Justo a la altura del Cerro de los Frailes la carretera se adentra en el término municipal de Atajate, el municipio más pequeño, al menos en los dos últimos siglos, de la provincia de Málaga. Se inicia un descenso con complicadas curvas, de pronto se nos muestra el valle del Genal con toda su belleza. Mientras el camino va por áridas tierras de pastos, a una considerable altura, frente a nosotros se abre la panorámica y se divisan ya algunos pueblos, sobre todo Faraján, que se extiende llano entre bosques; más a la derecha y en pronunciada pendiente se ve Pujerra; y, al fondo, el símbolo de este valle, el Pico de Crestellina.
De pronto, después de una curva, se nos muestra el caserío de Atajate, con su iglesia en el centro, demasiado grande para población tan escueta. Se encuentra en una zona llana, en medio de tierras de bujeo, que hacen de límite entre la zona caliza y la silícea, dominantes en la comarca. Está ubicada a los pies de un cerro totalmente rocoso y repleto de cortaduras, llamado Los Tajos, nombre que se da aquí a los precipicios. Se cree que sobre ese cerro hubo una vez un castillo, pero no hay de él vestigio alguno, sólo noticias en un texto árabe de la Edad Media. En su cima se encuentra el cementerio, entre las ruinas de la vieja iglesia parroquial de 1505 que fue destruida por los franceses en 1810; y en ese entorno abundan las ruinas de antiguas viviendas, pues este pueblo se ubicaba antaño arriba, y luego se ha venido rebajando en busca del camino y de las fuentes.
El pueblo se organiza en torno a dos elementos principales: la plaza, en la que está el Ayuntamiento y la cruz de piedra, y la carretera, que es la calle principal, en cuyo centro está la iglesia. Pocas casas antiguas mantienen su fachada dieciochesca, aunque hay una que puede ser emblema de la arquitectura serrana de aquel siglo, es la primera de la calle Vieja: tiene portada y rejas de antología.
Los alrededores del pueblo, sobre todo en primavera, son una verde pradera y, mientras más cerca del valle posamos la mirada, más espeso se muestra el bosque. Hacia el norte, en cambio, la tierra es endeble y casi inexistente entre las rocas calizas, como hemos observado. Toda esa tierra pobre y de pastos era a principios del siglo XIX tierra comunal o de propios y pasó posteriormente a ser de titularidad privada.
Atajate añora tiempos idos que fueron buenos, sobre todo del siglo XIX, cuando tuvo fuerzas para construir su hermosa iglesia y los campos eran casi sin pausa una viña fértil. Coincidiendo con el fin de siglo se produjo la ruina. La epidemia de filoxera que acabó con los viñedos en toda la provincia, aquí también causó estragos. La treintena de lagares que había en su término aún son visibles para recordarlo. En el pueblo quedan dos activos y uno en desuso desde hace varios años. Éste es el que presenta mayor interés, porque conserva un antiquísimo sistema de prensado que en el ALEA aparece recogido como ejemplar único. Debe ser el sistema que se usara desde el Neolítico. Se encuentra en la calle de Las Mateas.
También se hubieron de cerrar los alambiques, en que se fabricaba el aguardiente, que pasaban de 20, y todavía son muchos los estanques que quedan en los sótanos de algunas casas. El cobre de los serpentines y el resto de utensilios de aquella industria se han ido vendiendo luego a los anticuarios. Muchos vecinos de Atajate hubieron de emigrar a la República Argentina. No sería una aventura agradable, pero dio pie a anécdotas sabrosas, de las que espigamos una:
Cuentan que una mujer llamada Frasquita la de Arranques, que era el mote familiar, había decidido marchar a Buenos Aires a reunirse con su familia, y una vecina le preguntó: Frasquita, ¿y si se va el barco a pique? Y ella muy ufana le repuso: pues mira, hija, si se va el barco a Pique y Pique me gusta, en Pique me quedo.
Y los que aquí quedaron tuvieron que orientar su actividad al olivar y al ganado. Luego se han rehecho algunos viñedos por medio del injerto en ripario, y gracias a ello todavía en Atajate se produce algún mosto.
Pensando en esa tradición vitivinícola, desde hace una década se celebra todos los años en el último sábado de noviembre la Fiesta del Mosto. Todo el que quiera acudir beberá gratis ese caldo afrutado, de la cosecha anual, que no ha sufrido tratamiento artificial alguno, sino que ha fermentado cuarenta días de forma totalmente natural. Cada familia produce un mosto diferente, dependiendo de la tierra y la orientación de su viña.
