Antonio R. Acedo del Olmo Ordóñez
Publicado en el número 18 de la revista La Serranía
Cuando la oscuridad se
adueña del desierto, aparece la columna vertebral de un gran
animal..., es el "espinazo de la noche" que nos
protege y sostiene el cielo, evitando que fragmentos de
oscuridad caigan, rompiéndose, a nuestros pies. (La Vía
Láctea según los bosquimanos Kung del desierto de Kalahari).
Durante
la Semana Cultural de Parauta celebrada el pasado agosto,
contemplamos desde la propia población, libre de
contaminación lumínica, una espectacular visión del cielo
estrellado y la luz de incontables miles de estrellas
imperceptibles a simple vista, en forma de una franja
blanquecina débilmente luminosa que atraviesa el firmamento;
es la Vía Láctea, nuestro hogar cósmico, una humilde
galaxia entre las miles de millones que existen en el Universo
conocido, visible en todo su esplendor en las noches sin luna
desde el campo, y afortunadamente desde otras poblaciones de
nuestra Serranía.
La Vía Láctea, cuyo nombre
latino quiere decir camino de leche, ha sido uno de los
grandes enigmas del cielo, hasta que Galileo la apuntó con un
anteojo y observó un "hormiguero" de estrellas.
Todos los pueblos y culturas le han asignado diversas
interpretaciones, muchas de ellas asociadas con un camino,
vía o río celeste. Para los árabes y hebreos era
respectivamente el Río y el Río de la Luz, los egipcios
veían un Nilo celeste que manaba de la ubre del dios-vaca
Hathor; entre los hindúes fue la Cuna del Ganges, los indios
norteamericanos le llamaban el Camino de las almas hacia el
cielo, los chinos la concebían como un río de plata celeste
que separaba a dos amantes,... En España es el Camino de
Santiago, pues según la tradición, Santiago Apóstol se
apareció a Carlomagno y le indicó el camino para descubrir
su cuerpo, siguiendo la estela lechosa de la Vía Láctea.
Pero, la interpretación más conocida está en la mitología
griega, al relatar la infancia de Heracles (Hércules) cuando
al ir a mamar, y debido a su fuerza, mordió con tanto ímpetu
el pecho de la diosa Hera, esposa de Zeus, que al ser
bruscamente separado, roció el cielo con un chorro de leche
materna que llamaron galaxias (lechoso).
La
Vía Láctea es una galaxia espiral a la que pertenece nuestra
estrella, el Sol, siendo una más de las 100.000 millones de
estrellas que la componen, además de nubes de gas y polvo
cósmico. Tiene forma de disco muy extenso (100.000 años luz
de diámetro), poco grueso y achatado que despliega cuatro
brazos formados por estrellas jóvenes y gas, que salen en
forma de espiral desde el bulbo central de la Galaxia y se
llaman Sagitario, Norma, Perseo y Orión en cuyo extremo se
sitúa el Sol a 30.000 años luz del centro galáctico.
Nuestra estrella, y todo el Sistema Solar, invierte unos 225
millones de años en completar una órbita alrededor de dicho
centro, realizando hasta la fecha un poco más de veinte
viajes completos.
La Galaxia no viaja en
solitario por el Cosmos, pertenece al llamado Grupo Local, que
está compuesto por una veintena de galaxias entre las que
destacan la del Triángulo, las Nubes de Magallanes que son
las más cercanas a nosotros y Andrómeda que es muy parecida
a la nuestra y visible particularmente en los cielos otoñales
(ver La Serranía nº12).
Observar la Vía Láctea con
prismáticos o telescopios es un auténtico deleite,
identificando estrellas, cúmulos, nebulosas, regiones oscuras
y múltiples detalles. Pero si abandonamos, por un instante,
el ajetreo diario y la observamos relajados y a simple vista,
entonces se convierte en una inolvidable experiencia.