Pedro Aguayo de Hoyos
(Profesor del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la
Universidad de Granada)
Publicado en el número 18 de la revista La Serranía
En recuerdo de mi camaradaAntonio Díaz Morant
El puerto de Encinas Borrachas
constituye, como su nombre indica, un umbral que a una altura
de 1.000 m. comunica la meseta de Ronda con la cuenca del río
Genal, a través del arroyo Audalázar, encajado entre
esculturales y desnudos relieves de calizas que conforman la
vertiente occidental del propio puerto. Sin embargo, lo
primero que llama la atención es el propio nombre del puerto,
que siempre ha excitado la imaginación acerca del significado
de tan singular nombre, acrecentada por la propia desnudez del
puerto en cuanto a vegetación se refiere, incluyendo las
encinas presentes en el nombre. Como suele suceder, la
solución al enigma del nombre tienen su explicación en el
paso del tiempo y en las trasformaciones que la acción humana
ha causado en ese medio concreto, en especial en los últimos
siglos, cuando esa acción ha provocado tan intensos cambios
que hace irreconocible la toponimia que empleamos,
permaneciendo como un recordatorio de las consecuencias de
nuestras acciones, tal vez como advertencia de que nuestra
percepción del medio en que vivimos no se corresponde con la
que siempre tuvo, en este caso, nuestro puerto y sus
inmediaciones.
Habría, pues, que imaginar
estas escarpadas laderas cubiertas por espesas masas de
encinas y los riscos calizos desnudos recortándose contra el
cielo. En el llano un grupo de encinas, más aclaradas y sin
sotobosque, a diferencia de las laderas, y de formas
retorcidas y ladeadas (podríamos decir como borrachas) por la
acción de los vientos que ascienden por el fondo del valle y
azotan con especial fuerza estas zonas altas, hoy
impresionantemente huérfanas de toda vegetación. Y es que la
mayor transformación de toda la cuenca del Audalázar y de la
cabecera del Genal, tiene unas fechas y causas muy concretas
como es la época en la que la intensificación de la minería
del hierro en base a las explotaciones de la zona de "los
perdigones", una de las bases metálicas férricas de la
"hojalata", producida en la fabrica de Júzcar,
construida y en funcionamiento a lo largo del siglo XVIII. La
herencia de tan efímera como precoz historia industrial de la
zona, en base ni más ni menos que a la siderurgia, es un
majestuoso y desolado paisaje que hace difícil visualizar
cualquier acercamiento a la historia del puerto de Encinas
Borrachas y a las huellas que en él aún podemos encontrar de
su pasado papel de lugar de comunicación, cuando hoy todo nos
sugiere separación o al menos cambio entre el tortuoso y
salvaje "mar verde" que es el resto de la cuenca del
Genal (por mucho que los responsables de las obras públicas
se empeñen en convertirlo en un mar artificial de agua
embalsada, en nombre de intereses generales, cuando en
realidad se hace como gerentes de intereses privados y
testaferros de especuladores de los bienes públicos y de los
recursos tradicionales de los habitantes de la zona) y el cada
vez más urbanizado panorama de la depresión rondeña, donde
operaciones de tan dudosa política de desarrollo sostenible
como la urbanización de la "Planilla" (pienso que
incluso de una legalidad torticera y nada inocente, que
pretende ampliarse en un inminente nuevo P.G.O.U.) y la, en
marcha, urbanización descontrolada y abusiva del Arroyo de
las Culebras.
La comunicación/aislamiento
de dos mundos tan diferentes como la naturaleza más o menos
transformadas por cultivos arbóreos compatibles con el medio
del Genal y el entorno periurbano de Ronda donde el valor
fundamental de integración con un medio tan singular como el
que la rodea ha sido repetida y, tal vez, irremediablemente
atacado, no ha sido siempre así y aunque haciendo ese
considerable esfuerzo de imaginación podríamos entrever que
el panorama que podemos encontrar en la subida desde Ronda
hacia el puerto, donde las encinas y el espeso matorral que
las acompañan y que también puede entreverse en algún lugar
concreto de la bajada por la cara del valle del Genal, sería
el que predominaría en todo el puerto y en sus vertientes,
con lugares más o menos abiertos, donde los pastos para los
herbívoros serían una de sus riquezas más explotables. En
ese ambiente se instalaron una serie de sepulcros
megalíticos, de los que se conservan o conocen tres que
jalonan la cabecera del Audalázar, los del Cortijo de la
Mimbre, Fuente de Piedra y Encinas Borrachas, marcando una
línea que muestra el acceso más practicable para franquear
el puerto desde su cara occidental, hasta dar vista a la
depresión rondeña. Algunos de los sepulcros, todos en forma
de galería con planta básicamente rectangular, fueron dados
a conocer en 1946 por Simeón Jiménez Reyna, y el resto
fueron excavados por miembros de la Universidad de Málaga,
estando los dos últimos muy saqueados y sin conservar apenas
información, aunque el situado en el llano de Encinas
Borrachas permitió saber que entre los inhumados en esta
tumba colectiva había, al menos, 5 individuos (tres hombres y
dos mujeres), con datos tan curiosos como la existencia de una
fractura ósea posteriormente consolidada o la caída de
piezas dentales anteriores a la muerte, según la información
proporcionada por la antropóloga Silvia Jiménez Brobeil de
la Universidad de Granada. Sin embargo, el dolmen de la Mimbre
proporcionó una información más completa, aunque también,
por desgracia, fragmentaria, ya que conservaba 7 puntas de
flecha, cinco de sílex y dos en una materia prima tan poco
frecuente como hermosa: el cristal de roca, que estaban
acompañadas por dos pequeños núcleos, también de cristal
de roca, para hojitas, completando el ajuar conservado dos
fragmentos de láminas de sílex, algunos fragmentos de
cerámica a mano y muy escasos y fragmentarios restos óseos,
que además no han sido estudiados. Estos sepulcros colectivos
son la primera indicación del uso habitual del puerto como
zona de comunicación de unas poblaciones móviles del tercer
milenio antes de Cristo, posiblemente pastores que transitan
con sus ganados desde la depresión de Ronda al valle del
Genal para acceder a sus pastos y otros recursos en
movimientos de trasterminancia estacional. No debemos olvidar
que de esta misma época se conoce la existencia de un
asentamiento, no permanente, en la propia ciudad de Ronda al
que corresponde una necrópolis megalítica situada en la
Planilla.