En la ladera sur de los Tajos hay un nacimiento de agua semisalobre, es potable, pero no quita la sed. Con ella se riegan unas fincas, que en total tendrán 6 hectáreas, repartidas en otras tantas parcelas. Lo interesante es que para repartirse el agua se valen de un sistema semanal que posiblemente se remonte a tiempos de los moros, que nadie discute o incumple generación tras generación.
En medio de los Tajos hay varias simas muy profundas, que fueron exploradas hace algunos años por espeleólogos. En la sima Grande no lograron tocar fondo y contaron que se oía rumor de agua. De ella extrajeron restos humanos muy antiguos. Y sobre este particular se cuenta que a principios de siglo, cuando eran usuales los secuestros, un señor bien situado de Alpandeire fue ocultado en esa sima, era pariente de Vázquez Otero, el que tanto escribió sobre los pueblos de Málaga, y fue rescatado por un pastor de Atajate que oyó sus lamentos.
Desde los Tajos hay también una hermosa vista sobre el valle. A la izquierda observamos lo siguiente: la mole de Jarastepar y el caserío de Alpandeire; a nuestros pies, el monte de Santa Cruz, cubierto de árboles que esconden las ruinas de la vieja torre árabe; al fondo, en una ladera se ve Pujerra blanco como la nieve y la zona occidental de Sierra Bermeja, cubierta de castaños y pinos. En el centro está plácidamente tendido Faraján, a los pies del Monte Jardón; y entre ese pueblo y nosotros se suceden las colinas de espeso bosque, como las olas. A la derecha, hacia el sur, destacan las cimas de Los Reales de Sierra Bermeja, con la cumbre vestida de pinsapos, y hacia el oeste se ve la cordillera divisoria de ambos valles y más al fondo las cimas de la Sierra de Líbar, con su blanco plateado, y el pico del Martín Gil, señor de estos contornos.
Si alguien pasa por Atajate el Domingo de Resurrección, que no tema nada. Detendrán su coche unos paisanos vestidos de moros, escopeta en ristre, lo invitarán a aparcar y apearse para conducirlo encañonado hasta la puerta de la iglesia. Allí se ha instalado un huerto con toda clase de hortalizas, naranjos y flores, y unas señoritas sin disfraz le ofrecerán dulces caseros (madalenas, mantecados y rosquillos), y algún licor. Cuando haya degustado estos manjares y haya dejado un donativo para las fiestas patronales de agosto, podrá reanudar tranquilo su camino. Se trata de la fiesta del Huerto.
Hay en Atajate dos fuentes de agua potable; una es pilar abrevadero y en la otra hay un lavadero, que no ha perdido su uso con la competencia de las lavadoras. Allí se hace puesta en común de lo divino y de lo humano.
En Atajate abundan fundamentalmente dos apellidos: Sánchez y Téllez, aunque también hay Carrasco, González y Franco. Eran, sin embargo, muy propios de Atajate otros, como Ordóñez, Reguera y Espinosa.
Desde Atajate se puede hacer una ruta pedestre hasta Alpandeire por el antiguo camino de herradura, que arranca en el pilar abrevadero. Se pasa además por el emplazamiento del pueblo desaparecido de Audalázar o Güidazara, que estaba en lo más hondo del valle entre los dos pueblos actuales. No se tarda en recorrer mucho más de dos horas. El sitio más indicado para informarse sobre esa ruta es el Restaurante Audalázar, a la entrada de Atajate, que se llama así precisamente para poner en valor el sonoro nombre del pueblo perdido.
Saliendo de Atajate, a 250 m, queda a la derecha el cruce de Jimera de Líbar, que es del otro valle. Junto a esa carretera, a 300 m del cruce, se encuentra la necrópolis tardorromana del Montecillo.
Pero no hemos de desviarnos, sino continuar por la A-369 hasta el siguiente pueblo, que está a 5
km.
Piscina municipal, junto a las escuelas
Casa de la cultura, sin equipar
Zona recreativa infantil
Panadería “Rocío”, Panadería “La Maquila”
Gastronomía
Gachas con miel, migas de ajo, gazpacho caliente y sopas de vinagre
zurrapas de lomo, malcocinado,
queso de almendras, enredadillos, borrachuelos y magdalenas
Fiestas
El Niño en el Huerto (secuestro ritual de viajeros por paisanos
vestidos de moros), Domingo de Resurrección
Fiestas patronales de San Roque, 15, 16 y 17 de agosto
Fiesta del Mosto, último sábado de noviembre por la noche