político, a rescatar las Fiestas Tradicionales, para lo que
existe una colaboración ciudadana que es envidia de toda la
Serranía. Fruto de estas iniciativas, debidamente apoyadas por
instituciones europeas y municipales, son la celebración de
varios Congresos con asistencia de especialistas de gran
prestigio, la Feria Anual de la Artesanía, la proliferación de
cooperativas e industrias y la presencia multitudinaria de los
amantes del turismo rural. Todo esto, es de justicia
reconocerlo, se debe a que el Pueblo vio saciada su sed secular
con un adecuado suministro de agua corriente, por lo que hoy
dispone incluso de una excelente piscina municipal. A propósito
del agua, y dado que es un bien cada vez más escaso, es
necesario insistir sobre el derecho de su disfrute y el deber de
su conservación y ahorro.
Como muestra de esta enorme transformación, se ha
pasado del dicho, cuando se mentaba a Benalauría “¿Y eso donde
está?”, a este otro “Hombre, ¿Tú eres de Benalauría?. Esta
última etapa ha visto como el Pueblo enriquecía su censo con
habitantes de tierras lejanas y habla extraña, alguno de ellos
participante directo en la recuperación etnográfica. Por cierto,
a quién corresponda, que no se eternice por cuestiones de fondos
la puesta en marcha de la Casa de Moros y Cristianos, segundo
Museo del que disfrutará este pueblo, junto con el exitoso Museo
Etnográfico.
Y ya para terminar, un recuerdo a los que se
fueron para siempre, en particular los inolvidables Fernando,
que murió como suele decirse al pie del cañón, Antonio,
el último de los hermanos Álvarez, María Conde, Carlos Álvarez,
Andrés Almenta y todos los que están en la mente de algunos de
los presentes y no quisiera dejar en el olvido. Solamente me
queda desear a nuestra Palmera y a todos los que diariamente la
acompañan, es decir, a todo el pueblo, una larga vida que les
permita seguir contemplando el progreso de este Pueblo, al que
todos criticamos pero que, como decía aquél gran poeta, queremos
porque no nos gusta y al que estamos unidos por lazos que el
tiempo va trenzando entre la tierra y los hombres, mujeres y
niños que nacen y habitan en ella.
¡Viva Benalauría y Viva Santo Mingo! |