Javier Robles Andrade
Publicado en el número 6 de la revista El Genal en noviembre de
2000
El viernes 27 de octubre
asistí, en Atajate, a la Jornada de Trabajo «Parques Eólicos
y la Serranía de Ronda», organizada por el Área de
Medio Ambiente y Actividades Industriales de la Diputación
Provincial de Málaga, el Excmo. Ayuntamiento de Atajate y el CEDER
Serranía de Ronda.
Cuando hablamos
de «parques» eólicos (utilizan intencionadamente, las
empresas, la palabra «parques», para evitar la denominación
«centrales», a la instalación de un conjunto de varios
aerogeneradores, sosteniendo cada uno de ellos, tres palas con longitud
éstas de más de 30 metros, colocadas sobre unas torres tubulares
de acero, que tiene una altura entre 60 y 100 metros. Desde luego, la imagen
que dan estas centrales eólicas construidas en las crestas de los
cerros más elevados, en nada se parece a un parque, por mucha imaginación
que tengan), estamos hablando del aprovechamiento de la energía
del viento que se realiza mediante unas máquinas, conocidas como
aerogeneradores, que son capaces de transformar la energía del
viento en energía útil, produciendo electricidad que puede
ser vertida a la red eléctrica convencional.
Los representantes
de las empresas dijeron bien claro el por qué de su interés
por esta energía, los beneficios que pueden obtener, los propietarios,
por ser un buen negocio y hacer rentables sus propiedades, una ocasión
que no quieren dejar escapar, y algunos alcaldes del Valle, por los ingresos
que pueden obtener para las arcas del ayuntamiento. La concejala de Medio
Ambiente de Casares, a una pregunta formulada por el alcalde de Gaucín,
hablaba de más de 100 millones de pesetas de beneficio para su ayuntamiento,
por autorizar la construcción de la central eólica de Casares.
A algunos alcaldes de la Serranía se le abrieron los ojos y tomaron
buena nota. En definitiva, como dijo un empresario en la Jornada, «todo
el mundo nos movemos por el dinero».
Una vez más,
nos enfrentamos, en la Serranía de Ronda, a una oportunidad de ganar
dinero rápido. Antes fue, la construcción de campos de golf.
(Es la «cultura del pelotazo», motivada y apoyada por la egemonía,
del entonces partido socialista español). Nuestra Constitución
Española, en su artículo 38 reconoce la libertad de empresa
en el marco de la economía de mercado «libre», un traje
a la medida para empresarios, propietarios de terrenos y alcaldes,
para la ocasión que supone la construcción de centrales eólicas.
Además, la base y el fundamento de nuestro derecho actual se asienta
en la inviolabilidad y hasta en la exaltación del derecho de propiedad.
Pero, cuando los
intereses de empresarios, propietarios y alcaldes, perjudican a los intereses
del conjunto de la sociedad, incluido el medio ambiente, ¿cuál
de ellos prevalece?, ¿quién defiende los intereses de todos/as?
Cada vez más, nuestro comportamiento obedece a concepciones y políticas
destructoras del bien común, que han hecho de los valores y criterios
propios de la economía de mercado capitalista la referencia exclusiva
y la medida de lo bueno, lo útil y lo necesario. Esto nos lleva
a que gane el mercado, sobre todo los intereses legítimos pero particulares
de la empresa privada, del propietario y del ayuntamiento que corresponda,
y de hacer que pierda la sociedad (en esta historia, la Serranía
de Ronda). Lo importante es ganar. El Bien Común ocupa un lugar
subordinado, secundario y residual. Ya no cuenta la persona humana y el
medio ambiente, sino la eficacia y la rentabilidad.
En nuestras sociedades
llamadas «desarrolladas», ya no tenemos gran cosa «en
común». Estamos perdiendo el sentido de «estar y hacer
juntos», el sentido del «bien común». Se ha dado
prioridad a los itinerarios individuales (mi formación), a las estrategias
individuales de supervivencia (mi empleo, mi sueldo) y a los «bienes
individuales» (mi coche, mi ordenador) considerados como la expresión
fundamental e irreemplazable de la libertad.
Hoy en día
nos enfrentamos con la necesidad de (re)construir el bien común.
Su (re)construcción implica transformaciones
considerables en los planos políticos, económico y social,
para que ganemos todos/as y no sólo unos pocos; y lo que es más
importante, que podamos vivir todos/as. Contra la competitividad desenfrenada,
hay que volver a poner al bien común en el centro de nuestro interés
y no el mercado. El mercado tiene que estar al servicio del bien común
y no al revés. El derecho a la propiedad privada tiene que estar
subordinado al uso común, al destino universal de los bienes. Muchos/as,
al terminar de leer este artículo se preguntarán. ¿Qué
ganamos defendiendo el bien común? La respuesta es tajante, ser
más humanos. Este «orden» económico no es sostenible
y por tanto no merece la pena sostenerlo, deja muchos miles de millones
de personas en la cuneta de la historia. Aunque siempre hay empresarios,
alcaldes y propietarios, como los de la Serranía de Ronda, que se
apuntan a la «cultura del pelotazo», también hay siempre,
mujeres y hombres que volverán a empezar y a intentarlo de nuevo,
la (re)construcción del bien común.