José Herrera Rodas
Publicado en el número 6 de la revista El Genal en noviembre
de 2000
Todos hemos oído
hablar del duende, y ninguno lo hemos visto. Pasa como con las brujas de
las que hablan los gallegos. Y sin embargo, Alpandeire tiene duende, como
lo tiene toda la Serranía. Vean si no qué es lo que hace
que tantos y tantos forasteros acudamos a su cita semanal, desplazándonos
varias docenas de kilómetros. Y los que no pueden hacerlo con tanta
frecuencia, es raro que pasen un año sin venir a sus fiestas.
Puede ser que se
trate de los efluvios de santidad que el abuelete Fray Leopoldo ha dejado
flotando sobre su tierra, o los del aristócrata pobre San Roque,
o el embrujo de sus calles retorcidas y de sus antiquísimas casas.
Yo no lo sé, pero sus casas o su Iglesia, sus gentes o sus fiestas,
todo tiene algo que atrae irresistiblemente por encima de las limitaciones
que todo pueblecito pequeño necesariamente impone. ¿No es
digno de meditación y meditación para todos los gustos que
Alpandeire se convierta en una pequeña Babel lingüística
cuando se acerca la fiesta de su Patrón?
Y es que Alpandeire
tiene duende. Díganme si no, por qué su nombre suena en cualquier
rincón de España y del Mundo, y no sólo por las virtudes
de nuestro santo frailecito, que como nos descuidemos va a parecer tan
granadino que se va a olvidar que nació, vivió y trabajó
aquí. ¡Hasta un grupo de investigadores sevillanos esconden
sus nombres bajo el eufónico Alpandeire!
¿Veis? ¡Es
el duende, el duendecillo de Alpandeire, que entre saltos y cabrilas se
preocupa de ensalzar, - digo ensalzar -, de descubrir lo nuestro a quien
no lo ha visto.
Y esa es nuestra
responsabilidad: que las próximas generaciones reciban de nosotros
el encanto y el embrujo que, si no aumentamos, tampoco seguimos. Nuestra
responsabilidad que no puede eludir bajo ningún pretexto, como no
la eludieron nuestros mayores. ¿Será posible que haya quien
no sepa leer en los caminos empedrados que nos dejaron nuestros padres,
en la catedral que nos construyeron, admiración de tantos y envidia
de extraños?
Mantengamos Alpandeire
en condiciones de que en él siga morando su duende, ese que se nos
manifiesta en el bullicio juvenil y en la parsimonía del mayor que
cuenta sus hazañas en las sombras de los almendros de su carretera,
en las algarabías de los pequeños o en las coherentes incongruencias
de nuestros escasos pero simpáticos aguardenteros.
Porque eso es Alpandeire,
con sus penas y sus alegrías, con sus virtudes y sus defectos, como
nos lo entregaron nuestros mayores, y como nosotros, aunque nos cueste,
debemos mantener y entregar a nuestros hijos. Con su Duende incluido.