Turismo rural y cultural en el Valle del Genal - Serrania de Ronda

FERIA EN HONOR AL PATRÓN SANTO DOMINGO

Pregón 2005, por Francisco Castillo Rodríguez (4 de agosto de 2005)

Ilma. Sra. Alcaldesa y Corporación Municipal de Benalauría, Junta de Festejos de 2005, Señoras y Señores: este encabezamiento, a la manera tradicional española, se hace para introducir un Pregón que no pretende ser políticamente correcto, y que por ello quiere evitar la cursilería linguística al uso para desgracia del idioma que se forjó, hace ya mil años, al abrigo de San Millán de la Cogolla, cabe el País de los Vascos. Sépase que este Pregón se ha escrito para las Fiestas de Santo Domingo de Guzmán, aquél Santo Mingo medieval, Defensor de la Fe y perseguidor de albigenses, y va dirigido a todas las personas presentes y a los vecinos de Benalauría, sin distinción de raza, religión o sexo, o género, como se dice ahora, de forma un tanto pedante. En especial, va dedicado a la generación que ahora anda por los 50 y más de los 60, que soportó en su niñez y juventud los rigores de la Autoridad y contempla ahora atónita, en la madurez, como es la Autoridad la que está sometida a todo tipo de rigores. Y sin más preámbulos, va a comenzar el Pregón de Fiestas que la Junta de Festejos de 2005 me ha ofrecido gentilmente escribir y leer, galanura que les agradezco, ya que afortunadamente existen hoy muchas personas capacitadas  para este menester.

En honor de Santo Domingo de Guzmán, Patrón de Benalauría

 

HISTORIA DE UNA PALMERA
Primera parte: los albores

 
Durante los últimos 50 años, la vida del pueblo de Benalauría ha transcurrido  en íntima relación con la Palmera situada enfrente, regada por el caudal que alimenta la fuentecilla que tesoneramente hace sonar su agua en los silencios de la madrugada veraniega. La Palmera se puso cuando era Regidor de esta Villa Pedro Alvarez, gran plantador de árboles que con el tiempo han adquirido predicamento, esplendor y envergadura, como atestigua la propia palmera, multitud de naranjos y algún aliso ribereño del Genal, escogido por cierto como componente del catálogo de árboles de Andalucía. Era entonces Benalauría un pueblo cervantino, con su Cura permanente, su Bachiller Maestroescuela y su Maestro Barbero, que asentaba sus reales en la plazoleta, donde rapaba barbas, sacaba muelas y arreglaba todo tipo de calzado, amén de prodigar sabias consejas a quien las había de menester. También había un Ayuntamiento donde no había dinero ni para pagar al Secretario Don Diego Torés, ni al Oficial, Joselito el Aserraor, de prodigiosa caligrafía, admirador de lo teutón y gran adorador de Baco. Un Alguacil de gorra de plato, gafas de concha, pantalón de rayadillo, cinturón militar y camisa azul mahón cuidaba los asuntos municipales y ordenaba a los zagales en las procesiones. En esa época, los niños y las niñas estudiaban en las humildes escuelas sitas en el edificio neoclásico que configura una de las fachadas de la Plaza mandado edificar, junto con la Iglesia, por los Gobernantes ilustrados, algunos de ellos masones de pro, que disfrutó España durante un corto período del siglo XVIII. A mediados de los años 50 se procedió también a la remodelación de la Plaza, entonces terriza, donde habían tenido tradicionalmente lugar unos festejos taurinos paupérrimos, dignos de ser grabados por el mejor Berlanga, y felizmente sustituidos por la Fiesta de Moros y Cristianos que vamos a disfrutar el próximo Domingo, y donde afortunadamente no muere nadie, ni siquiera un pobre animal asustado e indefenso. Esta Fiesta, como todo el mundo sabe, se empezó a celebrar en Benalauría hacia mediados de siglo en un ambiente de orquestinas de boleros y pasodobles, puestecillos de turrón de tela, peligrosas volaoras, hojalateros, saltimbanquis, titiriteros y sacamuelas de todo tipo, que venían a ganarse un mísero sustento. Por aquél entonces, multitud de niños alborotaban las empedradas calles jugando a “varra”, “meclén”, “la billarda”, el “aro” o la “guerra” y las niñas jugaban al corro en la Plaza, bajo la atenta mirada de la Maestra Doña Carmen, como escribía el Maestro del pueblo  

