Antonio R. Acedo del Olmo Ordóñez
Publicado en el número 24 de la revista La Serranía
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo
del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se
presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey
de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el
Oriente y hemos venido a adorarle” [...] Entonces Herodes
llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo
de la aparición de la estrella. [...] Ellos, después de oír
al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que
habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que
llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al
ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. (Mateo 2,
1-10).
La verdadera naturaleza de la Estrella de Belén es un
misterio que la “arqueo-astronomía”, conjunto de
disciplinas que estudian el papel del cielo en la antigüedad,
trata de desvelar. Existen pocos datos sobre el evento y en
los Evangelios sólo San Mateo hace referencia a la estrella.
Otras narraciones pueden encontrarse en el Protoevangelio de
Santiago (texto no incorporado al Nuevo Testamento que, junto
con otros escritos, forman los Evangelios Apócrifos):
“Vemos cómo una estrella indescriptiblemente grande
apareció de entre esas estrellas y las deslumbró de tal
manera que ya no lucían y así supimos que un Rey había
nacido para Israel”, o en una carta escrita por San Ignacio
de Antioquía: “Su luz fue inefable y su novedad causó
asombro”.
Popularmente es representada como un cometa, preferencia
observada en algunas pinturas como la “Adoración de los
Magos” de Giotto (s. XIV), inspirado por el cometa Halley
del año 1301, que durante siglos fue un buen candidato, pero
quedó descartado porque su aparición más próxima al
nacimiento de Jesús se produjo en el otoño del 12 a.
C.
A principios del siglo XVII el astrónomo Johannes Kepler,
sugirió que la Estrella de Belén fue una inusual conjunción
triple de Júpiter y Saturno en el año 7 a. C. Este
acontecimiento fue con toda seguridad conocido por los Reyes
Magos, grandes estudiosos de los fenómenos celestes que al
observarla en la constelación de Piscis, de fuerte simbolismo
en el antiguo pueblo hebreo, y una “alineación de
planetas” posterior en la misma constelación, pusieron en
alerta a los Sabios que debían conocer las profecías de los
judíos acerca del Mesías, presumiendo que algo grande iba a
suceder en Israel. Realmente se sabe muy poco de estos sabios
de oriente, cuya procedencia parece ser Babilonia o Persia. En
un principio su número fue indeterminado: dos, cuatro, doce,
incluso ¡sesenta! En el siglo III Orígenes afirmó que los
magos fueron tres.
Otra candidata es la espectacular aproximación de Venus y
Júpiter en Leo (año 2 a. C.), que debió contemplarse como
si se tratara de un mismo astro muy brillante. Algunos
relacionan la Estrella de Belén con un meteoro muy luminoso
(bólido), pero el evento celeste que tiene más seguidores,
es la nova (estrella, que tras explotar, aumenta
espectacularmente su luminosidad) que apareció en el año 5
a. C., a finales de marzo o primeros de abril, entre las
constelaciones de Capricornio y el Águila, siendo registrado
por los chinos y visible durante más de 70 días. La
solución de este enigma astronómico nos desvelaría la fecha
exacta del nacimiento de Jesús, pero existen muchos
interrogantes sin resolver, continuando el maravilloso
misterio y la gran pregunta: ¿Qué fue la Estrella de Belén
un mito, un acontecimiento astronómico o un milagro?
Al observar el firmamento desde nuestra Serranía, en una
noche clara de invierno, la Sinfonía del Universo me
envolvió con sus notas, la cercanía de la Navidad me arropó
con su Amor, Paz y Nostalgia. Y al contemplar las estrellas,
les pregunté: ¿cuál de vosotras fue la Estrella de Belén?,
y contestaron: “que más da cuál de nosotras fue la
Estrella de Belén, ella está en cada uno de vuestros
corazones. Vive en Armonía con los seres vivientes de tu
planeta, la Naturaleza y el Universo, y ella te guiará hacia
la Luz, como guió a los Magos de Oriente”. (Diálogo con
las estrellas).