Isabel Sánchez Heras -
El Genal
Publicado en el número 1 de la revista El Genal en abril de
2000
El
primer día que me fui por los pueblos, en el primero que paré
fue en Atajate. Y justo al llegar empezó a llover. De un modo muy
suave, pero después de tantos meses sin lluvia, aquello lo sentí
como un gran alivio. Pero también hice un poco de deducción
ancestral, recibí aquella lluvia como símbolo de algo nuevo
que germinaría.
El
pueblo, a pesar de tener una carretera que lo atraviesa, es silencioso,
de vez en cuando se oye un chiquillo, o un perro ladrar, o los hombres
en el bar. Pero incluso los coches de la carretera pasan sigilosos.
Me
propuse buscar en este pueblo alguien que me hablase sobre el pueblo, cómo
era la vida antes, que me contase algo de historia, del campo... en definitiva,
que quisiese charlar un rato conmigo para saber un poco más del
pueblo.
Ya
sabemos que en los pueblos, preguntando, y no mucho, podemos dar fácilmente
con alguien que busquemos. Yo no pregunté por Antonio, ni por Catalina
su señora, pero cuando di las características de la persona
que buscaba, María, sin ir a preguntar más, me llevó
a él, a ellos.
Conversar
con ellos, además de interesante, fue muy fácil, pues son
personas de llana comunicación, y bastante cariñosas.
Después
de ese día nos saludamos con mucho cariño cuando llego al
pueblo, o incluso cuando paso con el coche y ellos están en el umbral
de su puerta al sol. Pues su casa está en la carretera que atraviesa
el pueblo (travesía).
Antonio
Rubiales Sánchez, y su esposa Catalina Sánchez Diago, tienen
setenta y siete y setenta años respectivamente y son personas quizás
muy agradecidas a la vida, por eso en sus rostros hay una expresión
de alegría y complacencia.
Yo
llegué preguntándole a Antonio qué es lo que hacía
además de estar jubilado, como forma de empezar a comunicarme con
él. Entonces fue cuando Catalina empezó a enseñarme
monederos, y alpargatas de adornos para el coche. Él, por ratos,
mientras disfruta de su merecida jubilación, es artesano. Hace adornos
con soga, pita, esparto, rafia... Lo que hace lo regala a sus sobrinos,
nietos, a las visitas... y también vende algunas cosillas en el
Bar la Parada. Pero esto lo hace más que nada Antonio por placer,
por ver que su jubilación, de algún modo, es también
productiva. Casi todo el mundo en el pueblo tiene alguna cosita hecha por
Antonio.
Esta
labor la aprendió de niño en el campo. No se la enseñó
nadie, fue autodidacta. Trabajó cuidando animales, y trabajó
también la tierra. Y es que Atajate, en el pasado, dio mucho trabajo.
Había más de cuarenta y ocho alambiques para destilar vinos
y licores. Se crearon todos estos alambiques porque habían muchas
viñas. Por entonces había mucha más gente en el pueblo
y todas las viñas eran cavadas a mano, jamás se le metían
yuntas. Por eso tenían que venir también gentes de otros
pueblos, de Jimera, Benadalid, Alpandeire... a trabajar. Los hombres estaban
todo el día en el campo, y las mujeres si podían les llevaban
la comida, algo caliente.
Catalina,
su esposa, me cuenta que su abuela no era del pueblo, era «maestra
escuela» de Málaga, y vino aquí a trabajar.
Conoció
al que fue su abuelo y se casaron. La madre de ella sí que nació
en el pueblo, y ella también. Según dice, su abuela en aquel
entonces era una persona considerada en el pueblo pues tenía carrera.
Nunca
han querido irse del pueblo, ni ahora tampoco que ya están jubilados.
Han salido fuera del pueblo, incluso a Barcelona, pues tienen un hijo allí,
pero como en el pueblo no se vive en ningún sitio. Tienen otro hijo
que sí que vive con toda su familia en el pueblo, pero les gustaría
que el hijo que tienen en Barcelona pudiese vivir también en el
pueblo para estar juntos.
Se
me queja Antonio de lo mala que era la vida antes. La gente se moría
muy pronto, pues no había tantos alimentos, ni tanta medicina. Tenían
muy mala vida. Para ir al médico tenían que ir hasta Jimera
de Libar, y todo el camino hacerlo con bestias o andando. Tampoco había
productos para tratar las enfermedades de las plantas del campo, no había
insecticidas, ni plaguicidas..., por eso el pueblo se vino abajo. Vino
una epidemia de filoxera, y se murieron todas las viñas, entonces
la gente empezó a irse del pueblo poco a poco, a Alemania, Francia,
Cataluña, País Vasco... Y luego, cuando lo de la Costa del
Sol se puso bien, se fueron yendo también a la costa, a los hoteles,
a la construcción...
A
ellos les gusta más la vida de ahora, con mucha comida, el médico
en el pueblo, los coches para ir a todos los sitios, la tele, la lavadora...
dice Catalina que la vida ahora es «un puñao más fácil».
Para
que yo fuese una más como la gente del pueblo, me regaló
unas alpargatas que llevo colgadas en el coche, y una cartera.
Están
perfectamente tejidos, a pesar de tener Antonio unas manos ásperas
y rígidas de trabajar en el campo. Ellos, mientras puedan, seguirán
viviendo en el pueblo.