“A la rueda rueda,
del corro en la Plaza,
ingenuos romances
la infantil grey canta”

Al principio chiquita, la Palmera parecía que no iba a resistir los rigurosos y lluviosos inviernos que, para consuelo de añorantes, volverán sin duda con los ciclos climáticos de la Naturaleza. Pero, como el propio pueblo, sobrevivió en aquella España autárquica y famélica y que iba muy pronto a cambiar como consecuencia de la instauración de políticas económicas más modernas y acordes con los tiempos. Así, el pueblo, densamente poblado e incapaz de ofrecer a sus hijos digno sustento, se fue poco a poco despoblando al calor que la cercana Costa y su turismo ofrecían a la mayoría de lugareños, los menos osados, ya que los más hicieron “las Alemanias”, marchando al país de los teutones que los acogió con su miaja de racismo, pero que en cualquier caso les ofreció un puesto de trabajo digno y una seguridad económica de la que muchos disfrutan todavía. Aquellos emigrantes iban con sus papeles en regla y podían mirar a la cara a sus patronos, porque estaban contribuyendo a reconstruir una Europa devastada y no pretendían morder aviesamente la mano que los alimentaba. Sirva esto de aviso a navegantes. Todo ello, junto con la introducción de una incipiente Seguridad Social y las primeras pensiones de desempleo y jubilación constituyó un atisbo de revolución económica, ya que no social o política, dado que estos pueblos dejaron de depender de lo que daba el campo y de ansiar boquiabiertos el contrabando que llegaba de Gibraltar de manos de los recoveros. Y de esta forma, los habitantes del valle comenzaron a aumentar su nivel de vida al tiempo que conservaban su dignidad.

La Palmera iba creciendo y ya sobrepasaba el cuerpo de un “quinto” de los que celebraban la fiesta de la talla con alegres y ruidosas bromas, propias de la edad. Y los mayores empezaban ya a buscar su tenue sombra en febrero, porque ya se sabe que en febrero busca la sombra el perro y en marzo, el perro y el amo. La agudeza y socarronería de aquellos primeros asiduos a la Palmera para sí la hubiera querido D. Francisco de Quevedo, y entre sus expresiones abundaban las habituales del castellano viejo: el lugar, por vía é..., corrió en pos é... o qué guapa está la mozuela, que entonces se podía decir sin peligro de ser detenido por acoso. Alguno de aquellos tertulianos parecía sacado de un cuadro del Greco o de un Lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse nuestro inmortal Cervantes, el Manco de Lepanto, protagonista, hay que decirlo hoy bien clarito, de la Mayor Ocasión que vieran los Siglos. Los comentarios de aquellos mayores reflejaban también la estancia del hijo e el nieto en la Costa, Barcelona, Bilbao o en una ciudad muy rara que se llamaba Minchen, de los que llegaban buenos dineros. Por desgracia, esta recuperación económica fue acompañada por la destrucción de gran parte del patrimonio étnico del Pueblo en aras de una supuesta modernización arquitectónica a lo bauhaus, que significa casas con aspecto de gran caja de cartón y sin tejado. Poco más o menos en esa época, el rincón palmeril se afianzó como concitador de corrillos gracias a un establecimiento cercano, el bar de Almagro, que ya lo acompañaría siempre hasta la jubilación de su popular patrón. Por cierto, que a la entrada de la carretera de Ronda, sentaba sus reales Farruco en una Venta de obligada parada y donde se permitía el lujo de no cobrar ni a los americanos porque, como decía la canción

