Isabel Sánchez Heras -
El Genal
Publicado en el número 3 de la revista El Genal en julio de
2000
Jacinto Villanueva Rodríguez
nació en Cortes de la Frontera. Allí, en Cortes, tuvo muchos
oficios: regentó un bar, fue agricultor, hizo quesos, tuvo caballería
y fue también talabartero. Lleva casado cuarenta años
con la misma mujer: María Vega Vázquez. Ella es de Benadalid
y desde que se casaron viven en este pueblo. Vivieron y también
trabajaron aquí.
Recién casados, ellos empezaron
a hacer el pan del pueblo. Por entonces no había panadero allí,
el pan venía cada día de fuera. Pero no tenían despacho
de pan, lo que hacían era llevarlo a las tiendas del pueblo y allí
era donde se vendía, haciendo así participar a más
gente de los beneficios de su trabajo.
Ninguno de los dos eran panaderos, pero
en la antigua «Harinera Caños Santos» de Ronda le enviaron
un panadero durante una semana para que aprendiesen a hacer el pan. Esa
fue la única instrucción que tuvieron.
Prueba de lo bien que les fue siendo
panaderos es el tiempo que se llevaron, que fue hasta la jubilación.
El horno era de leña, ¡menos
mal!, porque nos cuentan que la luz durante la noche se iba varias
veces y de día ni siquiera había luz eléctrica.
Cuando Jacinto se jubiló, se
cerró la panadería. Su única hija, Mª Ángeles,
se casó y se fue a vivir en un principio fuera del pueblo.
La casa de Jacinto y María
era una casa abierta al pueblo para muchas cosas. Él hacía
y ayudaba en todo lo que podía a sus vecinos.
Durante el invierno iban las mujeres
al horno por los rescoldos de haberlo encendido para cocer el pan, así
muchos se calentaban de balde. Luego en el verano, como no se necesitaba
brasero, guardaba las ascuas en un bidón, lo tapaba, así
se ahogaban y se hacían carbones con los que luego llenaba los sacos
de papel de la harina y los vendía.
En el horno también asaba los
pimientos para los picadillos que le llevaban, y los bizcochos, y las magdalenas...
prestaba su horno para todo lo que hiciese falta.
Otra de las cosas que hacía era
matanza de chivos y corderos, y hacía con ellos chacinas que luego
vendía.
Benadalid por entonces, era un
pueblo íntegramente agricultor y ganadero. Pero no había
romanas para pesar. Él tenía la única que había
en el pueblo, y servía para todos, era como si fuese «La Romana
de la Villa de Benadalid». Pesaba animales, castañas, frutas...
Para aportar servicios al pueblo lo
prestó hasta cuando llegó la tecnología. Su televisor
fue el primero que hubo en el pueblo. Por la noche iba la gente con sus
sillas a ver la tele en su casa. De esto tiene él un buen recuerdo,
pero su hija no lo veía tan bien pues él tenía que
irse a cenar en la mesa de amasar, y de pie, porque en el resto de la casa
había gente sentada viendo la televisión.
Hizo de veterinario y practicante poniendo
de vez en cuando inyecciones a sus vecinos.
De todos sus oficios y ocupaciones,
la que recuerda con más añoranza fue la de talabartero. Tenía
mucho trabajo cuando se dedicaba a ello, propiciado sobre todo por no haber
apenas coches. Todo se hacía con animales como mulas. El oficio
lo aprendió de «Voluntad Propia».
Cuando ya vivía en Benadalid
sólo trabajaba la talabartería de vez en cuando por entretenimiento
o para hacer algún regalo. Quiso enseñar a su nieto José
Mª, «pero para aprender esto hace falta tiempo y la medida del
tiempo hoy en día es distinta». Entonces también había
más materiales que ahora: rafia, hilos, lonetas... ahora de esos
materiales no hay tanta variedad.
Jacinto nos hizo una reflexión
muy buena sobre el porqué ha desaparecido este oficio artesano:
«El oficio de arriero, está desapareciendo. La talabartería
era sobre todo para adornar a los animales, como ya no se utilizan animales
para el transporte o la carga, pues el oficio de talabartero, también
desaparece». Él se queja de que los trabajos de artesanía
hoy en día no se valoren todo lo que se deben valorar. La producción
industrial hace las cosas muy rápidas y eso en gran medida hace
que lo que necesita más tiempo, más dedicación, lo
manual, no tenga mucho mercado.
Lo poco de artesanía que se vende
es en las tiendas de souvenirs y recuerdos.
Dice Jacinto que no se arrepiente de
todo lo que hizo, y nos lo dice de un modo muy convencido. Está
orgulloso de haber sido como fue: abierto y servicial para con el pueblo,
eso mismo es lo que le gustaría que hubiesen aprendido de él
sus nietos. Él y su esposa María viven en el pueblo, que
ahora está un poco más vacío, en la plaza, en la misma
casa en donde se hacía el pan. Aún sigue abierta.