Francisco Gutiérrez
García
Publicado en el número 1 de la revista El Genal en abril de
2000
Luces
doradas del cielo
Sobre
el Valle del Genal.
Cada
pueblo es una estrella,
Una
sonrisa hecha cal;
Suspiro
de amor y gloria
Del
gran Dios de la Bondad.
Sales
de Ronda con el alma vibrando de emociones, con los ojos inundados de historia
y de arte, con la sensación de haberte sentido paloma entrelazando
vuelos sobre lo profundo del Tajo.
Y
te adentras en la Sierra creyendo que parajes grisáceos de escarpaduras
y soledad te acompañarán y oprimirán el pensar y el
sentir.
¡Cuán
equivocado estabas!
¡Cuanta
sorpresa, cuanto misterio y cuanto embrujo!
Cada
paso que das te va sumiendo en una tierra de fantasía.
Sobre
la paleta de tu vista se van mezclando los grises, los violetas, los verdes
y sienas y el azul que al conjuro de la luz todo lo cubre.
Parece
que junto a ti alguien está, que no caminas sólo; que sombras
del ayer se cogen de tu brazo y comulgan contigo en el asombro y la admiración
de esta maravillosa tierra.
Paralelamente
a la carretera discurre la antigua Vía Romana que unía Arunda
y Acinipo con la lejana Carteia o Portus Albus del itinerario antonino.
Se
recortan en el telón chinesco de la historia, entre brumas de recuerdos,
las figuras de legionarios romanos con ansias de conquista, de comerciantes
que ensalzaban y pregonaban nuestras riquezas; de misioneros con calentura
en el alma y los ojos buscando un lugar más allá de la luz,
de contrabandistas y mochileros , de peones de la brega y de gentes ilusionadas
en metas de esperanzas.
Junto
a esta senda de piedras pulidas por los pies de la historia y hollada por
el afán y los deseos, emerge un hito, un testigo luminoso y permanente
del buen hacer de los hombres, Benadalid.
La
Sierra de su mismo nombre, como blonda grisácea, lo embellece y
protege.
Sobre
el azul, las águilas trenzan los vuelos en este cañamazo
de ensueño festoneado por el violeta y plata del Genal.
BREVES
PINCELADAS HISTÓRICAS Unos
romanos quedaron presos de la belleza del lugar y aquí edificaron
una villa que, posteriormente fortificada, se convertiría en un oppiudum.
Se
supone que fue el primer cimiento de nuestro castillo.
En
el año 711, un jefe beréber, Zayde-Ibn-Kesadi, frenó
sus ansias de conquista y aquí aposentó a sus huestes. El
encanto del paisaje y la promesa de sus riquezas mordió su alma
y convirtió al guerrero en soñador.
Según
el historiador Dozy se afinca una población berberisca, la tribu
de ojos profundos y espíritu inquieto llamada Beni-Al-Jalí.
Tribu que dedicada a los cultivos no olvidó sus armas tomando parte
activa en las insurrecciones de la Serranía frente al Califato.
Tanta importancia tuvo y tan célebre se hizo que se consideró
capitalidad de la Cora Takurunna.
Formó
parte de los reinos de Málaga y Sevilla siendo cedido al de Granada
en 1293 por el emir Abu Yacub.
Como
es lógico ya estaba perfectamente configurado nuestro alcázar
o castillo.
En
1485, tras la conquista de Ronda, se entrega sin lucha a las mesnadas del
Duque de Cádiz.
Por
Real Cédula los Reyes Católicos en 1.494 ceden al segundo
Conde de Feria, Gómez Suárez de Figueroa los lugares de Benadalid
y Benalauría, como Señorío, con capitalidad en el
primero.
Posteriormente
pasa al Señorío, por venta, al Marqués de Tarifa,
señor de Alcalá. Año de 1518.
En
el siglo XVII por Real Cédula de Felipe V se conceden al Duque de
Medinaceli el Señorío de Benadalid (Datos del profesor Sierra
de Cózar).
En
1.810 se destaca Benadalid como punto nefasto para el ejército napoleónico.
Aquí fue herido de muerte el general del ejército francés.
Tantos
destrozos se le ocasionaron y tantas bajas sufrieron que la antigua vía
romana fue rebautizada por los franceses como «Camino de la Amargura».
En
1820, el Duque de Medinaceli donó el castillo al Ayuntamiento para
que fuera ubicado en él el cementerio.
En
el patio del Castillo,
Actualmente
camposanto,
Se
han convertido en cruces,
Las
espadas de antaño.
Benadalid
es un pueblo que se enfrenta con ilusión al presente y al futuro.
Lugar
de sueños y esperanzas, de sonrisas luminosas y brazos abiertos
al afecto y al sosiego.