Para una vez que pasas por la Venta
no te cobro la bebía

El lento crecimiento de la Palmera venía acompañado por la inexorable sustitución de los viejecitos que sesteaban antaño a su cobijo por otros, que seguían haciendo los mismos o parecidos comentarios, siempre girando alrededor del campo o de la falta de lluvia. Era la época de los discos dedicados desde el recién instalado equipo de altavoces en la Parroquia, a través de los cuales se facilitaron no poco las relaciones entre mozos y mozas, entonces bastante dificultadas por parte de la autoridad familiar, civil y militar. También apareció la televisión, que sustituyó a las sesiones de cine español emitidas por Salvador en cá Antonia la del Patio a las que había que llevarse la silla propia. Algunos vieron en Algatocín como España ganaba a Rusia el Campeonato de Europa de fútbol con el gol de Marcelino y poco después pudimos ver, ya en la Televisión del Teleclub municipal, hoy salón de Plenos, cómo Massiel ganó a Serrat el Festival de Eurovisión. La juventud se entretenía con las jiras campestres al Bailaero,  la Huerta Albalate o al Río Genal, con el que por cierto se era más respetuoso que ahora. También había partidos de fútbol contra los pueblos vecinos, con resultados a favor y en contra, e incluso un célebre empate a dos, partido que se celebró en esta Plaza con permiso de la Autoridad Municipal y bajo la dirección de cierto colegiado muy casero que decía ignorar eso de los corners y los penaltis por ser voces de procedencia anglicana. Vino por entonces la Cátedra de la Sección Femenina, que contribuyó a recuperar folklore y tradiciones, como el fandango de Benalauría, aunque con la escasa dotación presupuestaria de rigor en aquellos tiempos.

 

Segunda parte: la madurez

Cuando la Palmera llegó a su mayoría de edad, más o menos la mitad de años que tiene ahora, vio como en su puesta de largo se desataba un vendaval que iba a transformar de forma radical las formas de vida tradicionales. La transición pacífica de la Dictadura a la Monarquía Parlamentaria, asombro de todos los países y que ahora algunos parecen querer desmontar de forma irresponsable, fue debida en gran parte a la generación de los que estamos en la cincuentena. Primero se votó al Alcalde y luego la Constitución y a los diputados de algo que llamaban partidos políticos, que venían a banderas desplegadas y que prometían el oro y el moro cuando llegaran a Madrid y se constituyera el Parlamento. Este cambio, hay que decirlo, no fue bien recibido por todo el mundo y más de un furibundo demócrata local de ahora aborrecía entonces la libertad que el pueblo español empezaba a conquistar. Y de la que como muestra hay una célebre foto con dos jovenzuelos imberbes, puño en alto y bandera blanquiverde en ristre, en el balcón del Ayuntamiento de Benalauría, hecho entonces ilegal que la Autoridad Municipal acogió con fingida y paternalista severidad.

La segunda parte de la historia de la Palmera ha transcurrido con gran rapidez, al menos según la percepción del que esto les lee. Con la Democracia se afianzó el Estado de Bienestar, se acabó la emigración y España se convirtió en la décima potencial industrial del mundo. Todo esto se ha visto reflejado en este Pueblo, como en todas las partes de España, por la prosperidad popularmente asociada al paso de la Radio a la Televisión. Los receptores y las antenas poblaron las casas de la vecindad, dejando un

desolado paisaje
de antenas y de cables...

que diría el poeta urbano, junto con neveras, lavadoras, planchas y demás artilugios que dicen hacen felices a las amas, y amos, de casa. El pueblo se llenó de tendidos eléctricos y zanjas de saneamiento y el corral dio paso al cuarto de baño, los animales domésticos tuvieron que abandonar la casa familiar y disminuyó el número y la calidad de las moscas. Como toda regla tiene su excepción, la retirada de los animales del casco urbano tuvo dos excepciones, los perros y los gatos. Esto de los perros, junto con la inveterada costumbre de hablar en misa, es algo que no tiene remedio en Benalauría según un dicho popular. Un alguacil parece ser que reñía hasta al perro de Santo Domingo, “vete que me vas a buscar la ruina”, le decía, aunque sin gran éxito. En cuanto a los gatos, para ellos no ha existido el cambio, ya que siguen con su vida regalona de siempre por esos tejados y corrales, atentos a descuidos que permitan saciar su hambre a expensas casi siempre de embutidos, con una extraña preferencia por los cierta cámara de la Plazoleta. Alguno incluso toca serenatas nocturnas al piano. También progresó la Sanidad, con la apertura por primera vez de una Farmacia y la atención diaria de médico y enfermera. Por lo que respecta a la Educación, se ha avanzado de forma indudable en la dotación de medios materiales, pero la calidad y dedicación de los Maestros no ha venido acompañada, por desgracia, de leyes adecuadas que permitan la promoción social y económica por medio de la escuela pública, antaño de altísimo nivel intelectual y hogaño simple guardería de niños y adolescentes. La Transición alcanzó también a la Feria de Santo Domingo, donde se instaló un puesto de turrón a nivel europeo y mejoró sensiblemente el servicio de bar de la Plaza-caseta, pero desaparecieron las románticas orquestinas, la popular música de pitos, para dar paso a modernas orquestas ricas en decibelios. La Fiesta de Moros y Cristianos, rescatada de su desaparición en los años 70 por el Cronista de Ronda D. Emilio Pérez, sufrió también su transición, impulsada por el inolvidable Juan García y apoyada por la asociación juvenil “Ben Hurí”, germen de la actual Asociación de Moros y Cristianos. El pueblo, reunido en asamblea, encargó a José Antonio Castillo la elaboración de un nuevo y original libreto que refleja los hechos que probablemente acaecieron por estos pagos hace ya 500 años y que es bueno recordar porque los Pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla.