La siguiente huella del uso
del puerto ha sido adjudicada a época romana en que se fechan
restos de un camino, que aún conserva su traza unos metros
ladera abajo de la actual carretera, considerados por Carlos
Gozalbes Cravioto como medieval, pero coincidente con la vía
romana que unía Carteia con Acinipo, aunque nosotros tenemos
reservas sobre la fechación de los restos conservados, pero
no del trazado de esa vía por este puerto. La existencia de
empedrados en el Tajo del Abanico, continuándose por el
arroyo de los Chopillos hasta el puerto de Encinas Borrachas,
estos también considerados por muchos como romanos, ha
servido de base a la idea del trazado de la calzada romana del
campo de Gibraltar a Acinipo-Arunda, sin embargo, sin
descartar ese trazado como el más probable para cualquier
vía directa depresión de Ronda desembocadura del Guadiaro
(Barbesula romana), la materialidad de lo conservado no puede
remontarse más que a caminos de herradura de época moderna.
El papel fundamental de
comunicación que siempre ha caracterizado al puerto,
mantenido durante toda la etapa andalusí (época medieval),
en la que el valle del Genal se convierte en el Havaral de
Ronda, va a continuar en época moderna, pero el sentido de
vertebración que podía tener la comunicación realizada a
través del puerto sufre una considerable transformación,
pues con la conquista cristiana de la Serranía de Ronda, el
Havaral se convierte en el gueto donde son confinados los
moriscos desde fines del siglo XV a comienzos del XVII,
constituyéndose en la vía de aislamiento/comunicación de
dos culturas diferentes, aunque ambas practicadas por hijos de
la ya denominada España, una España intolerante y
excluyente. La existencia de torres de vigía y
fortificaciones no muy lejos del puerto (Torre de El Conio,
fortificación de Ambereg, Alpandeire) son buena muestra de
esa separación, "unida" por el puerto de Encinas
Borrachas. La sublevación de los moriscos, estudiada y
publicada, entre otros, por nuestro querido y añorado amigo
Antonio Díaz Morant, termina con la definitiva expulsión y
la asimilación de los que permanecieron, integrándose el
valle del Genal en esa nueva comarca, católica y monárquica,
que ya será hasta la actualidad la Serranía de Ronda, pero
en la que el Puerto de Encinas Borrachas, con su actual
fisonomía, continúa trasmitiendo una sensación ambigua de
comunicación de mundos, tal vez imaginarios, claramente
diferentes en su pasado más inmediato, pasado que ha
engendrado la idea, podríamos decir tópica, como creo
compartiría Pilar Ordóñez, de la pervivencia de un mundo
morisco fosilizado frente a una depresión rondeña abierta a
la "modernidad" castellana. Sin embargo, ese mismo
puerto es la vía por la que la mayoría de los viajeros
románticos descubren a la ensimismada Ronda y la proyectan a
Europa, con sus relatos llenos de fantasías, expectativas
aventureras y, desde luego, literatura poética, inaugurando
algo que puede contribuir a la paradoja que está detrás de
esa sensación de ambigüedad, la conexión con el presente
internacionalizado y europeizante, llega a la Serranía
remontando el Genal a través de los viajeros decimonónicos,
exploradores avanzados de la colonización turística, pero de
turistas que llegan para quedarse como nuevos propietarios,
con sus usos y costumbres (chalets, alambradas, reservas de
aguas embalsadas, etc.) transformando las remanencias de una
explotación de la naturaleza razonablemente armónica con el
medio y sus posibilidades.
El último episodio para
hacer del puerto de Encinas Borrachas un lugar privilegiado de
comunicación, ahora en la era postmoderna, ha comenzado y su
expresión más evidente, la tecnología, amenaza con
llenarnos el paraje de antenas de telefonía móvil,
repetidores de telecomunicaciones (con el traslado de las
existentes en el Fuerte, dentro del casco urbano de Ronda),
generadores de energía eólica, que además de dotar al
paraje de toda la iconografía postmoderna, en la que la
naturaleza es totalmente adjetivada por la cultura (o su
sustituto contemporáneo: la tecnología), permiten favorecer
la comunicación, pero ya virtual e individual, resolviendo
para el puerto la dualidad comunicación/aislamiento a favor
del aislamiento en un doble sentido: aislamiento de la
naturaleza y de la integración que la sociedad consiguió con
ella a través del devenir histórico, y aislamiento entre los
habitantes de esos mundos relacionados hasta ahora por el
puerto, que en su concepción actual individualista del
espacio y las comunicaciones han hecho de él algo
metafórico.