Francisco Javier Ramírez Higuero (Trabajador de la
Residencia) Publicado en el número 23 de la revista La Serranía
La Residencia de Mayores “Glorieta de San José” y el pueblo de Arriate están unidos entre sí. Una unión que va más allá del siglo de historia, más allá de un simple vínculo, más allá de una gran admiración. Queda muy lejos cuando en noviembre de 1900 la Madre Petra (Fundadora de la Congregación de Madres de Desamparados y San José de la Montaña) dejara aquí su última fundación para acoger a diecinueve ancianos pobres. No sería en vano su lucha, entrega y trabajo hacia los más necesitados, pues mucho ha sucedido desde entonces. Muchas madres han pasado por aquí, muchos residentes han estado en el “Asilo” (como se le conoce popularmente en el pueblo), y muchos arriateños y, sobre todo, arriateñas han aprendido en este lugar a leer, escribir, cantar, bordar y otras labores que las madres enseñaban.
En la residencia existe una gran familia: religiosas, residentes y las personas que trabajamos en ella. No es un trabajo cualquiera, hacemos también una gran labor social. Dar cariño, amor y entrega a esas personas a las que se les va las ganas de vivir, en ocasiones no es fácil. Por eso, ellos son los primeros en agradecernos nuestras atenciones, en inculcarnos sus propias experiencias, en mostrarnos una leve o amplia sonrisa, perdida desde hacía tiempo.
Para algunos residentes somos su segunda familia, pero para otros la primera; algunos se han quedado sin ella, para otros menos afortunados sus allegados los dejaron en el olvido. Aunque, afortunadamente, en el mundo en el que vivimos hoy también existen familias que no se olvidan de sus padres, titos, abuelas e incluso bisabuelas.
No están en la tercera edad, sino en una segunda infancia. A esa a la que todos llegaremos por mucho que nos cueste y nos asuste.
Por tanto, hay que tratarlos como niños, y aunque parezcan que no se dan cuenta de casi nada de lo que sucede a su alrededor, son igual de listos que cualquiera de nosotros.
Tienen sus rabietas, llantos y emociones como cualquier chiquillo, pero tienen enfermedades que muchas veces no las curan ni tratamientos ni medicamentos. Me refiero a las enfermedades del alma, aquellas que sólo se dispersan o empequeñecen si tienen a alguien a quien contarlas, y que a su vez sea tratada con toda naturalidad.
Tienen una naturaleza en el cuerpo que más de uno quisiéramos tener. A pesar de que la memoria les juegue malas pasadas, una vida forjada a base de muchas luchas, sufrimientos, una guerra, mucha hambre..., etc., hace que posean una fortaleza inconmensurable. A pesar de que sufren caídas, infartos y otro tipo de lesiones, te sorprendes de sus increíbles recuperaciones. Parece que no aguantarán y, sin embargo, superan unos y otros obstáculos, a pesar de sus años. Sea debido a una larga y trabajada vida, sea por su notable fuerza interior, sea por una vida sin estrés y una sana alimentación, las personas que cuidamos poseen esa naturaleza que no conseguiremos la sociedad del siglo XXI.
Contamos con un residente muy especial en el asilo de Arriate. Es don Antonio Gamboa López, que forma parte de esta familia desde hace más de quince años. Es un residente más por su humildad y entrega. Todos los que conocemos y tratamos con don Antonio estamos aprendiendo de su extensa experiencia y dedicado trabajo hacia los demás, a lo largo de su larga y fructífera vida.
En este trabajo es un constante aprendizaje, ya sea por parte de los residentes, de nuestros propios compañeros de trabajo o de la comunidad de religiosas. Esas madres que con su labor abnegada e inquebrantable vocación dan cariño, amor y consuelo a toda una residencia, sin importarles el tiempo ni la hora.
En una de las cenas que tuvimos en la residencia entre los compañeros de trabajo y las madres, éstas nos regalaron un cuadrito con las bienaventuranzas del anciano. Para terminar me quedo con una de ellas: Bienaventurados los que me hacen comprender que soy amado y que no estoy abandonado ni
solo.