No puedo acabar este Pregón sin abundar en la parte más reciente de la vida de nuestra Palmera, con su desfilar incesante de tertulianos, siempre pesimistas en cuanto al campo o al tiempo meteorológico o relativista y para cuyo parecer, como decía el poeta,

cualquiera tiempo pasado
fue mejor

En poco más de una docena de años, la Palmera ha visto como llegaba hasta un especialista podador. El alguacil de la gorra de plato se vio reemplazado por dos municipales, que, amén de escoltar a la Alcaldesa en las Fiestas, sirven lo mismo para un roto que para un descosío, aunque lo suyo no es la aguja, sino el cobre, la llave inglesa o el pilotaje de los dupes, estrafalarios  ruidosos y utilísimos vehículos que avisan de la pujanza de la albañilería local. Ha visto también como los enfermos y depauperados árboles de la Plaza eran sustituidos por otros nuevos, briosos y elegantes, reflejando un cambio aún más importante que todos los anteriores: la llegada de una mentalidad nueva, liderada por jóvenes (algunos ya no tanto) tachados al principio de utópicos, tendente a conservar el estilo arquitectónico tradicional de estos pueblos y a recuperar en lo posible lo perdido, a buscar en el propio pueblo el medio de vida independiente del poder político, a rescatar las Fiestas Tradicionales, para lo que existe una colaboración ciudadana que es envidia de toda la Serranía. Fruto de estas iniciativas, debidamente apoyadas por instituciones europeas y municipales, son la celebración de varios Congresos con asistencia de especialistas de gran prestigio, la Feria Anual de la Artesanía, la proliferación de cooperativas e industrias y la presencia multitudinaria de los amantes del turismo rural. Todo esto, es de justicia reconocerlo, se debe a que el Pueblo vio saciada su sed secular con un adecuado suministro de agua corriente, por lo que hoy dispone incluso de una excelente piscina municipal. A propósito del agua, y dado que es un bien cada vez más escaso, es necesario insistir sobre el derecho de su disfrute y el deber de su conservación y ahorro.

Como muestra de esta enorme transformación, se ha pasado del dicho, cuando se mentaba a Benalauría “¿Y eso donde está?”, a este otro “Hombre, ¿Tú eres de Benalauría?. Esta última etapa ha visto como el Pueblo enriquecía su censo con habitantes de tierras lejanas y habla extraña, alguno de ellos participante directo en la recuperación etnográfica. Por cierto, a quién corresponda, que no se eternice por cuestiones de fondos la puesta en marcha de la Casa de Moros y Cristianos, segundo Museo del que disfrutará este pueblo, junto con el exitoso Museo Etnográfico.

Y ya para terminar, un recuerdo a los que se fueron para siempre, en particular los inolvidables Fernando, que murió como suele decirse al pie del cañón, Antonio, el último de los hermanos Álvarez, María Conde, Carlos Álvarez, Andrés Almenta y todos los que están en la mente de algunos de los presentes y no quisiera dejar en el olvido. Solamente me queda desear a nuestra Palmera y a todos los que diariamente la acompañan, es decir, a todo el pueblo, una larga vida que les permita seguir contemplando el progreso de este Pueblo, al que todos criticamos pero que, como decía aquél gran poeta, queremos porque no nos gusta y al que estamos unidos por lazos que el tiempo va trenzando entre la tierra y los hombres, mujeres y niños que nacen y habitan en ella.

¡Viva Benalauría y Viva Santo Mingo!

           

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